Science
and cinema
¿Qué imagen da el cine de la ciencia y la tecnología? ¿Sirve
este género como medio eficaz de divulgación de conocimiento? Salvo honrosas
excepciones, el cine está lejos de mostrar una ciencia acorde con la realidad.
La imagen del científico que llega a través de las películas, los supuestos
teóricos, los laboratorios e ingenios corresponden a un amplio abanico de
estereotipos alejados de lo cotidiano. ¿Es necesario que el rigor esté reñido
con el entretenimiento?
Which is the vision of Science and Technology
provided by the movies? Does this genre act as an efficient vehicle for
knowledge popularization? Excepting some instances, the cinema is far from
showing a vision of science in agreement with reality. The image of scientists
that come from the movies, the assumptions, the lab equipments and the engines
correspond to a wide range of stereotypes far from the daily facts. Does rigor
necessarily have to be incompatible with entertainment?
«De los seiscientos mil millones de habitantes de este planeta,
han tenido que escogerme precisamente a mí.»
Harry S. Stamper (Bruce Willis) en Armageddon (1998)
La imagen popular de la
ciencia, de los científicos y del entorno donde realizan su actividad
(laboratorios) se nutre de los mitos creados por la ficción, reflejo, a su vez,
de las prevenciones y recelos que la actividad científica suscita (Skal, 1998;
José, 2000). No debe extrañar, la existencia de una serie de clichés
establecidos a los que guionistas y escritores poco escrupulosos recurren
cuando desean incluir en sus creaciones científicos y laboratorios.
La percepción por parte de
la sociedad de la figura del científico y de su actividad debe más a los
míticos Frankenstein, Moreau o Jekyll y a los actores que los han encarnado en
el cine (Clive, Laughton o Barrymore) que a los reales. Unos arquetipos que han
permanecido prácticamente invariables y que muy poco, o nada, tienen que ver ya
con la actividad científica real. Aunque los grupos de investigadores, que
desarrollan su actividad en instalaciones específicas, han desplazado esa
imagen del científico solitario que trabaja en el laboratorio del sótano de su
casa, es ésta última representación la que sigue perviviendo en el imaginario
popular.
Las encuestas realizadas
acerca de cómo son vistos los científicos por diferentes colectivos (Meads,
1957; Hills, 1975), arrojan las mismas conclusiones. Los científicos serían:
- exclusivamente hombres,
- maduros o mayores,
- calvos o con cabellos a lo Einstein,
- trabajan aislados en laboratorios apartados, en temas secretos o
peligrosos.
Unos rasgos que apenas han
variado un ápice la visión que se tenía en el siglo XVII, cuando, de la mano de
Galileo y Newton, nace la ciencia moderna. A pesar del tiempo transcurrido, los
resultados de las encuestas citadas y la acerada sátira de Swift (véase la
descripción de este colectivo, «siempre en las nubes», habitante de la isla
volante de Laputa, en los Viajes de
Gulliver, 1726), parecen seguir vigentes en el imaginario popular. Cuando
no está loco, que es lo más habitual, el científico es despistado, torpe,
olvidadizo y, algunas veces, las menos, hasta simpático... Así es como la
ficción nos lo presenta.
Del
alquimista al idealista: seis estereotipos
En un estudio sobre la
evolución de las representaciones del científico (desde el alquimista medieval,
hasta el informático o el biogenetista moderno) en la literatura y
cinematografía occidentales, Haynes (1995) ha propuesto una clasificación en
seis estereotipos:
·
El alquimista:
–
Científico maníaco y obsesivo.
–
Persigue un objetivo intelectual que entraña
aspectos diabólicos.
–
Reencarnación
reciente: bioquímico siniestro que produce nuevas especies mediante ingeniería
genética.
Ejemplos:5
–
Fausto (1805), de Goethe; Fausto (1926, F. W. Murnau); Dr. Herbert West (Jeffrey Combs): Reanimator
(1985, S. Gordon).
·
El sabio despistado:
-
No toca de pies en el suelo.
-
Ignorante de sus responsabilidades sociales.
