LA VITRINA (ARTÍCULO ESTRELLA)
Reflexión en siete historias
Jorge Wagensberg
LOS CENTROS DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA EN ESPAÑA
Panorama a finales del siglo XX
Ramón Núñez
MUSEOS E INTERNET: ESTRATEGIAS DE COMUNICACIÓN
Ramon Sangüesa
ENTRE EL CRECIMIENTO DE LA ESPECIALIZACIÓN Y DE LA COMUNIDAD: EL PROYECTO HISTÓRICO DE LA COMUNICACIÓN PÚBLICA DE LA CIENCIA Y LA TECNOLOGÍA (EL CASO DE EUROPA)
Pierre-Marie Fayard
BETWEEN GROWING SPECIALIZATION AND COMMUNITY: THE HISTORICAL PROJECT OF PUBLIC COMMUNICATION OF SCIENCE & TECHNOLOGY (THE CASE OF EUROPE)
Pierre-Marie Fayard
LA MEDICINA Y LA CIENCIA: ¿COARTADA O LEGITIMIDAD?
Andreu Segura

 

 

 

 

 

 

 

LA VITRINA

Reflexión en siete historias

Jorge Wagensberg

En sus orígenes, los museos de ciencias, como todos los demás, se limitaban a exponer objetos en vitrinas. Luego las vitrinas se abrieron y, con esta apertura, los visitantes comenzaron a oír, oler, tocar y degustar la ciencia.

De la mano de siete historias distintas, el autor nos introduce en un universo de matices que han acompañado a este cambio de fórmula en el concepto «museo».

Una idea llamada vitrina

El vidrio es sólido, rígido y sin embargo transparente. A su través, pasa la luz, pero no la materia, una propiedad con trascendentes consecuencias físicas y filosóficas. En efecto, el vidrio cierra la percepción humana hasta uno solo de los cinco sentidos: sin partículas que puedan viajar entre las cosas y las mucosas, no hay olfato ni gusto; sin contacto no hay tacto; y con las vibraciones amortiguadas, hasta el oído se acaba rindiendo. Ni oler, ni tocar, ni paladear, ni oír... sólo mirar. Sólo mirar. De ahí el renombre del vidrio y de una de sus máximas aplicaciones: la vitrina. La vitrina protege el mundo del objeto del mundo del observador. Y viceversa. Casi todo se puede exponer a la vista de los ciudadanos, por el módico precio de sacrificar cuatro de los cinco sentidos. Ya no hay excusa, por muy frágil, valioso o peligroso que sea el objeto. Muchos museos son aún hoy, en esencia, un universo de vitrinas etiquetadas. Pero la verdad es que, tras muchos siglos de vitrinas, algunos se han preguntado: ¿mirar?¿por qué sólo mirar? ¿Puede concebirse también una revolución de la vitrina? Nada impide ensayar pequeñas violaciones del concepto vitrina. Por ejemplo, siempre podemos inventar alguna picardía para que una mano o un dedo entre en una zona tolerada del espacio prohibido o para que ciertos olores o sonidos maticen el contacto entre el objeto y el sensorium. Pero, para muchos, esto es como adaptar un motor de gasolina a una carroza. Mejor inventar otra cosa, un automóvil, por ejemplo. Centremos primero nuestra atención en evaluar la limitación que supone «sólo mirar».

Lo que nos perdemos por sólo mirar

La percepción empieza en el mundo físico de la luz y de las partículas, entra por el mundo fisiológico de la piel y demás órganos sensoriales, se procesa en el mundo cerebral y culmina en una emoción psicológica. De modo que una emoción es una compleja combinación de las diversas entradas sensoriales. Intentemos un sencillo cálculo:

Hay diez emociones que combinan dos de los cinco sentidos. El humo es un objeto olfatovisual, con frecuencia insaboreable, que se escapa silenciosamente entre los dedos. La televisión es audiovisual, inútil olisquearla, lamerla o acariciarla. Hay besos delicados que no llegan a salirse del plano tactolfativo. El sonido del violín es la proeza tactosonora del violinista. La seda es una experiencia tactovisual. Y así cinco más...

Las emociones que combinan tres sentidos también son diez. La audiotactovisual: el papel de celofán multicolor ni sabe ni huele, pero multiplica la ilusión del efecto «abrir un regalo». El hojaldre es una agradable categoría tactosonorogustativa de la gastronomía; otra distinta es la olfatogustovisual del inquietante queso azul. Una hoguera es una ancestral experiencia sonorolfatovisual que precede con mucho a la sonorolfatogustativa del fumador pasivo. Y así otras cinco...

Hay cinco emociones que combinan cuatro sentidos. Todo menos oler: un cristal de sal. Todo menos sonar: la miel sobre la tostada. Todo menos ver: la brisa marina pierde poco por cerrar los ojos. Todo menos paladear: una mascota de peluche. Todo menos tocar: la fastidiosa prohibición.

Sólo existe una combinación que combine los cinco sentidos a la vez. Un buen cava: se mira, se escucha, se huele, se acaricia y, casi enseguida, se degusta la globalidad.

Y, finalmente, son claramente cinco las combinaciones basadas en uno solo de los cinco sentidos. El látex de los guantes del cirujano sólo deja pasar el tacto; los auriculares de alta fidelidad sólo son para el oído; el azúcar es una exclusiva papilar; el ambientador olor-a-pino no aspira más que al olfato. Y (¡atención!) el vidrio de la vitrina sólo deja pasar la vista.

Cinco de una, diez de dos, diez de tres, cinco de cuatro y una de cinco, o sea, 31 clases de emociones sensoriales. La vitrina se basa en una de las 31 emociones posibles. Y se puede matizar más. El café huele mejor de lo que sabe y el pescado sabe mejor de lo que huele. Lo olfatogustativo puede distinguirse de lo gustolfativo. El humo puede ser olfatovisual o visualolfativo, porque de lejos se ve antes que se huele y de cerca se huele antes que se ve. Si en cada combinación ordenamos los cinco sentidos según su relevancia o calidad, entonces las 31 se convierten en 325 clases. Y si dentro de cada orden se distinguen grados de intensidad, entonces...

En una palabra, un objeto parece tener mucho más que ofrecer de lo que se puede recibir a través de una vitrina. Algunos museos actuales, sobre todo los llamados museos de ciencia interactivos, presumen de haber superado la vitrina de una vez por todas. Su idea consiste en que el centro de la emoción del visitante ya no se basa en un objeto a proteger, sino en un fenómeno real, en un experimento. El costo por obviar la vitrina es también, en este caso, muy alto: nada menos que el destierro del objeto. ¡Museos sin objetos de museo! ¿Por qué no? Basta con cambiarse el nombre: centro de ciencia en lugar de museo de ciencia. Pero entre un extremo y otro, entre museos de vitrinas pasivos y museos activos sin objetos, media un universo de matices. Las historias que siguen pertenecen a ese universo:

El castigo

La primera historia se refiere al recuerdo más antiguo que conservo de una vitrina. Era una vitrina, la única de la sala, en la que los libros no se alineaban mostrando sus lomos sino las portadas completas. En ella se exhibían las últimas adquisiciones llegadas a la biblioteca de aquel colegio de verano, de cuyo nombre sinceramente no puedo acordarme. Tampoco puedo acordarme de la razón exacta por la cual tuve que pasar allí toda una larguísima tarde solo y en silencio. El aburrimiento es una refinada tortura (y de eso se trataba) que produce fantasías, algunas de ellas creadoras, porque creo que estuve a punto de inventar un mecanismo diabólico que pudiera pasar las páginas de los libros cautivos, algo así como una vitrina protointeractiva. De vez en cuando, todavía me tropiezo con alguna vitrina que me devuelve a aquella tarde de penitencia. Está muy bien que un objeto estimule desde su encierro en la vitrina, pero está muy mal que tales estímulos sean como los jugos gástricos vertidos en un estómago vacío. Sólo mirar ¡pero por lo menos mirar!

