La cultura de la técnica

 

Technology culture

 

Guillermo Lusa Monforte

 

¿Pero cómo va a «culturizar» el técnico a la sociedad si él mismo –el ingeniero, el arquitecto– es un «bárbaro especializado»? La historia de la técnica pone de manifiesto la relación, hoy un tanto olvidada, entre las actividades de carácter técnico y los demás aspectos de la vida humana. El autor propone desde la especialización «humanizar» la tecnología como elemento indispensable para avanzar en una sociedad atomizada.

 

But how will technicians «educate» society if they –engineers, architects– are «specialized/skilled /rough barbarians»? History of technology shows the relationship, nowadays quite forgotten, between technical activities and other aspects of human life. The author suggests from the specialization to «humanize» technology as an essential element to progress in an atomised society.

 

 

Conocer y comprender la tecnología

 

Las técnicas utilizadas por el hombre para resolver su vida material (sobrevivir, alimentarse, cobijarse, vestirse...) constituyen una parte esencial del patrimonio de la especie, desde la época de la hominización. Sin embargo, tan sólo hoy día es cuando parece evidente que el impacto de la tecnología sobre la sociedad es una de las características más significativas de los tiempos en que vivimos. Este impacto es masivo y controvertido en las sociedades capitalistas más desarrolladas, y tiene unas connotaciones contradictorias en los países en vías de desarrollo.

La tecnología aparece hoy en un primer plano, como centro de unos debates en los que muchas veces se discute acerca de las técnicas, cuando lo que habría que hacer es discutir acerca de políticas. La tecnología no es una variable independiente que determina a todas las demás, sino que en cada problema suelen existir diversas soluciones técnicas, entre las cuales hay que optar a la luz de cuestiones económicas, sociales, culturales o ideológicas.

En la historia, la cultura de la técnica ha impregnado todos los aspectos de la vida humana, pero ha estado intelectualmente subordinada a la cultura humanístico-literaria o a la cultura científica, en un movimiento por inercia cuyo impulso original procede (por lo menos) de la Metafísica de Aristóteles. En los albores del siglo xxi, la situación es bien distinta, aunque, por otros motivos, insatisfactoria.

La tecnología ha penetrado con fuerza en todos los niveles del sistema educativo obligatorio, y en particular en el universitario, donde la demanda de estudios técnicos se mantiene en alza, pese a la caída de la natalidad, lo cual refleja la percepción social de que las profesiones técnicas tienen un lugar respetable en el mercado de trabajo.

Pero esta misma sociedad, que orienta a sus hijos hacia las profesiones técnicas y que utiliza masivamente artefactos y procesos cada vez más complejos, adopta mayoritariamente, en relación con la técnica, una actitud distante y recelosa, cuando no de temor. El ciudadano que usa pero no comprende la tecnología abdica muchas veces de sus responsabilidades, delegando en el «experto» o en el «tecnócrata» la capacidad de decisión en aquellos asuntos de fuerte contenido tecnológico, que en la actualidad son prácticamente todos.

La universidad –y en particular, la universidad politécnica– que contribuye al progreso de nuestra sociedad proporcionándole conocimientos, procedimientos y personas técnicamente competentes, está moralmente obligada a hacer algo más: en primer lugar, a hacer asequible al ciudadano medio los conocimientos técnicos necesarios para que pueda intervenir con conocimiento de causa en aquellos asuntos en los que media alguna cuestión de carácter tecnológico [control democrático de la tecnología]. En segundo lugar, a poner de manifiesto la dimensión cultural de la tecnología, sus ideales y sus valores, así como los peligros que comporta su desarrollo desligado de los intereses sociales y humanos de la mayoría.

 

Unidimensionalidad de la formación tecnológica

 

¿Pero cómo va a «culturizar» el técnico a la sociedad si él mismo –el ingeniero, el arquitecto– es un «bárbaro especializado»? No puede pensarse en transmitir a la sociedad los conocimientos y los valores propios de la cultura de la técnica, si el propio especialista en tecnología carece de esa necesaria visión integrada de las implicaciones culturales de la técnica.

