Libros

Entender la ciencia

La ciencia empieza en la palabra. Análisis e historia del lenguaje científico

Bertha M. Gutiérrez Rodilla

Editorial Península

Barcelona, 1998

En esta obra, la profesora Gutiérrez Rodilla, de la Universidad de Salamanca, filóloga y estudiosa del lenguaje científico, expone, explica y discute los rasgos que caracterizan el lenguaje usado en las ciencias para representar y comunicar el conocimiento. Con un estilo que aúna el rigor y la abundante información sobre el tema con finalidad divulgativa, se dirige a estudiosos del lenguaje, a los científicos interesados por la reflexión sobre el lenguaje que utilizan y a estudiantes tanto del ámbito de las ciencias como de las letras. Parte de una reflexión sobre el contraste entre la variante de la lengua determinada por la comunidad científica que la sustenta (el lenguaje de especialidad, el registro científico, el tecnolecto) y la variante común y general, indicando los condicionamientos, las convenciones y las aspiraciones que distinguen una de otra. Asimismo, introduce una visión diacrónica que sitúa históricamente tanto la formación del lenguaje de las diversas áreas del conocimiento como su evolución, permitiendo así entender que el lenguaje de las ciencias varía según cada época histórica y que en cada momento los problemas de representación del conocimiento se han planteado de distinta manera. La parte central de su obra está dedicada especialmente a la explicación de la terminología científica y técnica, regida por las máximas de precisión y neutralidad, y a los criterios en que se basa la formación de neologismos, aportando numerosos ejemplos que van ilustrando su explicación. Sus comentarios sobre la internacionalización de la ciencia le lleva a plantear los problemas que se derivan de la utilización de una lingua franca y de la traducción, de la influencia de las lenguas dominantes y de la necesidad de planificación y normalización. Termina la obra con algunas reflexiones sobre la divulgación de la ciencia, ámbito crucial en el que se plantean los problemas de la circulación del conocimiento científico a través de los diversos medios de comunicación o a través de centros e instituciones responsables de presentar y acercar la ciencia a un público amplio. Esta obra es muy significativa por su novedad en el ámbito de la reflexión sobre el uso de la lengua española: no sólo permite conocer la especificidad del lenguaje que se utiliza en las disciplinas científicas, sino que puede ser un punto de partida sistemático para plantearse nuevos enfoques y preguntas acerca de las prácticas discursivas del ámbito de la ciencia, siempre condicionadas por las convenciones de cada disciplina, al tiempo que sujetas a cambios de estilo según el modo de entender la ciencia en cada momento histórico.

Helena Calsamiglia

 

 

Un problema de comunicación

El miedo a la ciencia

Robin Dunbar

El Libro de Bolsillo, Alianza Editorial

Madrid, 1999

«Si el hombre de la calle no entiende qué es lo que se está financiando con su dinero en el mundo de la ciencia y, todavía peor, siente temor por las consecuencias que podrán derivarse de financiar esa investigación, entonces el futuro de la ciencia seguirá siendo frágil. En el fondo, éste es un problema de comunicación.»

Estudioso de la evolución de la mente y de los sistemas sociales de los primates, Robin Dunbar aborda el mundo de la ciencia y el miedo que genera desde una visión multidisciplinaria, en la que están implicadas aproximaciones antropológicas, psicológicas, biológicas, filosóficas e incluso pedagógicas. Un análisis poliédrico, cuyo objetivo es demostrar que la gente está perdiendo el interés por la ciencia y las nefastas consecuencias que esta actitud tendrá en el futuro. Según sus conclusiones «la perspectiva es una generación futura científicamente analfabeta». Dunbar hace una llamada para mejorar los canales de formación cultural científica en forma de interrogante: «¿Cómo es posible que algunas personas sean tan deplorablemente ignorantes de una parte tan importante de nuestra herencia cultural?»