El objeto real

La segunda historia ocurre en el Museo Arqueológico Nacional en Madrid. Tengo muy poco tiempo y camino a buen paso. No me entretengo apenas en ningún objeto, pero tampoco llego a sacar la mirada de las vitrinas. De repente, algo interesa a un rincón de mi cerebro, pero voy tan rápido que ya no lo veo. Me detengo en seco. ¿Dónde está? La sensación es como si una cara conocida me hubiera saludado alegremente. Repaso hacia atrás. Busco con prisa y con temor de que la imprecisa imagen retenida en mi retina se esfume para siempre. ¡Ahí está! ¡Esa es! Se trata de una figurita de barro de unos diez centímetros y representa, clarísimamente, un joven travestido. Parece recién salido de un típico espectáculo erótico-ambiguo-folclórico de la ciudad. El gesto de la mano izquierda con la muñeca suelta y el meñique fuera de control, la picarona mirada cargada de pestañas por encima del hombro y los andares de gato en celo --así lo recuerdo ahora-- resultan demasiado próximos para una sala dedicada a la Antigua Grecia. ¿Será una broma de conservador guasón? Por un momento, creo ver incluso que la figura parpadea y que levanta la barbilla con descaro. Releo la etiqueta. No hay error, no hay duda. Aunque con algún desorden, algo había leído y oído sobre los griegos y los romanos, sobre su historia, su filosofía, su ciencia, su literatura, su arte, sus creencias, incluso sobre su vida cotidiana. No pocos eran tampoco los restos y rastros que había visitado en directo, desde el Museo Británico hasta las ruinas de Ampurias o Pompeya. Pero nunca hasta entonces había caído en la cuenta de lo esencialmente cercano que nos es, en el fondo, un ciudadano de la antigüedad. Me convencí de dos cosas: 1) que no me había enterado de nada al leer sobre aquellos tiempos, y 2) que ahora, después de aquel descubrimiento íntimo, azaroso e indispensable en el Museo Arqueológico, era el momento de volver a empezar. Releer, en este caso, era como leer por primera vez. La visión de un objeto real en una vitrina había conseguido un milagro, hacerme comprender algo que todos los libros ilustrados del mundo jamás hubieran conseguido. Dudo mucho que una reproducción de aquel mismo objeto pudiera tener el mismo efecto. Una simulación sólo contiene la información que el simulador tiene a bien introducirle. Ni un gramo más. Sólo un objeto real, aunque sea en una vitrina, puede obrar el milagro. El objeto real no sustituye al conocimiento, pero puede erigirse en un estímulo insustituible de tal conocimiento. Esa es, por cierto, la noble función de toda buena pieza de museo. Sólo mirar, sí. ¡Pero mirar puede ser mucho! Incluso demasiado:

El susto

Es el 7 de julio de 1992 y estamos en el Museo Nacional de la Universidad Federal de Río de Janeiro. Es la tercera historia de vitrinas. El museo tiene una rica colección de momias egipcias. En estos casos, uno llega a agradecer las limitaciones típicas de una vitrina: sólo mirar, de acuerdo. Hay que reconocer que, a la hora de exponer restos humanos, se mezclan emociones de toda clase, emociones racionales y emociones tradicionales. Colocar objetos en una vitrina plantea cuestiones técnicas importantes que, de no resolverse, pueden acabar ridiculizando las emociones más sublimes. Uno de ellos es la movilidad de los objetos en el interior de la vitrina, como consecuencia de las vibraciones que produce el visitante. Efecto: algunas de las momias de este museo saludan, con manso cabeceo, al ciudadano que se acerca con el paso demasiado decidido. El susto puede ser mayúsculo, según la hora del día y el estado de ánimo del visitante. Errores de diseño o de mantenimiento provocan no pocas situaciones como ésta. En el sorprendente Museo del Oro de Bogotá, por ejemplo, las vitrinas están suspendidas del techo de la sala y muchos de los objetos cuelgan a su vez del techo de las vitrinas. Efecto: cualquier contacto con la vitrina desencadena un alegre tintineo de irrepetibles joyas precolombinas. Algún visitante menudo puede encontrar eso muy divertido, pero la llamada interactividad, si se me permite la broma, no es eso. Hablemos un poco más de interactividad:

La selección natural de las ideas

La cuarta historia de vitrinas ocurre en el Národni Technické Muzeum de Praga (Museo Nacional de la Técnica). Entre sus tesoros destaca la mejor colección de cámaras fotográficas del planeta. Se diría que, sencillamente, están todas. Desde las ideas más rústicas hasta ayer mismo. Metros y metros de vitrinas mostrando cámaras y cámaras, dispuestas en riguroso orden cronológico. El observador experto advierte los diferentes intentos por resolver un determinado problema y cómo, a medida que camina, vitrina adelante, uno de los intentos, generalmente el más sencillo y compacto, se impone con espontánea autoridad. Es como una selección natural de lo artificial. Ideas para el obturador, para el diafragma, para el enfoque... Hay tantas cámaras que, en ocasiones, ni el observador experto advierte la menor diferencia relevante en un metro de estantería. Dos cámaras contiguas parecen parientes cercanos de la misma variedad, especie y género. Hay adaptación continua y mutación discontinua... como la vida misma. Darwinismo del bueno. Si dispusiéramos de una colección similar en registro fósil de todo lo que alguna vez ha vivido, entonces conoceríamos todo lo que se puede conocer sobre historia natural y la evolución de las especies. Lo más emocionante de tantas cámaras es, justamente, que haya tantas. La pieza más notable es el conjunto de todas ellas. La continuidad, si uno circula disciplinadamente, es asombrosa, tanta que incluso llega a ser deliciosamente aburrida. Y aquí empieza la historia. Medio adormecido por la implacable lógica de centenares de cámaras rigurosamente clasificadas, llego al final de una fila de vitrinas. Lo que tengo delante me espabila del todo. Por más que miro, no logro comprender. Paradójicamente, todas las funciones de esta extraña cámara están muy claras, pero con rangos ridículamente pequeños. Todo parece demasiado grande para facilitar la manipulación, pero con cierto desprecio en cuanto al ahorro de espacio y a la estética. Todo parece muy robusto y desproporcionado, pero poco versátil y preciso. La cámara tiene algo de monstruosa. Se diría que es un prototipo hecho a mano. Algo en él invita a cogerlo, a tocarlo, a pulsar sus mecanismos y a probar sus prestaciones. Pero está en una vitrina ¿Qué demonios es esto? Nada relevante en la etiqueta. Dos días después, durante una recepción en otras dependencias dentro del mismo museo, me doy cuenta de que estoy hablando con la joven conservadora de la sala de las cámaras. Con una sonrisa entre cortés y desconfiada, se deja arrastrar, canapé en mano, frente al enigma. ¡Ah, ésa..! No se trata de una cámara para hacer buenas fotografías, sino de una cámara pedagógica, una simulación para manipular, un artefacto para enseñar los secretos del funcionamiento de una cámara, probablemente construida por algún profesor de fotografía de antes de la guerra. Enternecedor sarcasmo: sólo mirar aquello que se ha diseñado sólo para tocar ¡Una simulación haciéndose pasar por objeto real! ¡Un módulo interactivo condenado a una pena de años de vitrina! Si algo faltaba en aquella magnífica sala era, justamente, unos cuantos ingenios para explicar, mediante su uso, unas pocas ideas trascendentes sobre la evolución de la cámara fotográfica. No es difícil burlar el vidrio de una vitrina con mecanismos, pero, atención, no hay que obsesionarse:

El sueño

Mi amigo Peter Fehlhammer, director del celebérrimo Deutsches Museum de Munich, es hoy el gran impulsor de la renovación museográfica de la química en los museos y centros de ciencia. El estímulo más importante de tamaña empresa es, sin duda, un pasillo con varias decenas de vitrinas que aún funcionan en dicho museo. En cada una de ellas un simple botón invita al visitante a «poner en marcha» una reacción química, generalmente del estilo A más B igual a C. Consumada la reacción, todo está preparado para volver a empezar. La tecnología necesaria para recuperar los reactivos y hacer desaparecer los productos centenares de veces al día, durante centenares de días al año, es admirable. La vitrina se ha complicado con sofisticados autómatas que obedecen a un pulsador exterior. Pero la cuestión es ésta ¿para qué? Una noche soñé que a ambos lados del largo pasillo todos los módulos funcionaban solos sin que nadie los contemplara: A más B igual a C, A más B igual a C, A más B igual a C, A más B igual a C, A más B igual a C... El kafka-orson-welliano escenario estaba vacío. Quizá un escolar se introdujo en mi espacio onírico, recorrió el pasillo a toda velocidad con los brazos extendidos en cruz, para no dejar un botón sin pulsar, y yo empecé a soñar justo cuando el niño ya había desaparecido por el fondo de la sala.

