Las mujeres en la historia de la ciencia
Women in the
history of science
Un
examen poco riguroso de la historia de la ciencia induciría a pensar que la
mujer ha estado ausente del desarrollo de esta actividad a lo largo de la historia.
Hipatia, Hildegarda de Bingen, Madame de Châtelet, y tantas otras mujeres
científicas citadas en este artículo, desmienten esa afirmación. Ha podido
propiciar esta situación el hecho de que los y las historiadores/as hayan
prestado poca atención a la relación ciencia y género.
A poorly strict analysis of History of Science would drive us to think
that women have been out of the development of this activity throughout the
history. Hipatia, Hildegarda de Bingen, Madame de Châtelet, and so many other
women scientists mentioned in this article, refute this assertion. The
situation may have prompt historians to devote little attention to the
relationship between science and gender.
En
el año 1673 el cartesiano François Poullain de la Barre1 afirmó que
la mente, el intelecto no tiene sexo. Según él, los entonces recientes
desarrollos de la anatomía mostraban la igualdad entre hombres y mujeres con
respecto al cerebro y los órganos sensoriales. Si esto era así, )¿por qué no
podían las mujeres desempeñar trabajos o puestos similares a los de los
hombres? ¿por qué no ser, juezas, profesoras, embajadoras, militares,
científicas o pensadoras? La afirmación y pregunta de Poullain pretendía zanjar
«empírica y científicamente» una vieja polémica sobre la educación y la
igualdad de los sexos, surgida de la supuesta incapacidad, según unos,
desinterés o ausencia de las mujeres de los «asuntos del conocimiento» según
otros, y que habían sancionado ideológica y religiosamente los mitos de Eva y
Pandora, filosóficamente, Platón y biológicamente Aristóteles.
Es cierto que lo políticamente correcto hoy es
afirmar que no se puede, ni se debe, diferenciar entre hombre y mujer a la hora
de desarrollar actividades. Sin embargo, si examinamos la historia de la
humanidad en sus diversas facetas, veremos que la mujer, en especial como
grupo, raras veces aparece como protagonista. Desde luego, mi opinión es que
tal afirmación no se corresponde con los hechos, sino que es una distorsión
histórica. No hay que olvidar los sesgos habituales que padecen los
historiadores: sus explicaciones o interpretaciones han de pasar por el tamiz
de lo que el paso del tiempo ha permitido que les llegara y por el de quién
decidió escribir o anotar qué cosas, con la subjetividad que eso conlleva. A todo
ello hay que añadirle el hecho de que los historiadores han sido, por
abrumadora mayoría, hombres, por lo que, en cierto sentido, la historia es
masculina. Es hora de «devolver las mujeres a la historia y devolver nuestra
historia a las mujeres»,2 muy especialmente, en el caso de la
historia de la ciencia.
Cuando se habla de mujer y ciencia, la reacción
inmediata es la de indicar la ausencia de mujeres en el desarrollo de esa
actividad a lo largo de la historia. No obstante, resulta curioso que ese
«hecho» se esgrima por quienes tienen una concepción caduca de la historia de
la ciencia y sin que, quienes afirman tal cosa, hayan efectuado un examen serio
de la historia de la ciencia. Si lo hubieran hecho, no sólo hablarían,
«irónicamente» además, de Madame de Châtelet, omitiendo, entre otras cosas, que
su traducción de los Principia
Mathematica permitió que el continente accediera al newtonianismo. Una
mirada superficial les habría permitido descubrir a Aglaonike y a Hipatia, en
la antigüedad, a Roswita e Hildegarda de Bingen, en la Edad Media. A las
italianas Maria Ardinghelli, Tarquinia Molza, Cristina Rocatti, Elena Cornaro
Piscopia, Maria Gaetana Agnesi, y Laura Bassi. A las anglosajonas Aphra
Behn, Augusta Ada Byron Lovelace, Mary Orr Evershed, Williamina Paton Stevens
Fleming, Margaret Lindsay Murray Huggins, Christine Ladd‑Franklin,
Henrietta Swan Leavitt, Annie Russell Maunder, Charlotte Angas Scott, Mary
Somerville, Anna Johnson Pell Wheeler, Caroline Herschel y Maria Mitchell. A
las germanas Maria Cunitz, Elisabetha Koopman Hevelius, María y Christine
Kirch; a las francesas Jeanne Dumée, Sophie Germain, Nicole Lepaute. O a otras científicas más recientes como Maria
Goeppter Mayer, Sonya Vasilyevna Kovalevsky, Lise Meitner y Emmy Noether, por
citar sólo unas cuantas de reconocido prestigio.
Pero ese listado corresponde también a una mala
concepción de la historia de la ciencia. Porque ésta no está constituida sólo
por grandes nombres –por lo general, de varones–, como las historias de la
ciencia al uso solían presentar y a los que con facilidad se le podrían añadir
el de mujeres, como se hace en cierta línea de investigación histórica. Los
científicos viven en un tiempo y un país, pertenecen a una sociedad y tienen
creencias de diversos tipos (científicas y no científicas). Se educan de un
cierto modo, trabajan solos o en equipo, formulan hipótesis, utilizan
instrumentos, se reúnen (formal e informalmente). Es decir, la ciencia no es
sólo un corpus de conocimiento certificado, efectuado puntualmente por ciertos
individuos, sino mucho más.
La historia de
la ciencia, como disciplina autónoma, aparece de la mano de autores como G.