El incremento exponencial del conocimiento técnico-científico ha dado lugar a que las carreras técnicas sean excesivamente largas y que los planes de estudio estén muy sobrecargados. Los estudiantes disponen de muy pocos momentos para reflexionar globalmente, y se ven por ello prácticamente obligados a atiborrarse de conocimientos y técnicas concretas, que muy pronto deben olvidar para dejar hueco a los siguientes. Esto imprime a sus estudios –y, por tanto, a su vida académica– una cierta aridez, una marcada unidimensionalidad y, en definitiva, un «déficit de humanidad».

Sin embargo, la historia de la técnica pone de manifiesto las influencias recíprocas que siempre han tenido lugar entre las actividades de carácter técnico y los demás aspectos de la vida humana (sociales, económicos, políticos, ideológicos, culturales...). Es evidente que en nuestra época esas influencias son más fuertes que nunca. Por ello, la educación de los futuros técnicos no puede limitarse estrictamente a las asignaturas científicas y tecnológicas, sino que debe comprender otros aspectos que le permitan adquirir una formación equilibrada y pluridisciplinaria. Como se dijo hace algunos años en un simposio organizado por la UNESCO, dedicado monográficamente a la formación integral de los ingenieros, «el ingeniero de hoy y de mañana tiene una influencia tan omnipresente sobre el bienestar del hombre, e incluso de su supervivencia y sobre la viabilidad propiamente dicha de nuestro planeta, que los elementos culturales y sociales deben estar en la base de su juicio profesional, al lado de los elementos tradicionales como la física y las matemáticas».

Pero los extensos programas de las asignaturas científico-técnicas y las excesivamente largas jornadas de clase hacen muy difícil que este déficit cultural sea enjugado individualmente fuera de nuestras aulas por el agobiado estudiante, deseoso de evasión y no de obligaciones y de estudios suplementarios. Así que es obligado traer al interior de los planes de estudio esos elementos formativos, esos gérmenes de inquietud intelectual que deben estimular a nuestros estudiantes a abrir otras ventanas, a ampliar su perspectiva cultural y completar equilibradamente su educación profesional.

Las dificultades aparecen a la hora de elegir adecuadamente estos catalizadores culturales, esas materias no estrictamente tecnológicas que deben incluirse en los planes de estudio. Una primera tentación consiste en intentar compensar ese déficit en humanidades mediante la importación de algunas materias que se imparten en las facultades universitarias: lengua, literatura, historia, economía, derecho..., es decir, materias relativamente distantes de las propias de la carrera. Esta línea de superación no ha dado resultados completos, pues los estudiantes no han aceptado del todo estas asignaturas, que han quedado así reducidas a una inyección artificial de materias vistas como muy diferentes de las propias.

No podía ser de otro modo, en el estado actual en que se encuentra el progreso del conocimiento. La especialización de los saberes es un proceso necesario e irreversible, que ha llevado a las ciencias, a las técnicas y a las artes al elevado nivel en que hoy se encuentran. La integración cultural no podrá hacerse ignorando o combatiendo esa especialización, sino, por el contrario, tomándola como dato ineluctable e incluso como punto de partida de ese proceso de expansión intelectual: desde la especialización, y no contra ella. Los estudios del especialista (en este caso, del futuro ingeniero o arquitecto) deben ser el núcleo alrededor del cual se agrupen otros estudios relacionados con ellos, logrando de este modo captar a la tecnología en su totalidad. Sólo así podrá trascenderse la unidimensionalidad del saber especializado: tomándolo como punto de partida de la recomposición cultural.

Uno de los campos que, a nuestro juicio, mejor se presta a hacer de núcleo aglutinador de conocimientos interdisciplinarios, y el más adecuado para una universidad politécnica, es la historia de la ciencia y de la técnica. Nada más natural que el futuro tecnólogo conozca la historia de sus disciplinas específicas, y nada más fecundo para los fines deseados que la aprehensión de unos conocimientos en los que confluyen la ciencia, la técnica, la sociedad, la cultura, las ideas, etc.

 

Un proyecto para la integración cultural y para la extensión de la cultura de la técnica: la Cátedra UNESCO de Técnica y Cultura Pere Duran Farell de la UPC

 

Se imponen, por lo tanto, a nuestra universidad dos tareas necesarias para anudar culturalmente los centros de generación de pensamiento y praxis tecnológicos con la sociedad en los que están insertos: la formación integral de los técnicos y la transmisión a la sociedad de la cultura de la técnica.