Pero una vitrina cerrada no es incompatible con la idea de que el visitante participe en el encuentro sujeto-objeto. Existen, como mínimo, dos maneras. La primera es trivial. El vidrio deja pasar la luz, de modo que cualquier experimento que involucre la luz, pero sólo la luz, puede estar perfectamente cautivo en una vitrina. En la segunda planta del Museu de la Ciència de la Fundació ‘la Caixa’ en Barcelona, por ejemplo, el visitante puede interrogar las leyes de la óptica a placer y ad infinitum. Todo es interactivo y todo son vitrinas. Pero todo es luz. La segunda manera tiene que ver directamente con la mente:

Un museólogo en Nueva York

La sexta historia de vitrinas tiene lugar en el Museo de Historia Natural de Nueva York. En esta ocasión, la visita es con un grupo de colegas de La Citée des Sciences et de l’Industrie de La Villette de París. Me han invitado a dar una vuelta por los museos estadounidenses. Una de las propiedades de la vitrina es que admite la visita colectiva y, por lo tanto, no está descartado que también estimule el diálogo, incluso el debate. Llevamos varios días paseando juntos por delante de toda clase de vitrinas. Cada uno de nosotros tiene, claro, un ritmo y unos caprichos distintos en el detenerse y en el saltar de vitrina en vitrina. Ahora nos agrupamos, ahora nos dispersamos, ahora me adelanto, ahora me retraso, ahora escucho una broma de éste, ahora la repito con éxito a aquellos tres, ahora hago un elogio profesional, ahora escucho una crítica estética... La historia empieza cuando coincido con dos colegas en el acceso de la sala dedicada al origen del hombre. Entramos juntos. Ante nosotros, un gran diorama al estilo clásico, es decir, una combinación de objetos e imágenes que reproduce, tras una enorme ventana acristalada, una escena de la naturaleza. Los museos de historia natural, y éste no es una excepción, tienen buenos especialistas en estos montajes. Generalmente se usan animales disecados comportándose, como les es propio, en una vegetación artificial bien simulada que se prolonga, engañando al ojo, hasta el horizonte de un paisaje pintado en la pared del fondo. Al diorama sólo llega la vista, de acuerdo, pero se trata de que la vista lleve al cerebro un desafío que éste pueda aceptar, reimaginar, resolver o simplemente disfrutar. Es lo que podríamos llamar interactividad mental. Nuestras tres miradas perforan simultáneamente la gran vitrina. Yo tardo una décima de segundo en conmoverme hasta la médula de los huesos. Algo debo murmurar, porque mis colegas me miran con curiosidad, pero también como si temieran el inminente y excesivo discurso.

La escena corresponde a un glorioso descubrimiento de la recientemente fallecida Mary Leackey. La legendaria paleonantropóloga, esposa y madre de paleontólogos legendarios, encontró, en 1977, la primera prueba del bipedismo humanoide. Hacía pocas semanas que había oído hablar por primera vez del tema y, fruto de una apasionada discusión, acabé incluso publicando un articulito en el diario La Vanguardia. Éste:

La primera broma de la historia

«Nada más remoto en el tiempo que unas pisadas dejadas por unos homínidos durante el Plioceno. Nada menos familiar, en principio, que el paisaje de la meseta de Eyasi en Tanzania donde, en 1977, se encontraron tales huellas fósiles. Y, sin embargo, hay algo muy íntimo en estos restos. Tres individuos bípedos, quizá un varón, una hembra y un niño, caminaban durante un cálido atardecer, poco antes de que una lluvia de ceniza volcánica sacara un molde de su rastro en el húmedo terreno: una auténtica fotocopia en piedra de veinticinco metros de longitud. Un testimonio de tres millones y medio de años para un suceso que apenas había durado unos segundos. Algo había oído decir de las pisadas fósiles de Laetoli atribuidas al Australopitecus afarensis. Ponerse de pie y liberar las manos es lo primero que hace falta para desarrollar la inteligencia. Disponer del concepto mano es condición necesaria para poder convertir ideas en objetos, teoría en práctica, y para, en definitiva, empezar a hacer ciencia, probablemente la forma de conocimiento más antigua del mundo (he aquí, por cierto, el tapón evolutivo con que se enfrenta, pongamos por caso, el ya de por sí despabilado delfín). Pasmado ante una fiel reproducción de las célebres huellas en el Musée de l'Homme, a uno le daba casi por jalear mentalmente a la evolución biológica: ¡ánimo Australopitecus, ya estás en pie! Era el principio de un largo camino: aún habían de transcurrir más de un millón de años para la industria lítica, tres millones de años para descubrir el fuego y casi tres y medio para enterrar a los muertos. Pero nadie me había comentado nunca un detalle extraordinario de las huellas de Laetoli. Las huellas del paseante de tamaño medio están ¡todas! meticulosamente sobreimpresas en el interior de las huellas del adulto. Este era el detalle entrañable. Entrañable... ¿por qué?

El adulto va delante. La huella de tamaño intermedio es necesariamente posterior a la de mayor tamaño. Poco importa si su autor, llamémosle Lucy, iba sólo unos metros detrás o si pasó por allí al día siguiente (según los expertos la diferencia no pudo ser superior a unas dos semanas). Lo que sí está claro es que Lucy caminaba mirando al suelo, atentísima a las huellas que la precedían y, dada su menor estatura, acaso se viera obligada a forzar el paso o incluso a dar graciosos saltitos. ¿Había alguna razón para un comportamiento así? Un peligro tipo campo de minas no parece muy verosímil, ni tampoco cierto raro automatismo, pues, en tal caso, el tercer individuo hubiera actuado de la misma manera. ¿De qué se trataba entonces? ¿De un juego?

Seguro, pero de un juego muy especial. De hecho, los cachorros de muchos animales juegan y el juego les sirve para aprender a ser mayor. Pero el juego de Lucy tiene unas reglas demasiado rigurosas y caprichosas, casi obsesivas. Lucy no tiene ni un solo fallo en su absurdo juego. Y sobre todo eso: su juego no sirve para nada. Lucy, sencillamente, se aburre. Juega para matar el aburrimiento. El juego no está al alcance de la otra cría, demasiado joven, y el aburrimiento no afecta al cabeza de familia tal vez preocupado por alcanzar un refugio antes del anochecer. En otras palabras, se trataba, literalmente, de hacer el burro. Y, como todo el mundo sabe, ciertas burradas requieren inteligencia, en especial las deliberadamente inútiles.

Hace unas semanas le sugería a un eminente paleoantropólogo que en Laetoli quizá se había encontrado la primera broma fósil de la historia. ‘¿Cómo lo sabe usted?’, preguntó no sin cierto fastidio. ’Lo sé por pura casualidad…, respondí, ¡yo hacía exactamente lo mismo en la playa, cuando era un niño!’ (Y todavía lo hago, aunque ahora sólo cuando estoy seguro de que nadie se fija en mí y de que no se avecina ninguna erupción volcánica en la comarca).»

Un científico haciendo museología tiene más licencia para especular, que un científico haciendo investigación académica. Reconozco que escribí el artículo con cariñoso despecho por el poco caso que había hecho Henri de Lumley a mi fantasía. Pero mi fantasía, como toda verdad científica vigente, es compatible con todos los datos experimentales disponibles. Quizá nunca llegue a tener pruebas suficientes para convencer a muchos paleontólogos, pero lo cierto es que, de momento, no hay tampoco ninguna prueba en contra. En una palabra, cuando llegué frente al diorama del Museo de Nueva York, ya había decidido buscar la manera de exponer el caso de Laetoli como un reto a la inteligencia del visitante. Pero lo que estaba viendo en el interior de aquella vitrina era totalmente inadmisible. Estaba científica, estética, social, museológica y museográficamente furioso. Las huellas se habían obtenido directamente de un molde auténtico, bien; el paisaje era verosímil excepto quizá la ceniza del volcán que más parecía nieve, pase; las figuras de los Australopitecus adultos eran de un gran rigor científico, muy bien, menos perdonable era la ausencia de la cría; pero lo que me hizo tartamudear de rabia fue la postura de los dos adultos: ¡el macho ha echado el brazo por encima del hombro de la hembra y ambos caminan juntos (¡!) hacia un mundo mejor, según el más puro american way of life! También es una fantasía, pero no es una fantasía científica. Las huellas dicen A (las de ella dentro de las de él) y los pies dicen no A (los de ella junto a los de él). La vitrina expone A y no A a la vez, la vitrina es un homenaje a la incoherencia. Según un testigo reciente, y a pesar de que no desaprovecho una sola ocasión para comentar el caso a quien tenga un minuto para oírme, nada ha cambiado aún en esa vitrina. ¿Será por dinero? ¿Será por pereza? Bueno, pues hay una manera original y muy económica para arreglar la vitrina de Nueva York. Se trata de añadir una sola línea. Ésta: «En esta vitrina hay una incoherencia científica. ¿Puedes encontrarla?» Pensar en esta pregunta obliga a enterarse de casi todo sobre las huellas de Laetoli. Lo que quería ilustrar ha quedado ilustrado: la capacidad que puede tener una vitrina de agitar el ánimo. Pero, además, ha quedado claro lo mucho que puede aportar un texto a una vitrina. Ilustremos también eso.