Sarton y de actos institucionales tales como la edición de la revista Isis, cuyo primer número se publica en
marzo de 1913, y la fundación de la International
Society for the History of Science en 1929. Desde entonces, el desarrollo
fue continuado, constituyendo un campo de interés propio que ofrecía numerosas
oportunidades. La estructura de las
revoluciones científicas de T.S. Kuhn, publicada en 1962, puso de
manifiesto la relevancia de su estudio para otras disciplinas y que, a la hora de analizar los procesos
científicos, había que tener en cuenta todo tipo de factores, ya fueran
lógicos, psicológicos, sociológicos, económicos o históricos. Aunque los
estudios de historia de la ciencia crecieron de forma espectacular,3
hasta mucho después no sucedió lo mismo con la cuestión de la mujer y la
ciencia, que casi siempre quedaba al margen de ellos. El nacimiento de la
historia de la ciencia como disciplina académica no supuso ninguna innovación
en el terreno de los estudios sobre la mujer. El papel de la mujer en la
ciencia seguía siendo relegado, olvidado, por más que lo típico del nuevo campo
estribara en considerar la relación existente entre ciencia y sociedad. Ni
siquiera las historiadoras de la ciencia (Marie Boas, Martha Ornstein o Dorothy
Stimson) prestaron atención a la mujer. Tampoco los historiadores encargados de
explorar los orígenes de la ciencia moderna incluyeron este aspecto en sus
estudios, aunque sí se ocuparon de otros muchos, como los religiosos, de clase,
de edad, etc. Por poner un ejemplo, en su, por otro lado, espléndida obra Ciencia, tecnología y sociedad en la
Inglaterra del siglo xvii,
Merton ponía de manifiesto el hecho de que el 62 % de los miembros iniciales de
la Royal Society fueran puritanos, subrayando la importancia de la
religión en ciertas sociedades o instituciones; sin embargo, no reparó en que
no había ni una sola mujer entre ellos. Y eso sí que había habido un cambio de
actitud en la historia de la ciencia.
Las
líneas en que se mueve o puede moverse la investigación en historia de la
ciencia en su relación con la mujer son varias, pero me limitaré a algunos
aspectos de las historias de la ciencia y la participación de las mujeres en el
nacimiento de la ciencia moderna y su institucionalización. La preocupación y el interés por efectuar la historia de las
científicas no es nuevo. Las primeras obras tomaron la forma de enciclopedia,
con la pretensión primordial de mostrar que las mujeres eran capaces de grandes
cosas y que, por tanto, debían ser admitidas en las instituciones culturales.
Dichas enciclopedias tenían un carácter general, es decir, estaban dedicadas a
los logros en todos los campos. Giovanni Boccaccio escribió una obra de este
tipo entre 1355 y 1359, De claris
mulieribus, en la que presentaba la biografía de 104 mujeres notables,
aunque la mayoría eran reinas (reales o míticas). Agustín de la Chiesa publicó
en 1620 Theatrum literatar feminarum,
Johan Frauenlob Die Lobwürdige
Gesellschaft der gelehrten Weiber, en 1631, y Margerite Buffet, Eloge des illustres sçavants anciennes et
modernes (1668). En la Historia
mulierum philosopharum, publicada en 1690, Gilles Menage daba cuenta de los
logros de filósofas antiguas y contemporáneas, para apoyar su propuesta de que
las mujeres fueran admitidas en la Académie
Francaise. Pero, como observa el propio Menage, su propuesta no tuvo
resultado alguno. A mitad del siglo xviii
aparecieron las primeras enciclopedias específicas sobre la mujer en las
ciencias naturales y la medicina. Así por ejemplo, Jérome Lalande, en su Astronomie des dames (1786) –que entra
de lleno en el género de la literatura científica «para damas»– incluía una
brevísima historia de las astrónomas (¿tal vez la primera?). En la década de
1830 Christian Friedrich Harless escribió Die
verdienste der Frauen um naturwissenschaft, Gesundsheits und Heilkunde (La contribución de las mujeres a la ciencia
natural, la salud y la curación). En dicha obra, pretendía «llenar un
vacío» existente en las historias de su época y proponía una historia
evaluadora de las aportaciones de las mujeres en todos los campos de las
ciencias naturales, geología, antropología y medicina.
Estas
historias muestran algo que, a veces, se olvida, se desconoce o se oculta: que
las mujeres siempre se han sentido atraídas por el conocimiento, en general, y
el científico, en particular. Incluso en Grecia, escuelas como la platónica o
la pitagórica las admitían en su seno, siendo famosas las denominadas «primeras pitagóricas», pertenecientes en su mayoría a
la propia familia de Pitágoras,4 Teano, Arignote, Myia y Damo; las
«pitagóricas posteriores» (iv y iii), por ejemplo, Pintis, Aesana de
Lucania, Penctiones, tal vez Perictione ii
y Teano ii; y las neopitagóricas
(sólo las nombradas por Iámblico suman 17).5 Pero también la médico
Agamede, que vivió en el siglo xii6
o Agnodice, nacida y muerta en Atenas en el último tercio del iv y que constituye un hito en la
historia de las mujeres científicas, por lo que de renuncia a la propia
identidad supone el sacrificio efectuado por ella para poder practicar la
medicina,7 situación que se repite una y otra vez. O por supuesto,
la famosa Hipatia de Alejandría, matemática, astrónoma, directora de la escuela
neoplatónica de dicha ciudad.8
Durante
la Edad Media se extiende un período de decadencia general por todo Occidente.
El clima imperante es de oscurantismo y superstición generalizados, que afecta
no sólo a los hombres, sino también a las mujeres. Pero el caso de estas
últimas es más grave. Si a algunos hombres les está permitida la educación,
incluso superior, no es éste el caso de las mujeres, pues les está vedada
incluso la lectura y la escritura, por considerarse fuente de pecado y tentaciones.
En esta situación, la
única salida en muchos casos es la vida monástica y conventual, donde la
humanidad preserva su patrimonio cultural contra viento y marea. Ahí, hombres y
mujeres pueden estudiar, aprender, e incluso llegar a ser auténticas eruditas.