Antes de llegar a esas conclusiones, Dunbar analiza de manera exhaustiva qué es lo que llamamos ciencia a lo largo de la historia y de diferentes culturas; trata de demostrar que «los métodos de la ciencia empírica son de hecho características universales propias de todas las formas superiores de vida»; diferencia entre la ciencia natural (ciencia empírica, inductiva o de recetas) y la ciencia no natural (formal o explicativa). E insiste en su libro en la necesidad de enseñar las ciencias de una forma mucho más inteligible y de divulgarla con mucha mayor intensidad, haciendo compatibles la amenidad y el rigor.

Al autor le preocupan los sentimientos anticientíficos, que se producen ante todo entre la gente más preparada intelectualmente y el hecho de que «esta antipatía hacia la ciencia se ha ido profundizando a medida que las humanidades han percibido que ellas mismas estaban siendo cada vez más asediadas por las ciencias». Para Dunbar, «gran parte de la reacción negativa contra la ciencia procede del fracaso a la hora de comprender de qué trata la ciencia». El problema radica en la forma en que se divulga la ciencia. Algo a corregir, ya que «todos nosotros dependemos de la ciencia para mantener nuestras necesidades diarias».

Dunbar considera que, frecuentemente, la ciencia aparece en los periódicos de modo superficial y ello puede contribuir a una mala aprehensión de la cultura científica por el gran público, el que vota y decide. El miedo a la ciencia es una excelente reflexión sobre la actual coyuntura de la cultura científica en nuestra sociedad en la que, por un lado, el desconocimiento y, por otro, la mixtificación, pueden contribuir a que, como dijo Francis Bacon, «el ser humano tienda a creer con más facilidad aquello que le gustara que fuese verdad».

David de Semir

 

Socioecología

Diccionario de socioecología

Ramon Folch

Diccionarios de autor, Editorial Planeta

Barcelona, 1999

«La socioecología no existe», a pesar de lo cual «está dotada de un diccionario que no lo es». Con tales afirmaciones aparecidas en la Introducción del recién publicado Diccionario de socioecología, uno tendería a pensar que se trata de una obra perteneciente a la literatura del absurdo. Nada más lejos de la realidad.

Es cierto que la socioecología no existe todavía como disciplina académica inserta en el correspondiente departamento universitario y quizá nunca llegue a formalizarse como tal. Sí existe, sin embargo, una manera socioecológica de aproximarse a la realidad «para interpretar y resolver los fenómenos y problemas ambientales a la luz de las ciencias sociales y, asimismo, para comprender algunos fenómenos sociales a la luz del conocimiento ecológico». Por esta razón, su autor, Ramon Folch, se define como biólogo de formación pero socioecólogo de profesión. Las tres décadas que este barcelonés de 53 años lleva de ejercicio profesional y producción intelectual, ya sea como profesor universitario, funcionario público o consultor independiente, ponen de manifiesto que, a pesar de su «inexistencia», la socioecología es fructífera.

El análisis socioecológico es, a fin de cuentas, una muestra de la colaboración entre distintas disciplinas académicas (biología, arquitectura, economía, sociología, física, ingeniería civil e industrial, política, sociología, etc.), una materialización de la transdisciplinariedad cada vez más necesaria para comprender y abordar la complejidad inherente al mundo en que vivimos. Un mundo en el que la degradación ambiental va de la mano de la degradación social y la ingobernabilidad, en el que fenómenos como el cambio climático o la erosión de los suelos se encuentran estrechamente ligados a un determinado modelo de desarrollo que ya cuenta con mil millones de personas denominadas pobres-pobres (y la cifra va en aumento).

