Historias de ciencia y amor

 

 

Peces luminosos. Historias de amor y ciencia

Lynn Margulis

Colección Metatemas

Tusquets Editores

Barcelona, 2002

 

El término humanidad, y sus derivados, humano, humanitario, humanismo, se han apropiado gratuitamente de la categoría de epíteto asociado a cualidades (bondad, solidaridad, compasión, grandeza, etc.), soslayando el aspecto más negativo. Ese aspecto está parcialmente representado por los siete pecados capitales, con los que la religión estigmatiza y coloca al mismo nivel gula, lujuria y pereza que envidia, soberbia, avaricia e ira. En Peces luminosos. Historias de amor y ciencia, Lynn Margulis quiere ahondar en la parte humana del científico, pero incidiendo en el cúmulo de contradicciones, cualidades y defectos que le son patrimonio. Su idea es precisamente ponerlo al nivel del resto de seres humanos. Por eso quizá destaca más sus debilidades, o tal vez sea porque las ha sufrido en carne propia. De los pecados capitales que las religiones atribuyen a nuestra especie, a ella, como a muchos de nosotros, no le importa la lujuria o la gula (allá cada uno), pero sí la envidia, la avaricia, y la pereza, porque pueden hacer mucho daño, personal y profesionalmente. Y, generalmente, se ceban en quienes destacan en su campo por méritos propios. Si esto es inevitable, por lo menos queda compensado por el aprecio, el afecto y la admiración de amigos y colegas. En el caso de la autora son muchos, muchísimos. Ella menciona a un buen número en la dedicatoria de su libro, consciente de que son todavía más los que no aparecen citados. De todos dice que aprendió y todos han aprendido de ella. Es difícil que una persona así pase desapercibida por la vida de nadie. Ha subtitulado el libro Historias de ciencia y amor (aunque en la portada del libro el orden de esas dos palabras esté invertido), dos elementos omnipresentes en su vida y que la han condicionado; y eso es algo que ella misma manifiesta en palabras y en actitudes. La amistad es también otra forma de amor y al estrato del amor, de la amistad o de la ciencia, pertenecen cuantos han deseado y logrado, entre ellos Roosevelt, captar su humanidad con la categoría de epíteto del término.

Los peces luminosos han salido a la luz (es un decir, ya que no la necesitan; ellos mismos la llevan) y se han puesto al día en apariencia, aunque no en esencia. Llevaban muchos, demasiados años en remojo sin que los editores se arriesgaran a la publicación de una casi-novela, parcialmente-biografía y quasi-texto de comunicación científica. Esta inclasificación y la costumbre de tratar con libros específicamente científicos de su autora han mantenido la obra inédita en Estados Unidos, país donde se publican libros de casi todo. Desde recetas de cocina que mezclan los sentimientos y frustraciones de sus autores, dando a cada plato un toque personal de sus vivencias, hasta el origen y significado de la valla arbórea que separa las residencias familiares. Aparece pues el libro por primera vez en nuestro país y en español y hay que agradecer a Editorial Tusquets una iniciativa que sería de desear imitaran los editores estadounidenses.

Peces luminosos es fresco o refrescante, como lo es su autora. Porque le gusta llamar a las cosas por su nombre y decir lo que piensa. La primera narración es sencillamente magistral. A plena luz del día plantea la incontinencia de la ciencia; cualquier batalla contra el afán de saber y conocer está de antemano perdida. No porque quienes tengan que emprenderla sean personas honestas, generosas y altruistas (pueden serlo o no), sino porque ante la posibilidad de avanzar en el conocimiento, ninguna mente preparada se dará por vencida. La aplicación y sus consecuencias, claro que se tienen que tener en cuenta, claro que se tienen que controlar, está fuera de toda duda. Pero también está fuera de duda que existen personas insensatas y ambiciosas en el centro del poder, dispuestas a utilizar la ciencia y la tecnología para la consecución de sus fines nefastos. Y eso sí es peligroso.

El carácter biográfico de esta primera narración no debe engañar al lector para el resto de relatos. Los siguientes son las experiencias a cargo de un narrador o evocadas por sus protagonistas, donde los investigadores relacionados podrán reconocerse y reconocer a otros. Al lector ajeno no le queda más que disfrutar con cada uno de los textos, que se relacionan entre sí por los propios personajes y las situaciones. Por ello se recomienda la lectura, por lo menos una primera, en el mismo orden en el que aparecen. Se garantiza una identificación con esos personajes que descubrimos que viven situaciones como la del resto de los mortales (humanos) y las resuelven voluntariamente (o el tiempo se encarga de ello), como la mayoría de esa especie a la que nos ha tocado pertenecer. Los próximos a Lynn vemos en la novela el destello de su ingenio y de su humanidad, contradictoria y compleja que la hace tan próxima a quienes la conocemos.