Y, aunque en este período escasean aún más que en otros, aparecen mujeres como
Hroswitha, o Roswita, una monja de la abadía benedictina de Sajonia, que vivió
en el siglo x y que nos dejó
constancia de los conocimientos matemáticos de la época. O Hildegarda de Bingen
(1098- 1179 u 80), autora de varias obras, en las que se ocupó fundamentalmente
de aspectos teóricos y prácticos de la ciencia, en especial de la cosmología,
así como de los animales, plantas y minerales y su relación con el bienestar de
la humanidad. Pero en este período destacan, sobre todo, las mulieres salernitanae, famosas tanto en
los círculos científicos y médicos como en los populares. La Escuela Médica de
Salerno ya era famosa en el siglo xi,
tanto por su práctica como por su investigación y las enseñanzas que en ella se
impartían, y tuvo gran impacto en el desarrollo de las facultades de medicina
del occidente cristiano.9 Aunque sin duda alguna, una de las mujeres
más famosas de esta escuela salernitana fue Trótula (muerta hacia el año 1097 y
de la que nos han llegado dos obras, Passionibus
mulierum curandorum y Ornatum
mulierum, la primera sobre ginecología y esta última sobre cosmética y
enfermedades de la piel10), en la Escuela Médica de Salerno no son
mujeres aisladas, sino muchas, las que pudieron estudiar, ejercer la medicina y
enseñarla en un lugar en el que fueron apreciadas y en el que, tal vez, no
tuvieron que esforzarse el doble para que se les reconociera la mitad.
Pero es en el
Renacimiento y luego, con la Revolución Científica, cuando el interés de las
mujeres por la ciencia se generaliza. Son muchos los factores que intervienen11
en ello, aunque el clima se había visto favorecido por la polémica sobre la
educación de la mujer, que se extendería a lo largo de doscientos años
aproximadamente. Recuérdese que, a partir del siglo xvi se produce un
cambio con respecto a la Edad Media. La opinión clerical usual era que enseñar
a la mujer añadía maldad «a la malicia natural que ellas tienen», que «amenazaba el orden establecido del hogar» y «engendraba
laxitud en las tarea domésticas y discordia en los matrimonios».12 Estas ideas se basaban en
supuestos médico-ideológicos de Aristóteles o Galeno y se mantuvieron intactos
hasta bien entrado el siglo xvii.
Ejemplos los hallamos en Fray Luis de León: «así como a la buena y honesta la naturaleza no la
hizo para el estudio de las ciencias ni para los negocios de dificultades, sino
para un solo oficio simple y doméstico, así las limitó el entender y, por
consiguiente, les tasó las palabras y razones».13 O en el doctor Huarte de San Juan, patrono de
nuestras facultades de psicología, que intentó dar un carácter más «científico»
a sus ideas sobre la incapacidad –que no sólo inferioridad– intelectual de la
mujer y razonaba de la siguiente manera: las mujeres son frías y húmedas y los
hombres secos y calientes; la humedad y el frío echan a perder la parte
racional, mientras que el calor y la sequedad –)qué casualidad! – la aumentan y
perfeccionan. Puede que haya alguna mujer con algo de ingenio y habilidad, pero
eso indicaría que tiene cualidades masculinas, es decir, calor y sequedad,
aunque en grado muy bajo, porque si las tuviera en mayor cantidad habría nacido
hombre. Como apoyo empírico de su teoría muestra un dato fundamental: Eva, la
primera mujer, no mostró mucha inteligencia en el Paraíso (aunque Adán tampoco
demostrara muchas «luces»).
Pero de nada sirvieron las justificaciones
biológicas» basadas en Aristóteles,
Hipócrates o Galeno. El humanismo abogó por la instrucción «fuertemente
ideologizada» que permitiera un mejor gobierno del hogar y la
educación cristiana de los hijos. Como muestra, La instrucción de la mujer cristiana, escrita por Vives para
Catalina de Aragón: «los estudios dan forma a la crianza y costumbre;
instruyen en la vida; enseñan a obrar conforme a virtud; encaminan a la razón;
y finalmente muestran vivir sin perjuicio de nadie, ni de sí misma». Pero
esa educación nunca puede estar orientada al magisterio, a conseguir un puesto
profesional, pues «no es bien que ella enseñe... porque habiéndose
puesto en la cabeza alguna falsa opinión no la traspase a los auditores con la
autoridad que tiene la maestra y traiga a los otros a su mismo error»13. Sólo años más tarde, en 1678, apareció un panfleto, Advice to the women and Maidens of London,
que exhortaba a las mujeres a rechazar las labores domésticas y a dedicarse a
estudiar matemáticas y contabilidad. La autora –desconocida, aunque en la
portada aparece la expresión «por una de ese sexo»– consideraba que las
mujeres que estuvieran capacitadas en esas materias serían más independientes.
Otras mujeres hablaron a favor de la educación de
las mujeres de forma no anónima. De entre las primeras, Christine de Pizan (circa
1364-1430), Bathusa Makin (nacida hacia 1600), Marie le Jars de Gourney
(1565-1645) o Mary Astell (1668-1731), todas ellas firmes partidarias de la
igualdad de las mujeres. Ahora bien, ¿tenían interés las mujeres por lo que hoy
denominaríamos ciencias?14 A mi modo de ver hay varios fenómenos que
demuestran la participación de las mujeres en las ciencias, desde la revolución
científica, aunque señalaré sólo muy brevemente algunos. En primer lugar, las
sátiras contra las mujeres se convierten en un género muy difundido. No sólo Las mujeres sabias de Moliere,15
sino otras específicamente dirigidas contra las «mujeres de ciencias», como Satire contre les femmes de N. Boileau‑Despreaux
(1694), escrita contra Mme. de La
Sabliere16 y donde se la describe, semijorobada, observando Júpiter
astrolabio en mano, hecho al que se atribuía su semiceguera y mala figura;17
The Female Vertuosos, de Thomas
Wright (1693), en la que las mujeres descubrían hechos obvios y planteaban
actuaciones ridículas y estúpidas18 o, seguramente la más amarga de
todas, Humours of Oxford, de James
Miller (1726), donde la protagonista, una insensata que ha osado pretender
obtener conocimiento por medio del estudio y la dedicación a la ciencia y la
filosofía, admite finalmente su locura, sus pretensiones ridículas y su vuelta
al redil de la ignorancia.
