Editorial
Convivir con la incertidumbre
Living with uncertainty
El riesgo es consustancial con la vida de los seres humanos. Cualquier actividad, la simple existencia, comporta riesgo. Por ello no nos ha de extrañar que el riesgo esté en el núcleo de las preocupaciones de nuestro mundo contemporáneo. Sobre todo cuando la vida humana, en relativamente poco tiempo, ha evolucionado ¿un siglo? ¿dos siglos? de ser la protagonista de un mundo en el que los cambios para un ser humano eran prácticamente imperceptibles durante el período que comprendía toda su vida a uno contemporáneo en el que a lo largo de una vida nos hemos de adaptar con frecuencia a las sucesivas consecuencias que los avances tecnocientíficos introducen con una, hoy, inusitada rapidez. Pensemos por un momento en todo lo que hemos ido incorporando a nuestras vidas cotidianas en apenas el último medio siglo... Sería interminable y casi imposible intentar enumerar los procesos tecnológicos que forman hoy parte de nuestras vidas y que conllevan una mayor o menor percepción intrínseca de riesgo.
Por sólo citar algunos ejemplos que están en la mente de todos y que son prácticamente casi todos ellos recientes es evidente que no podemos ser ajenos a vivir con el riesgo de la energía nuclear, del amianto, de las «vacas locas», de la infección del virus del sida, de las epidemias de meningitis... incluso de unos hipotéticos efectos negativos de las ondas electromagnéticas que emiten los ya omnipresentes teléfonos móviles. Esta percepción del riesgo influye de forma determinante en la actitud individual y colectiva, impulsa la opinión pública, crea o destruye la credibilidad de instituciones y organizaciones y determina incluso opciones políticas y económicas. Sin duda, la evaluación del riesgo asumible pasa por el nivel cultural, la capacidad de discernimiento y el desarrollo del necesario criterio de responsabilización de los ciudadanos. Y a nadie se le escapa que, una vez más, los medios de comunicación desempeñan un papel crucial en la alimentación diaria de esta percepción del riesgo. La magnitud del riesgo que percibe una sociedad depende fundamentalmente de la información que recibe el público no sólo de la cantidad, sino y es lo más importante de la calidad de esta información. En ella se basa la construcción de la realidad, una realidad, con la que convivimos. Desde los departamentos de comunicación institucionales, empresariales, de organizaciones no gubernamentales y por mediación de los medios de masas se ha dimensionado esta sociedad inherente al riesgo. Riesgo que con cierta facilidad puede convertirse en crisis. Los casos recientes que hemos citado son también un ejemplo de esta fácil traslación del riesgo a la crisis. Tampoco en este sentido hemos de olvidar que voces expertas han definido «que toda crisis es también una crisis de información», sea de índole tecnológica, medioambiental, financiera, etc. Por tanto, nuestra sociedad ha de estar preparada para vivir en esta situación de riesgo, con los miedos colectivos e individuales que se generan constantemente, pero para ello hemos de reflexionar seria y profundamente sobre cuál es el papel que desempeñan los medios de comunicación y cuál es su responsabilidad en el diseño de este nuevo paradigma social conocido como «la sociedad del riesgo».
Es difícil valorar hasta qué punto la sociedad contemporánea presenta o no más riesgos que otras etapas históricas de la humanidad, en las que la supervivencia era el principal objetivo de nuestra especie, y aún hoy lo es en muchos lugares del mundo no privilegiado. Expertos reunidos en París a finales de noviembre pasado en un coloquio organizado por las academias francesas de Ciencias y de Medicina dejaron claro1 que no hay duda de que, aunque parezca paradójico, nuestra civilización actual corre menos riesgos, o por lo menos los afronta y resuelve con mayores posibilidades, si utilizamos un índice de elocuencia irrefutable: la esperanza de vida, que en sólo un siglo casi se ha doblado (siempre con la perspectiva de las sociedades más «tecnologizadas», aunque este avance en nuestra capacidad de supervivencia sea en muchos casos extensible a escala planetaria).
Aun así, es indudable que los efectos no deseados del desarrollo económico, potenciado como nunca por la aplicación de conocimientos científicos y tecnológicos, llevan a cuestionar la conveniencia de algunos de los avances, plantean nuevos retos y aconsejan imponer criterios de precaución y de selección, sobre todo cuando la presión de los intereses económicos es tan fuerte que, en ocasiones, no permite tomarse el necesario tiempo de reflexión colectiva. También en este aspecto los medios de comunicación, y la rápida circulación de ideas que impulsan, son los principales responsables de que la incertidumbre con la que avanza el conocimiento científico se transforme en percepción de riesgo, y por la vía del periodismo que recurre a la espectacularidad y al sensacionalismo, incluso en medios que hasta hace poco eran considerados rigurosos, instrumentan la fácil apelación a las emociones y llegan a convertir la incertidumbre inicial directamente en sensación de peligro.
Las contradicciones inherentes a este modelo social que hemos ido construyendo se traducen en el surgimiento de nuevas necesidades y estrategias para formar e informar a la opinión pública. El análisis de la sociedad del riesgo como un nuevo paradigma social es hoy inextricable de su componente comunicativa, caracterizada por el impacto directo que tienen los avances científicos y tecnológicos en la sociedad, y por la toma de conciencia de los efectos colaterales del desarrollo.
Esta situación impone que la sociedad sea capaz de analizar opciones para poder escoger y determinar hasta qué punto son aceptables los riesgos. Para ello es indispensable que las vías de información y formación de criterio de la ciudadanía sean claras, que la voz de los expertos se pueda hacer sentir en el debate público y que los profesionales de la mediación informativa profundicen en su formación, espíritu crítico y valores deontológicos. Lamentablemente aún estamos lejos de que sea así. Hoy parece que se premie la mixtificación cultural y la desinformación, con las graves consecuencias que ello puede acarrear para la percepción y responsabilización de todos los ciudadanos.
Michael Crichton, médico y antropólogo por la Universidad de Harvard y hoy famoso en el mundo entero por ser autor de best-sellers, argumentaba en la última reunión de la American Association for Advancement of Sciences2 la necesidad de que el mundo experto se abra paso en el mundo de la comunicación, haga valer su voz y «los científicos den la cara, sobre todo abordando los temas que más preocupan a la gente».
En caso contrario, es evidente que su espacio es ocupado por muchas otras voces que contribuyen con cierta frecuencia a que «el ruido» no deje oír «la armonía» del auténtico conocimiento y se impida así la posibilidad de valorar los retos que nos plantea el progreso.
El Director
Notas
1
Le Monde, 4 de diciembre de 1998, página 24.2
El Mundo, suplemento Salud, 31 de enero de 1999, página S12.