La escritura permite que las palabras accedan al cerebro con solo mirarlas. Y un texto puede ser también un notable aliado de la interactividad mental de una vitrina. O no. En muchas vitrinas, las etiquetas sólo confirman lo que ya es notorio a una inocente inspección ocular (vasija de barro, cuchillo de bronce, figura sedente, etc.), algo parecido a lo que ocurre con ciertos comentaristas de fútbol en televisión (el número 9 pierde la pelota y reclama falta, parece que el portero se ha hecho daño, el árbitro ya mira el reloj...), o los títulos que algunos artistas ponen a sus pinturas (arlequín, mujer con niño, amanecer en la ermita, ...). Se puede hacer más:

Cuentos, poemas y vitrinas

La última historia por hoy empieza en el verano de 1992 en plena selva amazónica, a 20 minutos de helicóptero de la ciudad de Manaos y termina en una vitrina de la exposición «Amazonia, el último paraíso», abierta un año después en el Museu de la Ciència, en Barcelona. ¡Qué fácil es transmitir emociones si uno las ha vivido primero! La vitrina llega hasta el suelo y su objeto central es un dardo de cerbatana que aparece, clavado a la altura de los ojos, en una de las paredes interiores. Los objetos hablan. Y según cómo se coloquen, según cuál sea su relación mutua, según sea el gesto de los unos respecto de los otros, los objetos, además, dicen. Apoyado de pie en el suelo de la vitrina se puede ver un buen trozo de tronco de palmera con sus temibles y agudísimas espinas negras. Sobre el corte limpio del tronco descansa una enorme semilla de cuyo interior asoma una especie de algodón blanco. La cerbatana que «acaba de disparar el dardo» está hecha con un simple pedazo de caña y aparece a un lado junto a un diminuto carcaj, con munición de reserva, y una pequeña calabaza donde se guarda el temible curare. El visitante reconoce enseguida que la estrella de la vitrina, el dardo, procede de la palmera y de la semilla y se ve mentalmente capaz de aplicar la idea en caso necesario. Pero eso no es todo. Hasta un 20 % de los visitantes de los museos lee íntegramente los textos. Y en su honor se pueden hacer muchas cosas. Dos textos, que con un poco de benevolencia podríamos nombrar como un poema y un cuento museográfico, se encargan de entretejer los objetos y la mente del visitante.

Este es el poema:

La selección natural de las ideas

«Una espina es un dardo; un diente, una cuchilla; una lengua, un raspador; una rama, un arpón; una hierba, un remedio; una semilla, un adorno; una hoja, un envoltorio; una calabaza, un recipiente... la diversidad, una industria y el indio, una dignidad científica.»

Y este es el cuento:

La venganza de la palmera

«La altura de vértigo de la palmera no intimida a los superacróbatas de la selva, pero el paso desde el suelo está cerrado por una corona de espinas. El Azar ha propuesto las espinas duras y negras y la Selección lo ha aceptado como un buen descubrimiento: los monos se pinchan, se desaniman y la palmera conserva sus frutos, cuyas semillas trabajan con ventaja a favor de la propia especie y, por lo tanto, a favor del propio descubrimiento, que se propaga. Pero, de repente, otro descubrimiento acaba con el primero. Desde las ramas de un árbol vecino, sin frutos ni trampas, dos monos se columpian y roban la fruta prohibida entre alaridos de alegría. Nadie más come el fruto prohibido. Un mono come con dos manos; con las otras dos se aferra a las alturas; la cola, trenzada con una liana, es su última garantía. El otro vigila, mientras mordisquea el fruto, a su compañero de aventuras. Pero éste ha dejado de comer; en su cara, un súbito rictus de incomprensión cósmica... y se desploma. Está muerto. ¿Qué ha ocurrido? La evolución ha inventado al indio y el indio la cerbatana cuyo dardo acaba de hundirse, de abajo a arriba, en la garganta del ladrón. El forastero toma el cuerpo inerte de las manos del cazador y extrae el proyectil. Y se estremece desde las cejas hasta la planta de los pies: ¡El proyectil está fabricado con una espina negra y dura de palmera!»

LOS CENTROS DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA EN ESPAÑA

Panorama a finales del siglo xx

Ramón Núñez

Los pasados días 20 y 21 de marzo tuvo lugar en La Coruña la 1ª Reunión de Centros de Divulgación Científica, a la que acudieron representantes de la práctica totalidad de museos científicos y planetarios de España. De ella salió un breve documento, que está siendo suscrito por numerosos profesionales de la ciencia y la comunicación, en el que se insta a las administraciones «a que dediquen un mayor porcentaje de sus presupuestos a apoyar a los centros de divulgación existentes, a crear otros nuevos, y en general a fomentar todas aquellas iniciativas que tengan como objetivo mejorar la educación científica popular».

Con ser interesante la repercusión de ese escrito, en el que también se invita a los científicos a participar en la empresa divulgativa, según el autor, lo más importante es el hecho de la reunión en sí. Por la sencilla razón de que sin tener que remontarse nada más que al pasado decenio esa convocatoria hubiera sido impensable. Hace 15 años no existía en nuestro país ninguno de los planetarios públicos ni museos interactivos de ciencia que hoy se ubican en una docena de ciudades. Por resumirlo en pocas palabras, lo que sucede es que el sistema educativo no es capaz de reaccionar en consonancia con el cada vez más rápido avance de la ciencia, y que afortunadamente nuestra sociedad diseña nuevos escenarios para la educación. En definitiva, se intenta reducir la cada vez mayor diferencia entre la ciencia que existe, que alimenta la tecnología y que cambia el mundo, y la que conoce la población en general.

Repaso a los últimos 15 años

El avance científico y tecnológico está perdiendo la capacidad de sorprendernos. Si hace unos años podía decirse aquello de que «las ciencias adelantan que es una barbaridad», lo cierto es que ya hemos llegado a un punto en que es tal la velocidad de cambios provocados por la ciencia y la técnica que hasta resulta difícil ser conscientes del progreso. Y de sus consecuencias. Existe, por un lado, un avance científico cuyas implicaciones pueden ser importantísimas, pero son difíciles de concretar todavía. Pongamos en este capítulo las nuevas ideas en astronomía (derivadas por ejemplo, del uso de la lanzadera espacial, del COBE, del telescopio Hubble, de la composición de los cometas o en relación con el descubrimiento de la supernova en las Nubes de Magallanes) y en física de partículas, así como los logros en el proyecto Genoma humano y en el diseño de nuevos materiales. Sumemos otras cosas que también en estos años hemos aprendido, de esas que nos hacen sentir partícipes de temas que afectan a toda la humanidad y al futuro del planeta; por ejemplo, que existe sobre la Antártida un «agujero» en la protectora capa de ozono, que hay preocupación y riesgos derivados de un «efecto invernadero» que puede hacer cambiar el clima de la Tierra, o que hemos desarrollado por ingeniería genética nuevas especies de organismos que nunca hubieran existido por «selección natural». Otras novedades están ya en la vida cotidiana y a nuestro alrededor. Aunque quizás nos extrañe, hace 15 años no existían los discos compactos o CD ni las impresoras de láser ni había epidemia de teléfonos móviles ni cámaras de fotos digitales ni televisores de bolsillo. En este corto tiempo se han comenzado a realizar tomografías de resonancia magnética nuclear, se hacen habitualmente fecundaciones in vitro (creo que en España viven ya más de 6000 niños-probeta), se construyen centrales fotovoltaicas y eólicas, se investiga la paternidad por análisis de rastros de DNA, los trasplantes de órganos se convierten en una técnica habitual, se realizan operaciones de miopía con láser, aparece el sida y la distancia automovilística entre dos capitales peninsulares es siempre menor de 10 horas. En estos años también han nacido los trenes de alta velocidad y se ha tendido un cable de fibra óptica por el Atlántico, se prueban las primeras terapias génicas y se construyen viviendas inteligentes. Si se me permite, terminaré este repaso con algo absolutamente inmediato: no veré en papel el texto que escribo (en una pequeña máquina sobre mis rodillas) hasta que se impriman ejemplares como el que tiene usted en sus manos. Hace 15 años los ordenadores personales casi no servían para nada. Ahora los tenemos con lector de CD-ROM, módem, conexión a Internet, con entrada de vídeo, televisión, teléfono y fax. Y los compramos también con la incómoda sensación que produce el saber que dentro de poco tiempo nos parecerán anticuados. También, y consecuentemente, en estos años hemos modificado nuestra idea sobre el origen del universo, la naturaleza de la materia, la física de partículas, la química de los nuevos materiales o la biología del desarrollo. Pero pese a todo ello, no hubo cambios esenciales en la educación reglada. Salvo aisladas y honrosísimas excepciones, en las clases de ciencias de enseñanza primaria, secundaria y bachillerato se sigue hablando exactamente de las mismas cosas de hace 15 años. Tampoco hubo cambios generales en la metodología, a pesar de haber disminuido el número de alumnos por aula. Los programas oficiales siguen ignorando el progreso, quizás porque ya nadie piensa en que la escuela se baste para alfabetizar científicamente a la población.