La aparición de las revistas
científicas para damas es otro de esos fenómenos mencionados. La creación de
las sociedades científicas conllevó la creación de las consiguientes
publicaciones oficiales, tales como las Philosophical
Transactions (1665) y el Journal des
Savants (1666). Dado que las mujeres también estaban excluidas de estos
órganos de comunicación científica que permitieron la difusión de los logros,
un control mayor y la formación de una comunidad científica internacional, una
vez más, las mujeres tuvieron que
ingeniárselas y aparecieron las revistas científicas «para
damas»: la inglesa Athenian Mercury19
salía dos veces por semana y en una de sus secciones se daba respuesta a las
preguntas de las lectoras, siendo tantas que los editores tuvieron que rogar
que dejaran de enviar preguntas a la sección; entre 1704 y 1840 se editó The Ladies Diary: or the Woman Almanack,
containing many Delightful and Entertaining Particulars, peculiarly adapted for
the Use and Diversion of the Fair‑Sex. Esta revista tenía información
de almanaque, así como artículos de astronomía, problemas de aritmética para
ser resueltos por las lectoras y «puzzles» lingüísticos, a cuya solución se
otorgaban premios. Posteriormente se añadieron problemas que planteaban las propias
lectoras, algunos de los cuales muestran una gran perspicacia y profundos
conocimientos. Otro ejemplo es The Female
Spectator, publicada de 1744 a 1746, editada por Eliza Haywood y que
alcanzó en su corta existencia gran popularidad en Inglaterra y Norteamérica.
En el número del 27 de abril de 1745, Haywood recomendaba a las lectoras que
siguieran los principios de la filosofía experimental de F. Bacon, es decir,
que efectuaran por sí mismas los experimentos, dejando a un lado especulaciones
inútiles sobre las obras de otros «filósofos». Las instruía en el uso del
microscopio y las animaba a examinar gusanos, insectos y otros especímenes,
esperando que sus descubrimientos ampliaran los límites de la ciencia. Una
colección de artículos de esta revista fueron reimpresos varias veces en forma
de libro, entre 1747 y 1775.
Hasta
el siglo xvii, los nuevos
resultados habían sido comunicados a través de los grandes tratados
científicos. Pero, a partir de la Revolución Científica, las popularizaciones
cobraron gran importancia. Por ejemplo, a mitad del siglo xviii en Inglaterra ni siquiera los
estudiantes de las mejores escuelas eran «instruidos en filosofía natural,
exceptuando la aritmética y la geometría».20 Por ejemplo, las
teorías mecanicistas de Descartes fueron dadas a conocer a un público más
amplio gracias a La pluralidad de los
mundos de Bernard Le Bovier de Fontenelle (1657‑1757). La obra de
Fontenelle, dedicada como era muy habitual a una dama, tuvo mucho éxito –entre
otras cosas, porque hablaba de la posibilidad de extraterrestres, y fue
traducida al inglés por Aphra Behn (1640‑1689)–. Esta versátil autora,
viajera y aventurera, a pesar de no ser lo que hoy llamaríamos una «experta» o
«profesional» de la astronomía encontró en dicha obra tantos fallos y la halló
tan susceptible de críticas que decidió escribir sus propias ideas al respecto.
Especialmente en las ciencias físicas. Y aparecieron también libros de
divulgación científica especiales «para damas». En efecto, no era de buen tono
que una dama ignorara todo sobre ciencia; era inconcebible que no estuviera al
tanto de las modernas teorías... siempre que no pretendieran dedicarse a las
ciencias duras o pretendieran competir en medicina (dedicarse a ella
profesionalmente).
Por
seguir con el mismo ejemplo, La
pluralidad de los mundos tuvo diversas traducciones y muchas imitaciones.
Pero, según cambió la ciencia y se impusieron las teorías de Newton, las
popularizaciones de mecánica y astronomía tuvieron que ser reescritas. Y así
surgieron toda una serie de libros, de los cuales, sin duda uno de los más
famosos es Il newtonianismo per le dame,
de Francesco Algeroti (publicado en 1737), en el que se expone la óptica y
física newtoniana. Obsérvese cómo, en esta ocasión, en el título se explicita
la audiencia a la que va dirigida. Sin embargo, no todas las popularizaciones
dirigidas a las señoritas eran de hecho divulgaciones. Por ejemplo, Charles
Leadbetter dedicó su Astronomy: or the
True System of the Planets Demonstrated (1727) a Mrs. Catherine Edwin, quien, según afirma el autor, tenía «gran
erudición y habilidad en ciencias matemáticas, en especial en las celestes»; y
así debía ser, a juzgar por la obra, plena de tablas astronómicas, complejos
cálculos matemáticos y toda una serie de tecnicismos, mucho más de los usuales
en los otros libros «para damas».
También las mujeres escribieron obras de
divulgación científica. De entre todas mencionaré sólo a una: Jane Marcet
(1769-1858). La primera obra que publicó Jane Marcet fue Conversations on Chemistry. In
Which The Elements of That Science Are Familiarly Explained and Illustrated by
Experiments and Plates y rápidamente se convirtió en un éxito, llegando a
alcanzar varias reediciones. En el
prefacio Jane Marcet cuenta cómo surgió la idea de escribir esa obra. La
primera vez que asistió a una conferencia científico-experimental de las que
organizaba la Royal Institution, advirtió que le resultaba difícil
seguir la argumentación del conferenciante, pues éste había presentado sus
experimentos muy rápidamente. Pero, tras repetir los experimentos lentamente, y
comentarlos, se dio cuenta de que, en la siguiente ocasión en que asistió a una
conferencia de ese tipo, se hallaba en franca ventaja con respecto al resto de
la audiencia. Eso la animó a escribir su obra en forma de diálogo entre la
profesora, la Sra. B. y sus dos alumnas, Emily y Caroline. Esta publicación
alcanzó tanto éxito que en sus siguientes obras mantuvo la misma forma
dialogante. En el mismo estilo publicó unas Conversations
on Natural Philosophy, que rápidamente llegó a la cuarta edición, y Conversations on Vegetable Phisiology;
Comprehending the Elements of Botany, with Their Application to Agriculture,
en dos volúmenes. Todas sus obras lograron un gran éxito de ventas e influyeron
enormemente sobre sus contemporáneos. En este sentido, la anécdota más famosa
es la del gran físico y químico inglés, M. Faraday, quien cuenta que fue la
lectura de esta obra la que le introdujo en la electroquímica y le hizo darse
cuenta de que las fuerzas eléctricas, por las que ya se sentía interesado, eran
fundamentales a la hora de regular el cambio químico.