El reto se atreve a asumirlo –a pesar de la modestia de las fuerzas con las que actualmente cuenta– la Cátedra UNESCO de Técnica y Cultura Pere Duran Farell de la UPC, que fue creada con los siguientes objetivos:

 

a) Estimular la reflexión y el debate, en el seno de la comunidad universitaria, en torno al impacto de la técnica en la cultura, en la vida cotidiana y en las ideas de nuestro tiempo (y recíprocamente).

b) Intercambiar los principales y más valiosos resultados de estas reflexiones con personas e instituciones de otros lugares y países, que estén animadas de inquietudes y propósitos análogos.

c) Contribuir a la formación integral de los/las estudiantes, mediante cursos, asignaturas y material bibliográfico especializado, aportando conocimientos y puntos de vista pluridisciplinarios, que permitan así captar a la tecnología en toda su complejidad y totalidad.

d) Extender la «cultura de la técnica» a amplias capas de nuestra sociedad, y en particular a aquellas personas que no han tenido en su momento la oportunidad de formarse en la universidad.

Por razones de espacio y de oportunidad voy a limitarme a tratar exclusivamente del último apartado: el que corresponde a la función de extensión universitaria.

 

Un programa de extensión universitaria: «La formación técnica del ciudadano concienciado»

 

La extensión universitaria, que fue incorporada como una de las funciones de nuestra institución a finales del siglo xix, debe ser abordada –a comienzos del siglo xxi– de modo bien distinto de como lo fue en épocas anteriores. Hoy día la educación del individuo tiene lugar durante toda su vida, mediante estímulos de muy diversa procedencia, que van desde la propia formación reglada en la etapa escolar hasta los emitidos, de varias formas, por las cadenas de televisión, pasando –por supuesto– por Internet.

A pesar de esta diversidad y de esta competencia de proveedores de formación y de información, creemos que la universidad tiene y tendrá un importante espacio para ejercer esta función de extensión. De hecho, en bastantes universidades existen ya programas de extensión que funcionan desde hace tiempo con un éxito notable, tanto en asistencia de público como en el nivel de calidad de los cursos impartidos. Por la complejidad y dificultad de sus enseñanzas, las universidades politécnicas se han mostrado menos propicias a estas actividades de extensión, aunque existen algunas experiencias positivas en algunos centros de la UPC situados fuera de Barcelona.

El profesorado de las universidades politécnicas posee una privilegiada visión panorámica tanto del nivel de formación de los profesionales que trabajan en el sistema productivo del país como de las potenciales innovaciones tecnológicas susceptibles de materialización en un período más o menos próximo. Además, la libertad intelectual de la que disfruta y la ausencia de presiones inmediatistas garantizadas por su pertenencia a la universidad le otorgan ante la ciudadanía una credibilidad y un respeto inusuales.

Como hemos dicho al principio, creemos que la Universidad puede y debe hacer asequible al ciudadano común sensibilizado por los problemas de interés general en los que intervienen aspectos de carácter técnico la formación necesaria para intervenir en ellos con conocimiento de causa. Sólo así se posibilita un control democrático de la tecnología y se evita el secuestro de la capacidad de decisión por parte de los políticos profesionales y de sus «expertos» o «tecnócratas».

El destinatario de esta tarea formativa sería la ciudadanía en su conjunto, sin limitaciones, aunque pensamos que deberían tener interés preferente las personas que forman parte de los sindicatos, las asociaciones de vecinos, las asociaciones de jubilados, ONG de diverso tipo, etc.

¿Cómo realizar esta tarea de extensión universitaria? Aunque las actuales tecnologías de la información y de la comunicación facilitan extraordinariamente los mecanismos de difusión del material didáctico (textos, ilustraciones, vídeos, etc.) e incluso de la realización de prácticas a distancia, estamos firmemente convencidos de que nada sustituye al contacto personal entre profesores y alumnos, y más en el caso que nos ocupa, en el que además de transmitir unos conocimientos técnicos se trata de debatir conjuntamente acerca del impacto de esas realizaciones técnicas sobre la sociedad, sobre la cultura, sobre las ideas...