De la A de adversidad («suceso o situación opuestos a nuestras expectativas... ») a la V de vorurbano («espacio rural residual que agoniza entre el espacio urbano propiamente dicho y el espacio rururbano... »), Ramon Folch hace un extenso recorrido por los conceptos que, en su opinión, sostienen esa disciplina emergente aunque formalmente inexistente. Y hace un recorrido libre, como en todos los diccionarios de autor publicados en esta colección. A través de sus páginas, el lector se tropieza con artículos breves que reflexionan sobre términos más o menos previsibles (ambientalismo, biodiversidad, ecología, desarrollo, ecoturismo, Gaia, paisaje, reutilización y reciclaje, territorio...) y algunos de lo más sorprendente: arte y ciencia, Europa, futuro, izquierda, juventud, mujer-militarismo-y-sostenibilidad, realismo fantástico, rock duro, tolerancia... y así hasta más de 120 entradas.

Ahora bien, ¿es tan importante esta convergencia de disciplinas denominada socioecología? ¿Qué justificación tiene la elaboración de un diccionario sobre una manera de pensar y de hacer basada en una perspectiva globalizadora? Bien, la socioecología es la herramienta, el instrumento integrador de diferentes conocimientos, que permite plasmar en actuaciones concretas el desarrollo sostenible: aquel que «pretende hacer indefinidamente posible la actividad económica real» alejada del economicismo actual o del ecologismo fundamentalista. En definitiva, este Diccionario no es tal, como bien dice su autor, sino que se parece más a un manual en el que se encuentran descritos, argumentados e ilustrados los pilares conceptuales de la cultura de la sostenibilidad. Seguramente, una obra de referencia.

Johanna Cáceres

 

 

Escribir ciencia

L'écrit de la science

Revista Alliage

Número 37-38 (Primavera)

París, 1999

La revista Alliage (Cultura-Ciencia-Técnica), que dirige el profesor Jean-Marc Lévy-Leblond de la Universidad de Niza, publica un número doble monográfico en el que recoge la totalidad del coloquio celebrado el año pasado (del 12 al 14 de marzo de 1998) con el lema genérico «L'écrit de la science-Science writing», en el marco del Foro Europeo de la Ciencia y de la Tecnología de la Comisión Europea (Dirección General XII).

Este número especial de Alliage incluye las contribuciones de 26 expertos europeos de la comunicación científica que debatieron sobre la evolución de la ciencia escrita, sus implicaciones en el mundo de la literatura y sobre la transmisión y difusión de las ciencias, libros de divulgación científica, nuevas formas de comunicación científica mediante las redes electrónicas, los problemas del periodismo científico y otras cuestiones relacionadas con la transmisión del conocimiento científico en sus diferentes formas. Philip Campbell (editor de la revista Nature), Baudouin Jurdant (profesor de la Universidad París-VII), Joost Kircz (Elsevier Science), Denis Guedj (profesor de Historia de las Ciencias de la Universidad París-VIII), Pierre Laszlo (Universidad de Lieja), Franco Prattico (Escuela de Estudios Superiores Avanzados de Trieste), David Bell (Universidad de Duke) y Tom Stoppard (periodista convertido hoy en uno de los autores dramáticos más conocidos del mundo anglosajón, autor de la obra Arcadia, presentada en la Comédie Française de París) y Vladimir de Semir (Observatorio de la Comunicación Científica de la Universidad Pompeu Fabra), entre otros, abordaron cuestiones como las que se debatieron en el transcurso del coloquio con las aportaciones que ahora publica Alliage: ¿cuál es el papel que posee el texto escrito en la investigación científica, desde el descubrimiento hasta la circulación de las ideas? ¿Cómo ha evolucionado esta forma de transmisión del conocimiento en el curso de la historia de las ciencias y cómo se pueden comparar en este contexto las diferentes disciplinas, desde las ciencias naturales a las ciencias humanas? ¿Cuáles son las diferentes formas de utilizar el escrito en la investigación? ¿Cómo trata la literatura a la ciencia? ¿Cuál es el lugar de la ciencia y de la técnica en la ficción que crea el mundo de la novela y en el campo de la poesía? ¿Es pertinente el género de la ciencia ficción en este contexto de la transmisión del conocimiento científico? ¿Ha influido el desarrollo científico en las formas contemporáneas de la literatura? ¿Puede tener la literatura en sí misma un componente epistemiológico? ¿Cuáles son hoy día la importancia y pertinencia de las formas escritas en la transmisión y en la difusión del saber científico en la cultura general? ¿Qué problemas concretos plantea el periodismo científico escrito? ¿Cuál es el estado actual y el futuro del libro de divulgación científica? ¿Cómo modificarán los nuevos medios electrónicos las formas de transmisión escrita del conocimiento científico y técnico? Las respuestas las podemos encontrar en esta excelente publicación francesa, y especialmente en este número especial, referencia obligada de la reflexión que se está realizando en Europa sobre la transmisión del conocimiento científico.