Pero
la institucionalización de la ciencia que se produce a principios del período
que fundamentalmente nos ocupa produjo consecuencias nefastas. Las academias
científicas del xvii hunden sus
raíces en dos tradiciones: la universidad y la corte renacentista. En la medida
en que las academias entroncan con la tradición universitaria, clerical, la exclusión de la mujer queda
explicada; y también el hecho de que las academias italianas, como sus
universidades, admitieran desde muy pronto a las mujeres. Pero si pensamos en
la otra raíz, las cortes renacentistas, resulta más difícil de explicar la
exclusión de la mujer. La idea sería que la exclusión de la mujer no se hace en
aras de la calidad, sino que es el resultado o, si se prefiere, obedece a esa
condición de la institucionalización, en virtud de la cual las normas
institucionales no deben entrar en conflicto con los valores sociales. En este
caso, creo que nadie pondría en duda que los valores de la sociedad de los
siglos xvi a xviii eran política e ideológicamente
masculinos. Pienso que hay que poner eso de manifiesto, porque empieza a
difuminarse la imparcialidad y neutralidad, la búsqueda de la excelencia de las
instituciones científicas y, por ende, de la ciencia.
Tomemos
como ejemplo el sistema de academias francés. La academia que lo inicia es la Académie
Française, fundada en 1635, para la promoción de la lengua y literatura
francesas; esta institución es importante para el estudio de nuestro problema,
porque en ella son excluidas explícitamente, por primera vez, las mujeres de
las modernas instituciones eruditas. La predecesora de la Académie Française
fue la Academia de Palacio de Henry iii,
establecida en 1570 para su educación y en la que se cultivaba la filosofía, la
ciencia, la música, la poesía, la geografía, la matemática o la pintura. La
Academia se reunía dos veces por semana y acudían «los hombres más eruditos» e
incluso «algunas damas», entre las que destacan Claude-Catherine de Clermont,
la marquesa de Retz y Madame de Lignerolles, quienes discutían cuestiones
científicas y filosóficas. Entre el final de esta Academia de Palacio y la
fundación de la Academia Francesa financiada por el Estado hay tres salones
literarios considerados el origen de la Academia21: el de Valentin
Conrart, el de Marie le Jars de Gournay y el de Guillaume Colletet. Pues bien,
Marie le Jars de Gournay nunca llegó a ser miembro de la Academia. Tampoco
tuvieron suerte otras mujeres, a pesar de que fueron propuestas como miembros:
«Hace poco fueron nominadas para entrar en la Académie varias mujeres (Mademoiselle de Scudéry, Madame des Houlières, Madame Dacier y otras)», decía Gilles
Ménage en su Historia mulierum
philosopharum, «las cuales, ilustres por su inteligencia y conocimiento,
son perfectamente capaces de enriquecer nuestra lengua con obras hermosas y que
ya han producido algunas maravillosas. Mensieur Charpentier apoyó esta
propuesta con el ejemplo de las academias de Padua, en las que se admite a
mujeres eruditas. Mi tratado [...] proporcionó antiguos ejemplos de mujeres
eruditas. Sin embargo, la propuesta a la Academia no produjo resultados».
Curiosamente, ni siquiera la propia Academia puso nunca en duda el mérito literario
de esas mujeres, pues la propia institución las galardonó: Madeleine de Scudéry
ganó el primer premio de elocuencia en 1671; Madame des Houlières obtuvo
el premio de poesía en 1687. Era, pues, su sexo el impedimento, ya aunque no
estuviera explicitado en los estatutos, quedaba implícito, como se desprende de
la intervención de Jean de la Bruyère: «No he olvidado, caballeros, que uno de
los principales estatutos de este ilustre cuerpo aboga por la admisión de
quienes juzguemos más distinguidos. Por ello, no encontrarán extraño que dé mi
voto a Monsieur Darcier, aunque de
todas formas preferiría a Madame Darcier, su esposa, si ustedes
admitieran a las personas de su sexo.22
Los
problemas a los que tuvieron que enfrentarse las mujeres en la Académie Royale des Sciences
fueron semejantes. Ellas formaban parte de los círculos, salones o reuniones
científicas, en los que las mujeres tomaban parte activa. El renombrado
gramático Pierre Richelet añadió la palabra academicienne
a su diccionario en la década de 1680, explicando que significaba «persona» del
bello sexo, perteneciente a una academia de gens
de lettres, y fue acuñado con ocasión de la elección de Madame des Houlières en la Académie
Royale d'Arles. Por cierto, en la edición de 1719 los editores dejaron
intacta la observación que había hecho Richelet de que la Academia de Arles
debía enorgullecerse de su «gloriosa conducta» con respecto a la mujer, pero en
la edición de 1759 se eliminó ese párrafo.23
Algo
semejante sucedió en la Royal Society. El proceso de
institucionalización científica se vio arropado o acompañado por el ambiente de
individuos educados y cultos, no científicos, pero interesados en la ciencia
hasta el punto de hacer aportaciones o participar en las controversias. Lo que
sucedía era que, hasta su institucionalización, no había organizaciones
encargadas de conducir la investigación científica. La investigación, diferente
y opuesta a la enseñanza, era un interés privado individual, que no dependía
del puesto ocupado en determinada estructura organizativa. Si se ocupaba un
puesto en la universidad, en virtud de méritos científicos pasados, se podía
proseguir la investigación, pero no se estaba obligado a ello.24
El
carácter amateur de la investigación
era debido a que no había ninguna relación formal y continua entre la ciencia y
la economía y la política (aunque en la Académie el estado pagaba a los
académicos). Si examinamos, por ejemplo, el catálogo de fellows de la Royal Society entre 1660 y 1700, las categorías