La necesidad de una cultura científica

Las personas y los pueblos necesitan un conocimiento científico actualizado por cuatro razones básicas: primero porque es poder, y ayuda a salir de la pobreza; segundo porque es imprescindible para alertarnos de los posibles riesgos producidos por el uso de la tecnología; tercero porque nos da las mejores respuestas a las viejas preguntas sobre nuestros orígenes (el origen del universo, de la Tierra, de la vida, de nuestra especie), y cuarto porque los valores de la ciencia son similares a los de la democracia. La educación científica ha de llegar a todos, cueste lo que cueste. El potencial de un país en ciencia y tecnología no se mide solamente por los gastos en I + D o por la proporción de científicos y técnicos en la población activa; ni siquiera tampoco por el número de patentes o publicaciones, sino que debe incluir algo que quizás es más difícil de definir, pero no menos importante, como el grado de comodidad de los ciudadanos con la idea del mundo que continuamente va modificando la ciencia y con el impacto por la introducción en él de los productos de la técnica. En los últimos años se ha manifestado un creciente interés internacional hacia lo que se ha venido en llamar «la comprensión pública de la ciencia», tanto a nivel teórico (estudiando la percepción y reacciones del público en general hacia la comunidad científica, los productos de la ciencia y los impactos de éstos sobre la cultura, las instituciones y la naturaleza) como desde un punto de vista práctico, surgiendo así nuevos modos de educación científica dirigidos a la comunidad en general. Estos modos se han introducido en los medios de comunicación, y también han dado lugar a un nuevo tipo de museos. Es, de hecho, también en ese escenario donde con más frecuencia se produce el encuentro entre quienes crean ciencia y los ciudadanos. Probablemente sea este cambio lo más importante que ha tenido lugar en la educación científica en los últimos 15 años. La reflexión puede y debe desarrollarse algo más. Quizás nos encontramos ante un momento no solamente singular, sino también crucial. Estamos ante un salto cualitativo en el progreso con consecuencias y dimensiones todavía difíciles de prever. Si a lo largo de la historia la sociedad ha estado siempre ligada a la evolución de las ciencias y la tecnología, nunca como ahora una civilización ha contado con tal número de recursos, reales e hipotéticos, que puedan condicionar su futuro. De ahí se deduciría la trascendental importancia y necesidad de que el hombre de la calle aumente su conocimiento sobre estos recursos. Relativamente ignorante del quehacer científico, de sus resultados y también de sus dudas, de sus logros y de su impacto sobre la evolución social y económica, el ciudadano reacciona ante los grandes problemas y ante las convulsiones de nuestro tiempo (ecología, genética, informática, nucleares, comunicaciones, economía, etc.) de manera esencialmente pasional y sometido a todas las manipulaciones. Es preocupante la relativa indiferencia que existe a muchos niveles ante el hecho científico y técnico, porque nuestra generación corre el riesgo de asistir al sobresalto brutal que supondría el ver que una parte menos informada de la población se sienta colonizada (física o culturalmente) por la otra parte.

La necesidad de esperanza

Quizás la esperanza esté en un planteamiento que mire más hacia una educación fuera de las aulas, y que se continúe durante toda la vida de las personas. En lo que hemos conocido hasta ahora, la educación formal se recibía exclusivamente en los primeros años, en la infancia y adolescencia, y los conocimientos adquiridos mantenían su validez durante toda una vida. El repaso a las novedades científicas de los últimos 15 años sugiere que el esquema no puede ser el mismo. La cultura científica de los ciudadanos, con conductas y actitudes que se despiertan desde la infancia, ha de actualizarse permanentemente. Aunque parezca fácil llegar a un acuerdo sobre la necesidad de una cultura científica popular, puede que surjan objeciones desde el escepticismo. Quizás haya que reconocer que la cantidad de conocimientos que un ciudadano medio necesita para tener una opinión sólida sobre determinado tema científico pueda estar en algunos casos por encima de las posibilidades reales de la población. También podría argüirse que incluso los expertos muchas veces discrepan en sus opiniones cuando un tema tiene implicaciones sociales o políticas. Aun así cabe subrayar que uno de los objetivos más importantes de la enseñanza de las ciencias es demostrar la eficacia de una racionalidad que ayude a superar los enfoques emocionales. Es decir, además de la seguridad en el propio criterio que pueda ofrecer el conocimiento de conceptos y procesos fundamentales de la ciencia, la mentalidad científica ofrece un recurso inmejorable a las personas para ejercer una independencia crítica de opiniones, asentándolas siempre en la aceptación y la necesidad de respeto a la lógica. En definitiva, podría decirse que, en este final de siglo más que nunca, el logro más importante de la educación científica sería el conseguir que la persona se encuentre cómoda (en equilibrio) con su alrededor. Tanto el valorar los impactos de nuestra actividad en la naturaleza, como el no temer, o no sentirse dominado ni víctima de las máquinas o de los descubrimientos científicos, implica la necesidad de conocerlos lo suficiente como para, sabiendo las capacidades y limitaciones propias, estimar en cada caso las ventajas y las posibilidades de su utilización, así como los riesgos potenciales, y generar de este modo un sentimiento de control. Como ya he adelantado, las consecuencias que de toda esta reflexión se derivan son múltiples e implican desde luego a la enseñanza reglada. El tema es sumamente complejo e incluye factores claves como pueden ser el proceso de discusión sobre la idoneidad de los programas oficiales, el tiempo que se dedica a las ciencias en los currículums, la formación específica del profesorado y su reciclaje, la dotación de instalaciones y recursos en los centros, la organización de la escuela de forma que posibilite el funcionamiento de departamentos o la investigación en metodologías, las interacciones escuela-sociedad y ante todo la capacidad de motivación a los alumnos. Ahora me limitaré a analizar el papel que pueden desempeñar los museos y centros de ciencias en el proceso de educación científica de los ciudadanos.

El papel de los centros de divulgación científica

Con esa denominación, o con el nombre general de museos de ciencias se suelen designar aquellas instituciones museísticas relacionadas con cualquiera de las ciencias experimentales o bien alguno de sus aspectos y aplicaciones. Además de los tradicionales museos de historia natural podemos incluir en este grupo otros como los de geología, zoología, de industria, de salud y medicina, de transportes, de tecnología, de agricultura, marítimos o del espacio, junto a los planetarios y otras instituciones como pueden ser los jardines botánicos y zoológicos, los acuarios, terrarios y serpentarios. En sentido amplio puede considerarse al Museo de Alejandría como el primer museo de ciencias. Fundado en el año 285 antes de J.C. en una ciudad de 100 000 habitantes, contaba con salas de reuniones, observatorios, parques zoológicos y jardines botánicos. Era un centro de estudios de filosofía, matemáticas, poesía y medicina, pero que cumplía dos de las funciones que tradicionalmente y aún hoy asignamos a los museos, como son las de recolección de objetos con fines culturales y la de divulgación de la cultura. En un sentido más restringido es Francis Bacon quien puede ser considerado precursor de los actuales museos de ciencia. En su obra New Atlantis (1625) describe un futuro museo dedicado a los inventos, donde según él estarían también los retratos de los inventores de los barcos, la pólvora, el vidrio, la seda... Detallando un poco más la idea, en 1675 Leibniz propone un museo de máquinas que, según él, tendría como fundamental misión «la de entretener». Poco después nace el que hoy se considera como museo de ciencias más antiguo del mundo: en 1683 la Universidad de Oxford crea el Ashmolean Museum, que exhibía, junto a objetos artísticos, muchas curiosidades y rarezas naturales. Pronto aparecieron museos similares en Florencia, Leiden, Gante, etc., pero hay que llegar al siglo xix para ver y analizar el auge de los museos científicos (aunque importantes museos de ciencia ya habían nacido de alguna manera en el siglo anterior, como el londinense Science Museum en 1761, y el Conservatoire des Arts et Métiers de París en 1794).