Gemma Revuelta

El cerebro: «un traspié entre dos estrellas»

Manual de neurociencia

Editores: José M. Delgado García, Alberto Ferrús, Francisco Mora, Francisco J. Rubia

Editorial Síntesis

Madrid, 1998

Hay dos maneras básicas de aproximarse al estudio y al conocimiento del sistema nervioso del hombre y de los animales. Y para ilustrarlo valen tanto las palabras de los científicos como las de los poetas. Porque el neurocientífico es una suerte de poeta de lo cuantificable, de lo que se puede medir y pesar, que alcanza su máxima inspiración en la soledad de su laboratorio. Pero a la fuerza, para medir y para contar el científico ha de mirar todos los cerebros, incluso el suyo, desde fuera, a distancia, sin penetrar nunca en un interior inalcanzable. Por el contrario, el poeta es un neurocientífico de su propio interior y quién mejor que él puede contar lo que siente y lo que vive. Dice Eliot, «no nos gusta mirar por la ventana y contemplar dos paisajes diferentes. No nos gusta subir por la escalera y descubrir que estamos descendiendo. No nos gusta salir por la puerta y darnos cuenta que estamos en la misma habitación. Y, sobre todo, no nos gusta el laberinto del jardín porque se parece demasiado al laberinto del cerebro…». Esta es una de las visiones del sistema nervioso a las que me refería. La de una estructura tremendamente compleja, compuesta por un mareante número de células nerviosas, que siempre se menciona para asustar, y que tiene propiedades fantásticas que jamás seremos capaces de descifrar. «Soberbio dispositivo de computación», «ejemplo supremo de computador algorítmico» lo llama Roger Penrose en La nueva mente del Emperador. Tendríamos que ser algo más parsimoniosos con esto, porque a veces se puede tener la sensación opuesta, es decir, que el cerebro es una maquinaria muy compleja para poder hacer las pocas cosas que somos capaces de llevar a cabo. Por ejemplo, cuando se pide a un etólogo que enumere el etograma de un animal cercano a nosotros, como el de un gato o el de un lobo, la lista de comportamientos distintos no llega de seguro al centenar. Así, tal como se trata de hacer ver en esta obra, el cerebro no esconde secretos que no estén presentes en lo que pensamos y en lo que hacemos. Frente a esta enorme complejidad estructural y funcional, el neurocientífico se acerca al sistema nervioso provisto de numerosas, complejas y costosas herramientas. A veces cuenta neuronas como el que cuenta ovejas para dormir, desde la número uno hasta la que completa el billón, con b, o cómo un don Quijote electricista enristra su electrodo de alta impedancia y trata de ensartar las malandrinas células de Purkinje. Pero, en definitiva, si el cerebro es tan complejo como se nos aparece es porque pintar un buen cuadro, recitar un poema, o elaborar un pensamiento son tareas complejas en sí. Nuestro cerebro no puede sobrepasar en misterio a nuestro propio ser y estar.

La segunda manera de acercarse a la función cerebral sería como sigue. Parafraseando al poeta César Vallejo se podría afirmar que el cerebro es un «traspié entre dos estrellas». Las dos estrellas no son del firmamento, sino que son nuestro pensamiento y nuestro comportamiento. Hacemos lo poco o mucho que hacemos con tanta facilidad, como pasear, subir y bajar escaleras o buscar soluciones mentales para problemas más o menos asequibles, que se nos olvida, por esa misma facilidad, que es nuestro cerebro el que organiza, rige y guía tales comportamientos y tales actividades mentales. Esta es curiosamente una de las razones por las cuales hemos tardado tanto tiempo en acercarnos a nuestro interior con las herramientas de estudio que utilizamos para entender el mundo que nos rodea.