utilizadas para describir a los fellows
son más o menos las siguientes: cortesano, ciudadano erudito de Londres. John
Ziman,25 por ejemplo, presenta una lista de 24 «filósofos naturales»
activos hacia 1770 –casi un siglo después–, así como sus intereses
«científicos» y su ocupación o medio de ganarse la vida. Sólo tres de ellos
eran profesores de la materia objeto de su interés investigador. Es decir, el
investigador científico era un amateur;
la investigación era una llamada intelectual, no una ocupación. Así, las
primeras sociedades y academias científicas incluían no sólo investigadores o
practicantes, sino sobre todo personas interesadas en los resultados de las
investigaciones científicas. Y eso siguió sucediendo hasta muy tarde. Por
ejemplo, de los 600 componentes de la Royal Academy en 1840, sólo 100
eran científicos. Y, sin embargo, se juzgaba al sexo femenino por otro rasero,
pues se impidió la entrada de mujeres como Margaret Cavendish o Caroline
Herschell por su amateurismo.26
Pero
la situación descrita no sucedió sólo en los inicios. De hecho, la Académie
des Sciences de París se negó a admitir a Marie Curie un año antes
de que le concedieran el premio Nobel,27 recordándose, además, que
tampoco se había permitido la entrada a Sophie Germain ni a George Sand en la Academie
Française.28 Pero, dicho sea de paso, ¿qué se puede esperar de
un sistema, una de cuyas instituciones se negó a reformar la intrincada
ortografía francesa, aduciendo que entonces «no se distinguiría a las meras
mujeres de los sabios que saben latín»?
La primera mujer en entrar en la Académie
des Sciences francesa, fundada en 1666, fue Yvonne Choquet-Bruhat, y lo
hizo en 1979. Dos mujeres, Marjory Stephenson y Kathleen Londsdale, fueron las
primeras en ser admitidas en la Royal Society en 1945, a pesar de que
esta institución tenía casi trescientos años de existencia. Liselotte Welskopft
se convirtió, en 1964, en la primera mujer miembro de pleno derecho de la Akademie
der Wissenschaften de Berlín: antes había habido mujeres miembros
honoríficos o correspondientes (no de pleno derecho), como Lise Meitner, en
1949. Pero, aún así, desde su creación en 1700, hasta 1964 sólo diez mujeres
habían conseguido tal «privilegio». Las primeras mujeres españolas en acceder a
las academias científicas nacionales fueron María Cascales (Real Academia de
Farmacia, en 1987) y Margarita Salas (que leyó su discurso de ingreso en la
Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales en 1988).
La
imposibilidad de acceder a las instituciones educativas y científicas a lo largo
de la historia y la escasa presencia de mujeres en la práctica científica (aún
hoy, que prácticamente ningún país, al menos occidental, admite discriminación
por razón de sexo), conduce a preguntarse por los mecanismos que lo habían
provocado y aún hoy lo provocan. Así, sociólogas/os e historiadoras/es han
llegado a diversas conclusiones. Por un lado, que las mujeres eran –son–
admitidas prácticamente como iguales hasta que una actividad se
institucionaliza y profesionaliza y que el papel de las mujeres en determinada
actividad es inversamente proporcional al prestigio que reviste. Por otro, se
han apreciado dos formas fundamentales de discriminación, la territorial y la
jerárquica. Por la primera, las mujeres quedan relegadas a disciplinas y
trabajos concretos, marcados por el sexo, como la clasificación y catalogación
en historia natural o la computación de datos en astronomía. No es que haya
mujeres concretas o individuales a las que no se les reconozca su valía, sino
que esa falta de estatus y reconocimiento se extiende a tareas o campos
completos, que están sumamente «feminizados» y a los que se les atribuye menor
valor y se los contempla como rutinarios o poco importantes, por el hecho de
ser realizados por mujeres.
Podría considerarse que, una vez
que se ha logrado la igualdad social y dadas las políticas coeducativas y de
intervención seguidas en la mayoría de los países occidentales en las dos
últimas décadas, ese problema está en vías de solución. La idea general ha sido
que, dada la imposibilidad de que las mujeres se instruyeran en ciencia, no
resultaba extraño que su número fuera escaso. La consecuencia lógica del acceso
de las mujeres en igualdad de
condiciones a los estudios sería un aumento espectacular en su
participación Sin embargo, la participación de las mujeres haciendo ciencia y
tecnología sigue siendo inferior a lo que podría esperarse, dada la masa
crítica existente.
En
virtud de la denominada discriminación jerárquica, mujeres brillantes y capaces
son mantenidas en los niveles inferiores del escalafón o topan con un «techo de
cristal», que no pueden traspasar en su profesión. Es decir, soportan formas
encubiertas de discriminación que siguen pautas muy sutiles y, en muchos casos,
inconscientes y ocultas para quienes ejercen la discriminación. En 1997, la
revista Nature publicó un estudio
efectuado por dos investigadoras suecas que mostraba por qué era el doble de
probable que un hombre consiguiera una beca posdoctoral a que la obtuviera una
mujer, demostrando que los evaluadores conferían inadvertidamente a los hombres, sólo por el hecho de serlo, una
ventaja equiparable al valor de 20 publicaciones científicas en revistas de
prestigio. El estudio provocó tal número de comentarios y protestas que tuvo un
efecto importante: se alteró la composición de los comités de evaluación de
modo que incluyera más mujeres. Finalmente, se reconoce que las mujeres están
excluidas de facto de las redes
informales de comunicación, cruciales para el desarrollo de las ideas. Por ese
y otros motivos, para conseguir incorporar y mantener a las mujeres en la
ciencia y la tecnología no basta asegurar su preparación y tener una política
de igualdad.