-
Más cómico que siniestro.
Ejemplos:
–
Dr. Phil Brainard (Fred MacMurray, Robin Williams): Un sabio en las nubes (1961, R. Stevenson); Flubber y el
profesor chiflado (1997, L. Mayfield).
–
Dr.
Julius Kelp (Jerry Lewis): El profesor
chiflado (1963, J. Lewis).
–
Prof.
Arquímedes Monteagudo (Carlos M. Baena): El
supersabio (1948, M. M. Delgado): una de Cantinflas.
·
El científico romántico:
-
Reniega de cualquier relación y sentimientos
humanos en pro de la ciencia.
-
Figura ambivalente: considerado inhumano por
su deficiencia emocional pero objeto de admiración por su dedicación a la
ciencia y de lástima por el precio que paga para conseguir sus objetivos.
-
El estereotipo que más ha perdurado.
Ejemplos:
-
Víctor Frankenstein: Frankenstein o el moderno Prometeo (1818), de M. Shelley; (Colin
Clive, Kenneth Branagh): El Doctor
Frankenstein (1931), Frankenstein de
Mary Shelley (1994).
-
Dr. Moreau: La isla del doctor
Moreau
(1896), de H. G. Wells; (Charles Laughton, Burt
Lancaster, Marlon Brando): La isla de las
almas perdidas (1933, E. C. Kenton), La
isla del doctor Moreau (1977, D. Taylor; 1996, J. Frankenheimer).
-
Jack
Griffin: El hombre invisible (1897),
de H. G. Wells; (Claude Rains): El hombre invisible (1933, J. Whale); Dr.
Sebastian Caine (Kevin Bacon): El hombre
sin sombra (2000, P. Verhoeven).
-
Dr. James Xavier (Ray Milland): El hombre con rayos X en los ojos (1963, R. Corman).
·
El aventurero heroico:
-
Explorador
de nuevos territorios físicos o intelectuales.
-
Carismático,
excéntrico e irascible.
-
Típico
de períodos de optimismo y confianza en la ciencia.
Ejemplos:
-
Personajes de Verne: Oliver Lindenbrook (James Mason) (Viaje al centro de la Tierra, 1864, novela;
filme, 1959, H. Levin); Pierre Aronnax (Paul Lukas) (20.000 leguas de viaje submarino, 1870; filme, 1954, R. Fleischer)
y de A.C. Doyle: Prof. Challenger (Wallace Beery) (El mundo perdido, 1912; filme, 1925, H. Hoyt).
-
Viajero del tiempo: La máquina
del tiempo (1895), de H.G. Wells; (Rod
Taylor): El tiempo en sus manos
(1960, G. Pal).
-
Dr. Quatermass (Brian Donlevy): El experimento del Dr. Quatermass (1955,
V. Guest).
-
Dr. Who (William Hartnell): Doctor Who (1963-1989, serie TV, S.
Newman).
·
El científico desvalido:
-
Ha perdido el control sobre sus creaciones o descubrimientos.
-
Irresponsable.
-
Causante de problemas (medioambientales, etc.).
Ejemplos:
-
Dr.
Henry Jekyll: El extraño caso del Dr.
Jekyll y Mr. Hyde (1886), de R. L. Stevenson; (John Barrymore, Spencer
Tracy, John Malkovich): El extraño caso
del Dr. Jekyll (1920, J. S. Robertson; 1941, V. Flemming), Mary Reilly (1996, S. Fears).
·
El científico idealista:
-
Bueno por naturaleza.
-
Antepone valores éticos y humanos al progreso tecnológico desbocado,
aunque, a veces, sus ideales le llevan a actuar contra sus semejantes.6
Ejemplos:
-
Dr. Alexander Thorkel (Albert Dekker): Dr. Cyclops (1940, E.B. Schoedsack).
-
Dr. Edward Morbius (Walter Pidgeon): Planeta prohibido (1956, F.M. Wilcox).
-
Lowell Freeman (Bruce Dern): Naves
misteriosas (1972).