En este Manual de neurociencia se presenta un panorama a la vez comparado y multidisciplinario de las diversas parcelas en que se divide el estudio y conocimiento de la función cerebral. Así, se describe la biología molecular y celular de la célula nerviosa y se ilustra profusamente la anatomía del cerebro del hombre y de vertebrados próximos a éste. También se explican los distintos sistemas sensoriales que nos permiten ver el espacio en tres dimensiones, distinguir un abanico de colores o separar el sabor de un ribera del Duero del de un rioja. Del mismo modo, se describe cómo se organizan nuestros actos motores, cómo el cerebro controla de modo automático numerosas funciones digestivas y metabólicas, cuáles son los mecanismos neuronales que subyacen a nuestra capacidad de aprender y de recordar o dónde se generan nuestras emociones y nuestros estados de ánimo.

Como es habitual habría que decir que este libro se dirige a profesionales de la especialidad, como neurólogos y neurocirujanos, así como a estudiantes de medicina, biología y psicología interesados en la histología, anatomía y fisiología cerebral. Pero si el libro trata de nuestro cerebro es como si tratase de nosotros mismos. Es decir, cualquier persona puede estar interesada en saber por qué el frío aumenta el apetito, si la melatonina sirve en realidad para todas las cosas que se cuentan o a qué hora del día sientan mejor un par de cubatas. También puede ser útil para pintores, ya que aquellas magníficas descripciones que hacía Albers sobre las interacciones entre los colores contiguos en un cuadro se pueden entender mejor ahora considerando los mecanismos neuronales de la percepción del color. O qué decir de los orfebres de Córdoba y los plateros de Salamanca. Leyendo este libro caerían en la cuenta de que el próximo 14 de febrero deben cambiar el ya manido corazón en la medalla del amor y poner en su lugar una imagen tridimensional del sistema límbico (que encontrarán en la figura 16.15 del libro) como el sitio donde realmente se producen emociones y sentimientos. También algunos «colgados y/o biólogos moleculares del arroyo» podrían beneficiarse de la lectura reposada de los capítulos 7 a 10, donde se narra la extensa farmacología de la transmisión sináptica, e incluso darse cuenta de que la felicidad tal vez no es molecular. En fin, si no este libro, en el futuro los libros de neurociencia tratarán tanto de lo que somos y sentimos como el Quijote o La Celestina. Ya sé que alguno o alguna estará pensando que falta mucho para eso. Es lo que pienso yo y es una suerte para mí y para mis colegas, porque dada la complejidad del estudio de la función cerebral los neurocientíficos seremos los últimos profesionales en ir al paro por falta de trabajo.

Las palabras dan ese toque especial a los guisos, a los vinos y hasta puede que a los libros. Nos permiten entender el mundo y, sobre todo, poderlo contar. Se las cedo pues a mi compatriota Federico García Lorca. Estas que leo están tomadas de La zapatera prodigiosa. El alcalde le pregunta al zapatero disfrazado de titiritero:

- «¿Y en qué consiste el oficio de usted?»

A lo que el falso titiritero responde:

- «¡Ah! Es un oficio de poca apariencia y de mucha ciencia. Enseño la vida por dentro…»

Nosotros, los neurocientíficos, estamos lejos aún de esa maravillosa sencillez para llegar al fondo de nuestro mundo interior que tienen los titiriteros y los poetas, pero en ello estamos y este libro es una muestra fehaciente de lo que sabemos por ahora.

José M. Delgado García

Catedrático de Fisiología de la Universidad de Sevilla

Director del Laboratorio de Neurociencia