Los obstáculos y sesgos
en el sistema científico-tecnológico son muchos. ¿Cómo operan o funcionan y qué
efectos tienen? En algunas de las instituciones académicas, los
procedimientos de empleo o promoción se basan en prácticas anticuadas que no
promueven la igualdad y la excelencia. Se recurre a recomendaciones, redes de
amigos también denominadas old boy clubs, o a influencias personales, lo
que no son procedimientos de empleo justos y eficaces. Aunque se considera que
el sistema de evaluación por pares es objetivo y justo, se han identificado
numerosos casos de sexismo y nepotismo que muestran que no siempre funciona de
la manera adecuada. En especial la élite científica es sumamente rígida, sobre
todo en aquellos organismos encargados de las tomas de decisiones.29
Y, además, todo parece indicar que las instituciones y empresas que dan empleo
a las personas de ciencia van a la zaga de la sociedad en lo referente a la
conciliación entre vida familiar y profesional o laboral.
En
un reciente estudio sobre la discriminación por razones de género efectuado en
el Instituto de Tecnología de Massachussets, 30 las mujeres pertenecientes
al claustro facultativo se preguntaban por qué habían tardado tanto tiempo en
darse cuenta de las desigualdades existentes en esa institución. La respuesta
era que la discriminación no se manifestaba como ellas pensaban que debía
hacerlo. Eso significa que resulta difícil apreciar a primera vista la
discriminación, porque consiste en «actitudes y supuestos poderosos, aunque no
reconocidos, que operan sistemáticamente en contra de las mujeres» y porque a
veces parece que son, simplemente, circunstancias especiales.
Aunque no está de moda la discriminación y es
legalmente punible en la mayoría de los países occidentales, hay múltiples
formas de discriminación sutiles y encubiertas que, cuando se producen de
manera continuada, pueden tener gran impacto en las vidas de las mujeres.
Formas de discriminación que incluyen el sexismo benevolente,31 la
negación sistemática de que exista dicha discriminación y el resentimiento y
enfado cuando se producen quejas por la existencia de discriminaciones y cuando
se efectúan acciones que se considera que favorecen especialmente a las
mujeres.32 Incluir en condiciones de igualdad a las mujeres y
alcanzar la equidad en la ciencia y la tecnología no sólo es una cuestión de
números: la pérdida –o no admisión– del cincuenta por ciento de la humanidad
significa que nuestra visión del mundo ha sido, y es, parcial. La entrada
masiva de mujeres en la actividades científicas y tecnológicas tiene que
producir, necesariamente, efectos beneficiosos en la ciencia, en sus prácticas
y en sus instituciones.
1 Poullain de la
Barre, F.: De
l’égalité des deux sexes: Discourse physique et moral, Jean Du Puis, París,
1673; un año después publicaría De l'education des dames pour la conduite de
l'esprit dans les sciences et dans les moeurs, Jean Du Puis, 1674.
2 Kelly, J.: Women, history
and theory, University of Chicago Press, 1984.
3 Kuhn, T.S.: «Las historias de la ciencia: mundos diferentes
para públicos distintos», En: A. Lafuente y J. J. Saldaña (Eds.), Historia de las Ciencias. «Nuevas
tendencias» 5, Madrid,
CSIC, 1987.
4 Excepto Temistoclea, la
sacerdotisa de Delfos.
5 Meunier, M.: Femmes
Pythagoriciennes: Fragments et lettres de Théano,
Périctioné, Phintys, Mélissa et Myia, La
Maisnie 1980; Waithe, M. E.: A
History of women Philosopers, Dorchect: Kluwer Academic Publishers, 1987.
6 Las fuentes en las que hallamos referencias a ella son la Ilíada de
Homero; las fábulas de Higinio; las elegías de Propercio (aunque le llama
Perimede); los Idilios de Teócrito (donde le llama igual que Propercio)
y en Pauly, Wissowa y Kroll: Paulys
real-Enclycopädie der Classischen Altertumswissenschaft, J.B. Metzler,
Stuttgart, 1894-1919.
7 Las
fuentes son: Mozans, H.J.: Woman
in Science, D. Appleton and Company, 1913; las fábulas de Higinio y Pauly, Wissowa y Kroll: Paulys
real-Enclycopädie der Classischen Altertumswissenschaft, J.B. Metzler,
Stuttgart, 1894-1919. Es también sumamente interesante el artículo de Pomeroy, S.B.: «Technikai kai
mousikai: the education of women in the fourth Century and in the
Hellenistic period », American Journal of Ancient History
1977; 51-68.
8 Pérez Sedeño, E.: «Mujeres matemáticas en la
historia de la ciencia». En: Matemáticas y coeducación, Sociedad Ada
Lovelace, 1994.
9 Por ejemplo, Regimen Sanitatis Saleritanum fue la obra médica
más popular de su época (con varias ediciones). En ella hay mucha información
sobre Trótula.
10 La medicina de Trótula es una medicina preventiva y poco agresiva, en
la que pone de manifiesto su amplio conocimiento sobre los tratados
hipocráticos y de Galeno. La limpieza, una dieta equilibrada y el ejercicio
contribuirán al equilibrio de los humores y, por consiguiente, a tener una
buena salud. No obstante, si a pesar del ejercicio de esta suerte de medicina
preventiva, la enfermedad arraigaba, Trótula era partidaria de ordenar
tratamientos poco agresivos: baños, masajes, etc., y si éstos fracasaban, podía
llegar a recurrir a purgas violentas o tratamientos quirúrgicos. En sus obras
se aprecia cómo aplica en sus tratamientos las ideas hipocráticas y galénicas
sobre los humores y el pulso. Asimismo se puede apreciar su saber en cuestiones
ginecológicas, en las que expone una técnica quirúrgica, probablemente
desarrollada por ella, para reparar el perineo desgarrado en el parto y hace
especial hincapié en los cuidados que hay que prodigar después del parto a la
mujer y al recién nacido.