Museos de historia natural

El siglo XIX supone el auge del museo taxonómico, que no nace de la necesidad de educación. A la creación y proliferación de los museos de historia natural durante el pasado siglo contribuyeron otros factores. En primer lugar, el considerable aporte de material exótico proveniente de las exploraciones y de los estudios botánicos y zoológicos que continuamente se realizaban en América, África y Asia. En segundo lugar, el creciente desarrollo científico de la taxonomía animal y vegetal, que motivaba aún más, si cabe, a la recolección y clasificación de todas las nuevas especies que se iban descubriendo. En tercer lugar, habría que considerar las condiciones sociales de la época y el auge del coleccionismo, que potenciaban el orgullo de poseer. Los museos de historia natural surgieron en muchos casos a partir de las colecciones, que de distintas formas habían sido acumuladas por gobernantes, aristócratas o instituciones religiosas, y también a partir de los «gabinetes de curiosidades» que fueron moda en el Renacimiento. Estos gabinetes contenían colecciones estrictamente privadas, para el disfrute exclusivo de sus propietarios, familiares y amigos. Esos museos de historia natural tenían como objetivos fundamentales atesorar los especímenes de plantas, y todo tipo de animales naturalizados, disecados, al natural o preservados en frascos o cajas, conservarlos y exponer algunas piezas. Esta exposición comprendía frecuentemente de forma exclusiva los ejemplares de los que se estaba más orgulloso y normalmente se hacía sin ninguna preparación con fines educativos o divulgativos: no había sistemática alguna y ni siquiera se etiquetaban las piezas expuestas para dar información al profano. En realidad, las exposiciones solamente estaban destinadas a una élite informada. Poco a poco la tendencia a una popularización de la cultura hizo que se fuesen acentuando los objetivos divulgativos de aquellos museos y desarrollando los aspectos didácticos, compatibilizándolo en muchos casos con una función investigadora, y manteniendo los objetivos de recolección y custodia. Entre los museos de historia natural algunos siguen manteniendo de forma casi exclusiva las misiones investigadora y divulgadora, aunque en general todos compartan un objetivo más global, como es el de contribuir a la motivación de respeto a la variedad y de necesidad de conservación de la riqueza genética del planeta. Los museos de historia natural han de cumplir un papel que es fundamental en la educación ecológica.

Museos de ciencias y tecnología

Considerando los museos de ciencia y tecnología, podríamos decir que coexisten hoy en el mundo tres tipos de centros, desde la perspectiva de su planteamiento más o menos interactivo: · El que sigue siendo de tipo coleccionista, heredero de los gabinetes de física del siglo xviii y reúne objetos relacionados con la ciencia, sean instrumentos de laboratorio, modelos, aparatos o máquinas, como pueden ser el Conservatoire des Arts et Métiers en París o el de Historia de la Ciencia en Florencia y en general los museos de historia de la ciencia. Su interés está centrado en los objetos que allí están depositados o expuestos y en su valor histórico. · En segundo lugar podemos considerar museos como el Deutsches Museum de Múnich, en donde el núcleo expositivo más importante consiste en máquinas antiguas, motores, aparatos y modelos, pero que se pueden manejar y poner en funcionamiento, viendo sus mecanismos. Además de los contenidos explícitamente desarrollados en exposiciones, en general pretenden mostrar la evolución de la tecnología, la grandeza de los descubrimientos y, consiguientemente, la de su inventor. · En tercer lugar hay que considerar los llamados «centros de ciencia», de los que es un precursor el Palais de la Découverte, y cuya referencia más emblemática es el Exploratorium de San Francisco, que pretenden introducir al visitante en los principios básicos de la ciencia y de la percepción del mundo. El énfasis en este tipo de instituciones se centra en los conceptos o fenómenos que se tratan de mostrar, sugerir o comunicar, y no en los objetos que se exponen en sí. Normalmente la comunicación se realiza a través de aparatos y módulos interactivos de nueva construcción, que no tienen otro valor que el de su capacidad de sugerencia y de su riqueza de posibilidades de interacción. Las tendencias actuales apuntan a una mayor dedicación a los aspectos educativos. Los museos realizan un esfuerzo por servir al gran público, dejando de ser instituciones elitistas para ser accesibles, populares y abiertas a todos, ofreciendo exposiciones atractivas e instructivas, cuidando la forma de presentación (con explicaciones en ordenadores, paneles luminosos, lenguaje directo...), diseñando programas y actividades educativas y, en general, pensando en los públicos de todas las edades. El hecho que la existencia de estos centros no requiera piezas de valor histórico ni grandes artefactos se ha traducido en un mayor acercamiento a todos los ciudadanos, con la aparición de museos pequeños; de manera que todas las ciudades de tipo medio pueden tener un centro de estas características. Otros rasgos definitorios de los nuevos museos de ciencias se refieren a su contenido y a sus medios. Actualmente se dedica un mayor énfasis a la perspectiva contemporánea de la ciencia que al enfoque histórico. Al asumir como función la de informar a los ciudadanos sobre el desarrollo actual de la ciencia, estos centros presentan contenidos y medios más centrados en el presente: allí están los ordenadores, los nuevos medios audiovisuales, los temas ecológicos, el avance de la genética, etc. Es la ciencia de hoy y del mañana la que se trata de acercar al público para que la comprenda y valore, buscando alcanzar este objetivo a través de una vía participativa y entretenida, y no siempre convergente. Este enfoque interactivo también tiene repercusión directa en el estilo y en el ambiente. Frente al silencio y clima de «respeto» de los museos tradicionales, los nuevos centros de ciencia buscan un ambiente activo y lúdico que permita al visitante investigar o participar en aquello en que está realmente interesado. Es en estas circunstancias cuando mejor puede llegarse a la ciencia y a las actitudes científicas, no sólo porque cada persona aprende de manera diferente, sino porque el ambiente informal permite unas nuevas vías para el aprendizaje. Por fin, a la hora de describir los actuales planetarios, centros y museos de ciencia, debe mencionarse que, en general, comparten un espíritu desmitificador hacia las ciencias y un carácter no elitista. La ciencia se presenta en ellos como asequible y cercana al público en general y no como patrimonio de una clase de hombres especialmente cualificados. Allí se respira el ambiente de que todos podemos hacer y entender la ciencia. No se requiere una formación especial para participar en las actividades que se nos proponen a través de los módulos y objetos expuestos.

Los centros de ciencias en España

Todo comenzó hace 15 años por iniciativa de la Fundación La Caixa en el Museu de la Ciència de Barcelona. Y siguió, por iniciativa municipal, en la Casa de las Ciencias de La Coruña. De su precedente y de su éxito vino, comunicando un feedback que era entendido como positivo políticamente por instituciones que quizá siempre hubieran dudado de tales iniciativas, la necesaria multiplicación. Aunque algunos como el pionero de Barcelona, y los de Alcobendas, Tenerife, Murcia y Málaga, así como los proyectos de Las Palmas, Cuenca, Extremadura o Valladolid tengan el nombre de museo, puede decirse que tanto éstos como los dos coruñeses (Casa de las Ciencias y Domus), el Parque de las Ciencias granadino o los Planetarios de Pamplona, Castellón y Madrid no son museos en el sentido tradicional de la palabra, pues no cumplen algunas de las funciones clásicas de los museos, como las de coleccionar, conservar y atesorar. En las exposiciones de todos ellos se presta mayor atención a los conceptos que se trata de comunicar o despertar que a los objetos que se muestran en sí, que en general ni son irreproducibles ni tienen valor histórico alguno. Todos esos centros tienen las demás características que se han apuntado para este tipo de instalaciones: no son serios ni silenciosos; son activos, informales, dinámicos, lúdicos y participativos, su planteamiento permite un mayor grado de divergencia en el proceso de aprendizaje, prestan atención a temas del presente y del futuro y, por fin, son esencialmente abiertos a todos, con pretensiones de llegar a todo tipo de público (no elitistas). Son centros que siguen el esquema de numerosos otros que aproximadamente en el mismo espacio de 15 años han surgido por centenares en todo el mundo y que se han convertido en los más concurridos y celebrados de los museos. El clima se extiende, afortunadamente, a museos más antiguos, que con personal entusiasta conducen una reconversión a los nuevos esquemas, como es el caso del Museo de Zoología de Barcelona. Haciendo referencia al encuentro de La Coruña, y a la conciencia allí surgida de que estos museos y planetarios constituyen un grupo con inquietudes y objetivos comunes, Lluís Reales afirmaba recientemente en un editorial del suplemento Ciencia y Salud del diario La Vanguardia que los museos de ciencia en España se han hecho mayores. Ante la impasibilidad del Estado (incapaz de poner en marcha el Museo Nacional de Historia Natural, como tampoco de abrir las puertas del de Ciencia y Tecnología, ambos prisioneros de limitaciones presupuestarias y de estructuras administrativas excesivamente rígidas) fructifica la actitud de ayuntamientos, gobiernos autónomos y fundaciones privadas que hace que, a las puertas del siglo xxi, los ciudadanos cuenten en España con más de una docena de centros que además de regalarles ratos agradables, les mantienen la ilusión de vivir en un mundo con una ciencia más comprensible y humana.