El procedimiento que la Cátedra de Técnica y Cultura va a poner en marcha durante el próximo curso para impulsar estas actividades en Barcelona consistirá en sembrar primero la sana inquietud intelectual mediante ciclos de conferencias acerca de cuestiones que están en un primer plano de la actualidad informativa, y que por su índole preocupan especialmente a la ciudadanía: efectos de las radiaciones electromagnéticas, problemas del transporte marítimo de los hidrocarburos, consecuencias a corto y medio plazo de los trasvases hidráulicos, impacto de las biotecnologías, la tecnología y la guerra, contaminación química y acústica, tráfico y ciudad, etc. Estas conferencias se pronunciarán en las escuelas y facultades universitarias, pero también en otras instituciones culturales o asociativas de Barcelona en las que ya existe tradición y público habituado a participar en experiencias análogas.

Es muy probable que durante el transcurso de estas conferencias y primeros debates se ponga de manifiesto la complejidad científico-técnica de las cuestiones involucradas, y por tanto se vea como necesaria una profundización más sosegada en el campo de las materias técnicas básicas (mecánica, electricidad, energía, nuevos materiales, etc.). Se abrirá así de modo natural una segunda fase, la propiamente de extensión, que se desarrollará ya en el seno de la propia universidad politécnica, que se vería así enriquecida con la presencia en sus aulas y laboratorios de un sector de la población, que por su experiencia, sensibilidad y conocimiento de la vida, tiene a su vez bastantes cosas que enseñar al profesorado universitario.

 

Cultura, Machado, la Escuela Popular de Sabiduría Superior y el principio de Carnot

 

Antonio Machado, en un escrito titulado «Los milicianos de 1936», que forma parte del libro La guerra, publicado en 1937, evoca una propuesta efectuada por su alter ego Juan de Mairena, la de crear una Escuela Popular de Sabiduría Superior, que difundiría la cultura entre el pueblo. Pero esta Escuela tendría frente a sí a muchos enemigos: todos aquellos para quienes la cultura es no sólo un instrumento de poder sobre las cosas sino también, y muy especialmente, de dominio sobre los hombres. La cultura vista desde fuera, desde la ignorancia o la pedantería, como la ven quienes nunca contribuyeron a crearla –prosigue Mairena/Machado–, puede aparecer como un tesoro cuya posesión y custodia sean el privilegio de unos pocos. Así, el ansia de cultura que siente el pueblo se ve como la amenaza a un sagrado depósito. La difusión de la cultura sería, para los que así piensan (si es que esto es pensar, apostilla socarronamente Machado), un despilfarro o dilapidación de la cultura realmente lamentable. Pero Machado –y nosotros con él– no piensa en el caudal o depósito de la cultura como en fondos o existencias que puedan acapararse, por un lado, o repartirse a voleo, por otro, y mucho menos en algo que pueda ser entrado a saco por las turbas. Defender y difundir la cultura es una misma cosa: aumentar en el mundo el humano tesoro de la conciencia vigilante.

Sólo habría una razón de peso contra la difusión de la cultura si averiguásemos que el principio de Carnot también es válido para esta clase de energía espiritual, es decir, si la difusión de la cultura implicase una degradación de la misma. Por el contrario –sostiene Machado–, nosotros somos firmemente partidarios de la tesis contraria, que afirma la constante reversibilidad de la energía intelectual que produce la cultura. Para nosotros –concluye– la cultura no proviene de energía que se degrada al propagarse, ni es caudal que se aminore al repartirse: sólo se pierde lo que se guarda, sólo se gana lo que se da.

En este espíritu machadiano queremos inscribir nuestro proyecto. Deséennos suerte.

 

 

 

Guillermo Lusa Monforte

 

Doctor ingeniero industrial y profesor titular del Departamento de Matemática Aplicada I de la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC). Ha sido promotor, organizador y responsable de la puesta en marcha de las enseñanzas de Historia de la Ciencia y de la Técnica en la Escuela Técnica Superior de Ingeniería Industrial de Barcelona (ETSEIB) impulsando la catalogación de su fondo histórico y creando un fondo monográfico especializado en Historia de la Ciencia y de la Técnica. Es miembro fundador de la Sociedad Española de las Ciencias (1978) y de la Sociedad Catalana de Historia de la Ciencia y de la Técnica (1991). Actualmente dirige la revista Quaderns d’Història de l’Enginyeria y es el responsable de la Cátedra UNESCO de Técnica y Cultura Pere Duran Farell de la UPC.

 

guillermo.lusa@upc.es