11
Véase, por ejemplo, Schiebingen, L.:
The Mind Has no Sex? Women in the Origins of the Modern Science, Harvard
University Press, 1989; Pérez Sedeño, E.:
«Mujer, ciencia e Ilustración», en Amorós
C. (ed.), Feminismo e Ilustración. Instituto de Investigaciones Feministas.
Madrid, 1992; Alcalá, P. y Pérez Sedeño,
E.: Las científicas, Cátedra, Madrid (en prensa).
12 Agrippa d'Aubigne, citado en King,
M. L.: Mujeres renacentistas. La búsqueda de un espacio, Alianza
1993.
13 Citado en Vigil, M.: La vida de las mujeres en los siglos xvi y xvii, Siglo XXI, Madrid, 1986.
14 La denominación usual era «filosofía natural», que incluía
prácticamente todas las ciencias, exceptuando las matemáticas y la astronomía.
Quienes se dedicaban a estas disciplinas eran «sabios» amateurs. No se
empieza a usar el término «científico» para designar al profesional hasta el
siglo xix.
15 El autor pretendía ridiculizar la
sociedad burguesa «pseudointelectual» en general, pero pronto cundió el ejemplo
y se concretó el blanco.
16 Esta mujer, que vivió entre
1636 y 1693, fue patrona de artistas, científicos y poetas; estudió
matemáticas, física y astronomía con Joseph Sauveur y Gilles Persone de
Roberval, miembros de la Académie des Sciences, e historia
natural y filosofía con Jean de La Fontaine. Aunque no publicó ninguna obra
original era muy versada en ciencias, en especial en astronomía.
17 Afortunadamente, no todos pensaban así y C. Perrault contestó a esa
sátira con su Apologie des femmes, donde defendía a Mme. de La
Sablière de esos ataques, alabando su talento y su modestia, que le hacía no
presumir de él.
18 Por ejemplo, una de sus protagonistas descubría que la lluvia provenía de las nubes y proponía al alcalde de
Londres un sistema para soplar las nubes fuera de la ciudad, de modo que
Londres pudiera estar limpia y seca.
19 Publicada de 1691 a 1697. Su editor, John Danton, publicó
posteriormente, en cuatro volúmenes, una selección de los trabajos que en ella
aparecieron, bajo el título The Atenian Oracle.
20 Rousseau, G. S.: «Los libros
científicos y sus lectores en el siglo xviii»,
en: J.
Ordóñez y A. Elena (eds.), La
ciencia y su público: perspectivas históricas. CSIC, Madrid, 1990.
21 Y aún se discute a cuál de ellos otorgó Richelieu el favor estatal. Véase Yates, F.: The
French Academies of the Sixteenth Century. Londres,
1947.
22 Les Registres de l'Académie Française, 1672-1793, París, 1895, vol. I.
23
Citado en Schiebingen, L.: The Mind Has no Sex? Women in the Origins of the
Modern Science, Harvard University Press, Boston, 1989.
24 La institucionalización de
la ciencia, por ello, también contribuyó (además de otros factores de los que
no vamos a hablar aquí) a la reforma de las universidades, hasta entonces
dependientes de la Iglesia en Inglaterra, Francia y Alemania (no así en Italia
donde, por cierto, las mujeres accedieron desde muy pronto a las cátedras, en
especial en Bolonia).
25 Ziman, J.: The
Force of Knowledge. The Scientific Dimension of
Society, Cambridge University Press, Londres, 1976.
26 A pesar de que Caroline
Herschell fue empleada por la corona inglesa.
27 En la votación Marie Curie perdió
por dos votos frente a Edouard Branly.
28 Cuando Marie Curie fue
propuesta como miembro de esta institución, se planteó la cuestión general de
si las mujeres debían ser admitidas en el sistema de academias francés. Noventa
miembros del Instituto de Francia votaron en contra de la aceptación de las
mujeres, frente a 52, algunos de los cuales pensaban, como Henri Poincaré, que
hay que reconocer los méritos se den donde se den.
29 Ziman, J.: Qué es la ciencia? Cambridge
University Press, Madrid, 2000.
30 Massachusetts Institute of Technology: A
study on the status of women faculty in science at MIT, Cambridge, MA, 1999
(disponible en http://web.mit.edu/fnl/women/women/.html).
31 Kilianski, S.E.: «Wanting it both ways:
do women approve of benevolent sexism?», Sex Roles: A Journal Research
Sep. 1998.
32 Swin, J.K. y Cohen, L.L.:
«Overt, covert and subtle sexism: A comparison between the attitude toward
women and modern sexism scales», Psychology of Women Quaterly 1997; 21:
103-118.
Eulalia Pérez Sedeño
Catedrática de Lógica y Filosofía de la
Ciencia. Profesora e investigadora en la Universidad de Barcelona, en la
Universidad Complutense de Madrid, en la de Cambridge (Reino Unido) y en la de
California en Berkeley, entre otras. Ha publicado y editado diversos libros y
artículos, el más reciente (todavía en prensa) es La ciencia y la tecnología desde la perspectiva de género: aspectos
socioinstitucionales en Iberoamérica. Ciencia e ideología en las tecnologías
reproductivas (Madrid, Alianza Ed., en prensa). En el año 2002 ha recibido
el IX Premio de Divulgación Feminista Carmen de Burgos, por el artículo «La
invisibilidad y el techo de cristal», publicado en 2001 en la revista Meridiam.