Bibliografía

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MUSEOS E INTERNET: ESTRATEGIAS DE COMUNICACIÓN

Ramon Sangüesa

La utilización de los recursos telemáticos y digitales en los museos rebasa el ámbito de lo meramente tecnológico. La importancia de la adopción de estas tecnologías reside en su capacidad para promover un cambio en la estrategia comunicacional de cada museo. Decidir qué alternativas son las más adecuadas para cada institución requiere analizar las posibilidades de Internet y someterlas al control de una estrategia de comunicación global coherente. Para que tales estrategias resulten eficaces no basta con estar en la red, es preciso adoptar una serie de compromisos organizativos fuertes y revisar prácticas profesionales relacionadas con el uso de la información como recurso estratégico.

ENTRE EL CRECIMIENTO DE LA ESPECIALIZACIÓN Y DE LA COMUNIDAD: EL PROYECTO HISTÓRICO DE LA COMUNICACIÓN PÚBLICA DE LA CIENCIA Y LA TECNOLOGÍA (EL CASO DE EUROPA)

Pierre-Marie Fayard

Desde que la ciencia y la tecnología están actuando como una de las mayores fuerzas para la transformación de la sociedad, la popularización intenta encontrar la unión entre especialistas y no especialistas. Por el momento, la importancia de este proyecto político radica en ser reforzado ante el proceso corriente de globalización que, de hecho, destruye la sociedad, y los vínculos culturales y sociales entre los componentes heterogéneos de la misma. Desde los años setenta, en la Europa occidental, en lugar de situar el principal foco de atención en los contenidos científicos, las nuevas prácticas de comunicación pública de ciencia y tecnología (PCST) (de Public Communication of Sciencies & Technologies) tienden a apoyarse en las demandas públicas para escoger y diseñar tanto los temas como las estrategias. La lógica de la corporación y de la comunicación refuerza este proceso entre las torres de marfil de la investigación científica y la sociedad. No está muy lejana la época en que se cuestionaban las habilidades para popularizar la manera de traducir o hacer llegar la ciencia. Al margen de las estrategias directas, los modelos indirectos de actuación se valen de aproximaciones para llegar al final, basadas en un doble peldaño de flujos lógicos, por un lado para extender muy bien la PCST y, por otro, para reconstruir los vínculos sociales y cognitivos entre las áreas especializadas y las no especializadas.

BETWEEN GROWING SPECIALIZATION AND COMMUNITY: THE HISTORICAL PROJECT OF PUBLIC COMMUNICATION OF SCIENCE & TECHNOLOGY (THE CASE OF EUROPE)

Pierre-Marie Fayard

Since science and technology are acting as major forces for the transformation of society, popularization aims to fill the gap between specialists and non-specialists. By now, the importance of this political project is re-inforced by the current process of globalization that actually destroys social, cultural and social links between the heterogeneous components of society. Since the seventies in Western Europe: instead of putting the main focus on scientific contents, the new practices of PCST tend to lean on public demands to choose and to design both topics and strategies. Corporate and communication logic’s re-inforce that process between the ivory towers of scientific research and society. No longer the classical issues about the abilities of popularization to translate or to betray science are going on. Leaving direct strategies, indirect models of acting use bottom-up approaches based on double step flow logics, to spread widely PCST and to rebuild the social and cognitive links between specialised and non-specialised areas.

Global framework for the relationship between science and society

The historical project of popularization

Since sciences and technologies are acting as major forces for change and progress for Humanity, the political project of popularization aims at making understandable and accessible to the general public, the specialists' knowledges. Since the Siècle des Lumières the scientific disciplines have largely deepened the respective amounts of knowledge they concentrate. Various new, inter and sub-disciplines have appeared. Though the global level of education of the public have largely increased, the gap between sciences and the rest of society is still continuously growing. Experts and expertises each time appear as more specialized and more concentrated on specific and narrow areas. Moreover, the language the scientists have shared in the past centuries doesn't exist anymore. Consequently the gap between the everyday life languages and the scientific ones is becoming wider and wider. Up to experts themselves have difficulties to communicate between them because of the growing specialization’s of their own disciplines.

The imbalance it brings, is worsening because science and technology deeply affect ways of living, of working, of traveling, and up to having relations between us (...). A central issue in public communication of science and technology to the public aims to fill the gap between science & technology progress on one side and culture and society on the other side. But communication remains uneasy. The crescent specialization process in scientific disciplines generates the creation of a multitude of new languages, that are both close and specific to each new distinctive discipline. As a result, sciences are becoming each day more unknown and strange to the general public. on the other end, social and cultural concerns seem each day farer from the scientists' preoccupations. By now, ninety per cent of the scientists Humanity has produced, is now alive ! What's more, the higher international competitions and the interferences they have with economic and political issues, combined with the acceleration of scientific and technological discoveries, broaden once more the gap between science and society. A two ways communication appears as a necessity: from science to society i.e. the general public and from cultural concerns to scientific institutions.

Growing specialization acts against Community

The Siècle des Lumières produced the first huge entreprise of popularisation the world had ever known before. Using printing, i.e. the very new technology of communication of the time, the Encyclopédie de Diderot et d'Alembert appeared as a great campaign that put together all the knowledge of the «philosophers» of the time. It's interesting to remind that the use of the word «scientist» became usual only recently. To make them accessible to the non-specialists, the Encyclopédie has concentrated the knowledge and know-how of Humanity using a «multidisciplinary» approach. It was a very collective enterprise. Each expert gave a contribution related to his own field of expertise. With that monument, the honnete homme of this century had access in a common language (French instead of Latin) to all what human beings knew in that time in Europe. Various centuries after, even if the capacities of the computerized memories could allow it, it's impossible to imagine the possibility of the existence of this kind of predecessor of the encyclopedists: Pico della Mirandola! Moreover, data don't mean knowledge... and the gap between the enterprises that produce knowledge and the global society is going on and on!

In this end of the XXe century, the profusion of huge, small and complex scientific ivory towers, with their own specific languages is spreading all over the Planet using the international high-tech systems of communication. Doing so, the very experts of each sharp field of scientific investigation could meet and gather on a global scale. So they're spending more «cybertime» together, than for exchanges with their other colleagues and fellow citizens. Globalization gives more possibilities to specializations, and liberates them from their geographical dependences! As a result, the multiplication of tiny but homogeneous communities set up on global scales, strikes against the geographical communities composed by heterogeneous components. one may say that a Chinese high energy physicist might have more time and concerns in common with a Swiss high energy physicist than with the neighboring grocer who is living round the corner of his block of buildings! Globalization gathers at international level the very few experts of each tiny field, and separates them from their local communities. Finally, globalization acts against national, regional and local community feelings, even if the perception of world-wide concerns are growing by now.

Linked evolution’s between scientific institutionalization and popularization forms

What's new in the communication era?

Looking at the history of the structuration of scientific communities, one can note that each qualitative and/or qualitative change in the field has been accompanied by some innovations in PCST forms. Let's just mention an example. Before last World War II, the creation of the CNRS (Centre Nationale de la Recherche Scientifique) sets free the French scientists from any teaching obligations. But the very ones who were at the origin of that decision acted also in favor of the creation of the Palais de la Découverte «for the people of Paris», they used to say. This qualitative step in scientific activity was accompanied by the creation of something able to fill the gap between «lay people» and the brand new full time researchers! Anyone could feel the dimensions of the nowdays challenge to «communetarize» sciences and technologies understanding.

