Crisis de valores
Vladimir de Semir

La cultura evoluciona y sufre la lógica metamorfosis de todo proceso dinámico. Las ciencias, una parte de la cultura, intentan descifrar el mundo en que vivimos, buscan profundizar en una parte del conocimiento humano y también se adaptan a la propia evolución del pensamiento. En realidad, esta evolución intelectual intenta acercarse a la aprehensión y comprensión del universo y para ello utiliza todos los recursos a su alcance.

Los seres humanos somos capaces de desarrollar numerosos caminos para dar respuesta a ese anhelo de entender nuestra circunstancia y la del mundo que nos rodea. Mitos, ideologías, creencias, religiones... todo es válido para intentar elucidar nuestros sentimientos, incógnitas y preguntas. Sin embargo, sólo el desarrollo y aplicación del incuestionable método científico permite aseverar que nos adentramos de forma rigurosa en el conocimiento y descubrimiento de la materia, del universo y de la vida. Las ciencias (en plural porque no existe una única ciencia, sino muchas y variadas) no constituyen la única forma de conocimiento y tienen siempre unos límites, aunque los modifiquemos a lo largo de la propia evolución cultural, pero son las vías que nos han permitido llegar hasta el presente con nuestra capacidad de modificar la naturaleza, combatir la enfermedad o alcanzar la mítica Luna; con sus pros y sus contras, pero sin mixtificaciones ni supersticiones.

Hace más de tres siglos, Pascal escribía que el curso de la investigación científica no puede pretender alcanzar la realidad, ya que es contradictoria, ni la verdad, que está fuera del alcance de la matemática humana, pues sus demostraciones sólo pueden revelar realidades y verdades parciales, sucesivas y relativas las unas de las otras. Teorías y experimentos se suceden en la historia de las ciencias para ir desentrañando esa verdad inalcanzable en su plenitud, pero esa es precisamente la grandeza de las ciencias: avanzar paso a paso, gradualmente, para intentar entender cada vez algo más y, al mismo tiempo, resolver los muchos problemas que la existencia nos plantea. Desde aquel mítico día en que un ancestro levantó su mirada al cielo y comenzó a plantearse preguntas, no hemos descansado ni un momento. Pensamiento, discusión, razonamiento, conocimiento, investigación... Hipótesis, demostración y tesis. Experimentación reproducible. Metodología científica. Este es el único sendero que nos lleva a la práctica científica.

Sin embargo, los seres humanos no podemos prescindir de los mitos y supersticiones. Pensábamos que el progreso de las ciencias humanas y un más fácil acceso al mundo de la información comportarían un retroceso de las demagogias, de las supercherías y de la credulidad humanas en las llamadas «paraciencias» (mejor sería denominarlas «pararreligiones»). Pero no es así. ¿Qué ocurre?

Es evidente que, para muchos, la racionalidad científica se ha confundido con el poder tecnológico, que ha brindado a la humanidad grandes beneficios, pero que también ha suscitado grandes inquietudes y se materializa en una aparente contradicción: la globalidad de la humanidad mejora poco a poco sus condiciones de vida, pero cada vez son mayores las diferencias entre los poderosos y los desvalidos. Paralelamente a esta confusión que muchos pueden efectuar en torno a la racionalidad científica, no hay duda de que se ha producido, en lo que hemos convenido en llamar occidente, un debilitamiento de las creencias religiosas y de las ideologías políticas. El cóctel, al que hay que añadir otros ingredientes como una cierta tendencia ancestral de los humanos a intentar explicar lo desconocido con recursos mágicos e irracionales, hace que paulatinamente sea más difícil trazar la división entre el saber acumulado en milenios y la impostura calculada de algunos imaginarios. Si a ello añadimos la total mixtificación que el mundo de la información realiza entre conocimiento y superstición, prevaleciendo casi la segunda sobre la primera, es fácil comprender que el ciudadano no sepa discernir razón y método de credulidad y fantasía.

El miedo a lo que nos pueda deparar el futuro es consustancial con nuestra propia existencia, además de ser un sentimiento que algunos saben que conviene espolear. Lo hacían, y lo hacen todavía, los brujos de la tribu en muchos lugares del mundo, con lo que el gran jefe tenía, y tiene, más dominados a sus súbditos, y lo siguen haciendo los poderes actuales en las grandes sociedades humanas, aunque con recursos más refinados y sutiles. Quizá ello explique que apenas se levanten voces contra el fenómeno de la incultura que se practica mayoritariamente desde los medios audiovisuales en casi todo el mundo, ya sean públicos o privados.

Vivimos una época de incertidumbre y, por tanto, de inquietud. La crisis demográfica (el principal problema que se le plantea a la humanidad), la crisis económica y el rápido cambio tecnológico, difícil de asumir, acrecientan ese miedo en el devenir. Las grandes explicaciones del mundo, ya fueran religiosas o ideológicas, han perdido buena parte de su impacto y de su poder regulador, y las explicaciones que han brindado las ciencias hasta ahora posiblemente se contemplaban con cierta candidez, pues se pregonaba que aportarían abundancia y bienestar. Ante las dificultades crecientes, numerosas personas empiezan a ver a las ciencias y a sus desarrollos técnicos como el origen de muchos de los males que nos aquejan. No es extraño, entonces, que los ciudadanos busquen refugio en la capacidad innata que todos poseemos para hacer volar la fantasía y para maravillarnos ante lo que desconocemos. Al fin y al cabo, es más fácil y requiere menos esfuerzo creer en extraterrestres, en el horóscopo y en la numerología, que descifrar los secretos de la paleontología, descubrir la historia de los planetas o revelar las curiosidades matemáticas. Lo que convendría es explicar con claridad que resulta miles de veces más apasionante, gratificante y variado lo segundo que lo primero. El problema reside en que muchos siguen sin saberlo, pues la desinformación gana terreno a la información y todavía queda un largo camino por recorrer para alcanzar unos niveles educativos y culturales adecuados. Por ello, no nos debe extrañar que afrontemos este muy poco frecuente cambio de milenio con una consolidada crisis de valores.