Un libro o un artículo científico tiene una estructura que todo investigador se ve obligado a respetar. Y desde luego no ha lugar en él para la disertación personal ni cualquier tipo de declaración amorosa. Hacía falta, pues, echar mano de la imaginación y huir de lo convencional para declarar esa pasión, por la ciencia y por el amor, en un texto así, difícil de encasillar en los géneros establecidos. La intención la manifiesta la propia autora desde el principio: «La ciencia teoriza sobre lo general, pero estudia lo particular. Los científicos subliman sus pasiones en su empeño por desentrañar los secretos del mundo natural. Aquí describo las distracciones sociales y sexuales, la inhibición de la pasión, lo particular e idiosincrásico de unos cuantos hombres y mujeres que han dedicado su vida a la ciencia». A la ciencia y la vida, añadimos, o a la ciencia que es vida y que ni la poesía desdeña, como sutilmente ironiza Emily Dickinson a quien Lynn tan bien conoce e interpreta, cuando dice: «La fe está muy bien y permite ver, pero, por si acaso, los microscopios son de gran ayuda».

 

Carmen Chica

 

 

 

La medicina en la historia

 

 

La medicina en la historia

José María López Piñero

La esfera de los libros, S.L.,

Madrid, 2002

 

Lleno de contenidos, trepidante, profusamente ilustrado y de marcado propósito divulgativo, este libro persigue aproximar los profesionales de la salud al resto de la sociedad sin perder por ello ni un ápice de rigor expositivo. Se aparta de una historia de la medicina entendida como una mera descripción de hechos y biografías de personajes ilustres y, en su lugar, ofrece una perspectiva integradora que conecta la medicina con la ciencia, la cultura y la vida social. Provocador y directo, su autor califica de auténtica esquizofrenia el tópico de las llamadas «dos culturas».

Uno de sus cometidos en la obra es advertir al lector ingenuo o que se asoma por primera vez a la medicina en la historia de muchos de los tópicos sedimentados durante años en cuanto a la historia de la medicina se refiere, a menudo fruto de trabajos previos poco rigurosos o de afirmaciones poco contrastadas. Así, de este modo, se desmorona la imagen tenebrosa de la Edad Media «procedente del Renacimiento y degradada por el positivismo vulgar», o la supuesta serena y equilibrada tradición griega, visión que esconde su también realidad dionisíaca, oscura y atormentada ya desvelada por Nietzsche. A pesar de que el punto de partida de la medicina moderna es el siglo XVII, siglo de la «revolución científica», ésta no se desarrolla en su totalidad. La cirugía o la higiene pública, por ejemplo, lo hicieron más tarde, es decir, ya en la Ilustración; la farmacología, el tercer puntal de las ciencias de la salud junto con la medicina y la cirugía, alcanza su esplendor en el siglo XIX.

La obra está organizada en ocho partes que, por orden cronológico, introducen al lector en los diferentes escenarios de la historia de la medicina y también de la enfermedad que, como dice J.M. López Piñero, «ha acompañado siempre a la vida». Tras las medicinas arcaicas de Egipto y Mesopotamia, no olvida episodios a menudo poco conocidos propios de las medicinas clásicas procedentes del lejano oriente, la China, la India o el Japón, a las que dedica la tercera parte del libro. Grecia y Roma dan paso a la Edad Media y al Renacimiento, preludio de la revolución científica. El autor destaca otro aspecto poco resaltado normalmente que él denomina la «revolución vegetal» por la introducción de nuevas plantas venidas de América y las Indias orientales que enriquecen la materia médica tradicional. La «revolución vegetal», junto con el movimiento vesaliano que impulsa la anatomía y lleva a la cirugía científica, constituyen la principal innovación de la medicina renacentista.

Ya en la modernidad, la vanguardia médica europea viene marcada por un fuerte proceso institucionalizador que favorece la producción y la divulgación científica, a la vez que se consolidan disciplinas como la fisiología, la embriología o la morfología comparada, configurándose el concepto de profesional al servicio de la ciencia. La última parte del libro está dedicada a la medicina contemporánea del siglo XX en la que se habla de hechos tan vigentes como las enfermedades infectocontagiosas «emergentes» y el papel de los medios de comunicación en la configuración social del sida, el ébola, las vacas locas, etc., en detrimento de otros problemas sanitarios como la malaria o la tuberculosis que, aunque los sufren un mayor número de personas en determinadas zonas del planeta, a menudo se da escasa información en los medios de difusión.

José Luis López Piñero estudió medicina en la Universidad de Valencia, y se especializó en Historia de la Medicina en las universidades de Munich, Bonn y Zurich. Es, sin duda, uno de los principales investigadores españoles de esta materia, con innumerables trabajos publicados y una de las mayores autoridades que ha creado escuela en nuestro país. Por ello la obra de este autor que constituye todo un referente no puede dejar al lector indiferente.

 

 

Núria Pérez