Como señala esta autora, la
mayoría de estos estereotipos representan características negativas de los
científicos, como colectivo, y, por extensión, de la propia ciencia. Un reflejo
de la actitud ambigua amor-odio hacia la misma. Por un lado, la sociedad
moderna depende de la tecnociencia (sus logros y avances son, a menudo,
ensalzados). Pero, por otro, afloran, a menudo también, los miedos ancestrales
ante el progreso («algunas cosas deben permanecer ocultas o lejos del alcance
del hombre»).
Es curioso
constar que el personaje del científico loco (mad scientist) aparece en más filmes de terror que otros personajes
característicos como zombis, hombres-lobo o momias juntos (Tudor,
1989). Además de su presencia como elemento perturbador o generador de
problemas, su habilidad para afrontar y resolver los mismos parece ir de mal en
peor. Un repaso a las apariciones más emblemáticas de científicos en la escena
cinematográfica avala esta afirmación y dan por buena la frase del crítico
cinematográfico J. Palacios: «El único doctor bueno es
el doctor loco. Al menos en el cine» (García, 1997).
Durante la
década de 1950 (época dorada de las películas de ciencia ficción donde la
profusión de científicos es notable) y parte de la década de 1960, la ciencia
ha perdido ya su inocencia (las bombas atómicas marcan un cambio de actitud
hacia la ciencia). La ciencia es peligrosa, pero en última instancia el
científico aparece como salvador de la humanidad. Éste, en su afán por saber,
puede llegar a crear monstruos, sustancias peligrosas o artilugios diabólicos
pero su ayuda resulta decisiva para conjurar la amenaza. En el filme La humanidad en peligro (1954, G.
Douglas), las pruebas nucleares han producido una especie de hormigas gigantes.
La habilidad de los científicos (un anciano profesor –Dr. Harold Medford– y su
hija bióloga) permitirá acabar finalmente con el peligro.
En cambio,
desde hace algunos años, se vive una devaluación del papel del científico como
experto. La ciencia parece no sólo incapaz de resolver los problemas sino que,
a menudo, se convierte en un obstáculo. Aparece tan devaluada como el
escepticismo En filmes sobre fenómenos paranormales siempre surge algún
científico o mente racional que duda de estos fenómenos. Y pone el peligro a
los protagonistas que acaban rechazando este punto de vista. Por ejemplo, en El ente (1981), el psiquiatra que trata
a la protagonista acosada por las «visitas» de una extraña «entidad», se niega a aceptar la evidencia de las
fuerzas sobrenaturales. La protagonista sufre pero aquel se muestra
intransigente. Hasta que un grupo de parapsicólogos llega a tiempo. Conclusión:
el científico y la ciencia resultan del todo ineficaces y los pseudocientíficos
son quienes acaban con las amenazas, sean sobrenaturales o de otro tipo.
La
popular serie de TV Expediente X
(1992-…, Ch. Carter) ahonda también en esta idea y hace un flaco favor para
mejorar la percepción por parte del público de la ciencia. Con una puesta en
escena brillante y un estilo documental, que refuerza el supuesto origen real
de los casos narrados, presenta un mundo donde los acontecimientos fantásticos
(abducciones, telepatía, etc.) son reales y son ocultados por los gobiernos a
la mayoría de la población. La serie bordea los límites de lo que la ciencia
conoce en campos como la biología pero se salta olímpicamente la máxima de que
la falta de una explicación científica no significa que no exista una
explicación. El terreno está abonado para la irrupción de la pseudociencia: lo
paranormal se convierte en real.
Frente
a la protagonista, la detective del FBI Dana Scully, representante de la
ciencia oficial (mentalidad cerrada, poco dada a variar su opinión una vez
formada) se alza su compañero Fox Mulder. Es el creyente oficial, abierto
siempre a la posibilidad de que las fuerzas paranormales expliquen los
fenómenos investigados. A pesar de emplear una metodología de investigación
rigurosa, el caso, una vez resuelto, deja invariablemente un resquicio abierto
por donde la explicación racional se diluye.
El grado de sofisticación o complejidad es proporcional al
número de botones, luces, rayos, etc. y tamaño del dispositivo en cuestión.
¿No
se han enterado los guionistas de la miniaturización, de la reducción del
consumo energético, etc.?
Así,
la tecnociencia es continuamente vapuleada. Los errores de bulto son moneda
corriente, incluso en los filmes actuales. Batallas siderales adornadas con
explosiones (el sonido no se transmite en el espacio), manejo de naves
espaciales como vehículos terrestres, armas láser visibles (la radiación láser
es invisible), gravedad siempre igual a la terrestre (incluso en una nave),
ordenadores enormes, choques, carreras y giros inverosímiles (que se saltan a
la torera las leyes de la física más elemental), comunicaciones interestelares
instantáneas (las ondas electromagnéticas se desplazan a una velocidad
formidable, la de la luz, pero finita), etc. Incluso, en afamadas sagas como Star Wars pese a la omnipresencia de la
tecnología más avanzada, se recurre, en los casos límite, ... ¡a la fuerza! ¿Habrá que definir una nueva
unidad de medida, el número de errores
científicos por segundo, para valorar la calidad de un filme?
Manuel Moreno
Profesor del Departamento de Física e
Ingeniería Nuclear de la Universidad Politécnica de Cataluña. Se doctoró en ciencias
físicas por la Universidad de Barcelona. Ha sido subdirector de planes de
estudios de la Escuela Universitaria Politécnica de Vilanova i la Geltrú,
centro al cual se halla adscrito actualmente. Desarrolla su actividad
investigadora en el campo de la astronomía, en concreto en aspectos de la
cinemática estelar y la estructura de la Galaxia. Ha participado en la misión
del satélite Hipparcos de la Agencia Espacial Europea. Está integrado en el
grupo Sistemas de Adquisición Remota y Tratamiento de la Información (SARTI),
unidad asociada UPC-CSIC. Es miembro numerario de la Sociedad Española de
Astronomía y de la Societat Catalana de Física, así como del seminario
Tecnociencia, literatura y arte del Instituto de Tecnoética (Centro de estudios
sobre Tecnología y Humanismo, Fundación Epson). Es autor de más de 60 trabajos
de investigación publicados en diferentes revistas especializadas y actas de
congresos.
Notas
1 Entre paréntesis, se indica año de
estreno y director del filme.
3 Capítulo aparte merece el
tratamiento cinematográfico de la electrobiología que culmina con la adaptación
(bastante «libre») del clásico de M. Shelley (1818) El doctor Frankenstein (1931, J. Whale). La versión Frankenstein de Mary Shelley (1994, K.
Branagh) resulta mucho más fiel a la novela mostrando la ciencia como aventura
del pensamiento. Para un estudio en
profundidad de la relación entre el mito de Frankenstein y la electrobiología
puede consultarse Font-Agustí (2002).
4 Este apartado es parte del texto
de la comunicación presentada en el II Congreso Internacional sobre
Comunicación Social de la Ciencia (2001).
5 Los ejemplos de científicos
de la ficción, protagonistas o que tienen un lugar destacado en novelas y
filmes, tienen sólo carácter ilustrativo. Estos personajes no pueden
adscribirse, por lo general, a una sola de las categorías listadas sino que
participan, según la profundidad con que se ha tratado el personaje en la obra
de ficción, de las características y rasgos de otras. Entre paréntesis, el
actor que encarna al científico.
6 En esta categoría cabría
también incluir a los científicos megalómanos, empeñados en adueñarse del mundo
e implantar su «utopía». Sería el caso, entre muchos otros, del Dr. Mabuse
(Rudolf Klein-Rogge) (El doctor Mabuse,
1922, F. Lang); Robur (Vicent Price) (Robur
el conquistador, 1886, de Verne; El
amo del mundo, 1961, W. Witney) o el impagable Dr. Strangelove (Peter
Sellers) (¿Teléfono rojo? Volamos hacia
Moscú, 1963, S. Kubrick), un científico ex nazi empeñado en construir un
mundo utópico... ¡a golpe de holocausto nuclear!
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