This parallel evolution is reinforced by the characteristics of the communication era (...) in which we've entered. To make a long story short, the communication logics globally act in favor of the development of PCST. Incentives are appearing under various aspects and directions. According to an external scale, some managers of scientific organizations have perfectly understood all the advantages they could take from public communication campaigns (...). (in an internal scale, they've learned that corporate and organizational communication could stimulate the scientists' activities. They are becoming aware of the necessity of filling the gap between science and society or a set of excellent reasons. Among them, one can list the importance of making science popular to the public and above all for younger generations.

In an each day more scientific and technological era, the needs for PCST are not just limited to the general public. They also concern the policy and decision makers. Because of the necessity of the two ways communication practices mentioned above, the dialogue between science and culture may summarize the historical and political objective of popularization, in order to «re-create» and to maintain the link between specialization and community.

Political objectives and strategic issues for communicating science to the public

Good intentions don't lead automatically to success.

Strategic issues for communication science to the public

Though communicating science to the public is rather an old story in the European cultural patchwork (Schiele, 1974; Fayard, 1988), to be convinced of the this necessity doesn't mean automatically: efficiency. The way methods, media and resources are employed i.e. the chosen strategy of public communication might always provoke perverse effects in the general public's attitudes. Instead of bridging the gap between science and society, between experts and non-specialists, it could stress the importance of the differences that do exist between scientists and lay people! In order to achieve the political project of communicating science to the public, bad popularization could even be worser than no popularization at all. The celebration of the efficiency of the experts could stress the depth of the gap between scientists and non specialists.

One has to remember that for the larger parts of society, science and technology sound as hard matters to get. For a large amount of people, science might remind them scholar failures or at least insuperable difficulties. That's because most of the time, direct public communication strategies have to be avoided in order not to scare lay people, and take them away from popularization performances. It's quite impossible to convene the general public to PCST campaigns. In communicating science and technology to the public, the central issue doesn't consist in having dialogue with people convinced of the importance of science or with pre-interested people in these matters. The political objective of popularization of science is to reach people who haven't spontaneously neither the possibilities nor the desires of having science communication within arm's reach ! For this larger part of the general public, specific strategies of communication had being developed since the seventies in Europe.

Communicating science and technology to the public is not an easy game to play. When an expert talks to another expert who shares with him the same field of expertise, he can make references to experimentation whose feasibility or unfeasibility the latter could imagine, using his knowledge. The proof by the experimentation always remains as a possibility between them. But when the same expert (or a popularizer) is talking to non-specialist audiences, they can't rely on any common scientific experimentation to validate what the expert is explaining to them. Therefore they only may trust or distrust the expert's talks. That is the reason why amounts of scientific and technical signs and instruments are shown as a proof in popularization products or events, to take place of demonstration!

The spread of undirect approach in communicating science to the public, in the seventeen

In the early seventies, a ferocious critic of the direct strategy of traditional popularization took place in Europe, denouncing its lack of efficiency in reaching the political objective mentioned above. The question was how popularization of science could reach the similar objective as scientific research does for the scientists? (Fayard, 1992; Bachelard, 1967; Allemand, 1983). Science makes understandable facts and reality and could make possible action and transformation of the surrounding world. So has to do popularization of science, said the promoters of new ways and methods for PCST in these early seventies!

To solve the problem of the absence of references, the strategy consisted in choosing everyday life situations in order to meet the public on the basis of its own interest and needs for information. Instead of giving the main focus on scientific contents, the new ways to communicate science to the public chose to put the emphasis first on the relation between popularizors and the general public, and then only on useful scientific contents. No longer, the popularization process used to start its operations from pre-existent scientific contents. New methods initiated the operations from questions that did exist in the everyday life in order to root PCST in the receptive compost of people' curiosity. Thus, the main tasks were to identify real and public questions instead of transmitting messages.

One central rule of communication itself emerged: the efficiency of any communication is measurable at reception ! Leaving direct communicating strategic models focused on high density scientific contents and short term will, the breakthrough consists in diluting light contents in real everyday life situations. This kind of invisible approach avoided the spontaneous resistance and/or run away of lay people when they came to identify such words as science or technology. It avoided to generate public fears such as to be pointed out as ignorants. This first time of the renovation of popularization of science in Europe filled partly the gap between science and society. No longer promoting an absolute image of science, it made it more human and so, less unfamiliar to the public.

Top-down and bottom-up approaches: Current array of methods and medias for PCST in Western Europe

In terms of methods, one might make a schematic distinction between top-down and bottom-up approaches for communicating science and technology to the public. The first one appears as an unidirectional way of acting where the specialists determine alone what should be told to the non-specialists, and what the latters have to know. The purpose aims to disseminate scientific and technological contents from specialized areas to non-specialized ones. This is the traditional «one way process» of popularization. By now, public relations strategies of scientific institutions or universities are proceeding in that way. The previous paragraph has shown that mainly in the seventies, PCST has changed of perspective: putting the focus on non-specialized needs for scientific and/or technological information. Doing so, it has promoted bottom-up approaches, and it has imagined new methods of communication.

Even using non-interactive media, promoters of PCST are previously taking into account the public perceptions and concerns about science and technology. on the other hand and by their very nature, the interactive media actually give more space to debate and interactions between those who are specialized and those who aren't. TV and radio program’s could include that dimension. Because of the current importance of communication, even non-interactive media are by now seeking to integrate the feed-back of the audiences' perceptions and reactions, in order to better their products and methods. one hasn't to forget the weight of the mass-media economic logic. A media without enough audience, or with an audience on the decline, would be affected by funding problems... So, studies and surveys about the efficiency of non-interactive PCST programs on the public are on the increase. Before conceiving a S&T programs, it's very useful to be informed on the public expectancies and concerns about science and technology (Roqueplo, 1994).

New framework for PCST in the nineties

Focus on communicatian

The re-creation of links between non-specialized people and experts appeared as a double taming process for both category of actors. The latters learned about social and cultural concerns and the general public about scientific methodologies, issues and progress. During the eighties, new forms of PCST have emerged. Above all, institutions and political officials became aware of the importance of the issue (Jean-Marc Lévy-Leblond, 1986). One hasn't to forget the high influence of communication in this process that underlined that science and technology can't go further only governed by their own logics. For that reason science and technology from one side and culture and society for another, met together in «neutral» fields i.e. third areas that do allow the expression of the concerns of each partner. That kind of field’s is the one of communication which is playing a central role in modern societies.

A specific shift occurred in the eighties in PCST in Europe as regard to the way popularization was considered before. By now, the theoretical issues of popularization don't represent anymore the main concerns. Does popularization translate or does it betray real science? This kind of questions meant that scientists were leading in the debate about popularization. The militant viewpoint of the seventies that aimed to choose the topics for scientific communication to the public mainly on the basis of social and political concerns also decreased in the eighties. Though professional mediators are the ones that play a major role in modern forms of popularization, they are dealing with the implication of people in charge of scientific institutions (public relations logic’s), scientists (communication logic’s) and communication experts (mass media logic’s). To materialize their goals, all these actors prefer the use of undirect strategic communication methods, that avoid to scare and to move away the non specialists from the public communication campaigns they organize.

End results of PCST: «Editorial logic» dominates «flow logic»

As regards as products and methods for PCST by now, some main trends are coming out all around the European Western countries. Printed material appears as the major way for communicating science to the public. Its reliability provides long life and seriousness to the messages. This kind of medium also stresses the need of qualitative efforts in redacting the messages with close collaboration with scientists. The growing role of documentation and dissemination services seems to be moved by a similar logic. With the development of the so called information society, one may easily imagine that documentation services will be a creative area to produce new ways and methods for communicating science to the general public and to the decision makers.

Globally in Europe, broadcasting doesn't play a major role in PCST. The «editorial logic», which is the one of the cinema and the literature, dominates the «flow logic» that rules television (TV journals and series, soap operas, telenovelas...). Flow logic of broadcasting remains peripheral in communication science to the public in Europe. The production of series with a same pattern behind each sequence, elaborates with the same «software» isn't dominant. Scientific films and documentaries are mainly processed like printed material: one major work, one unique story, one realization. They also aim to reach the same characteristics: long term and reliable information through single events. This doesn't mean that scientific TV programs are not serious nor reliable. But in that area, and because of economic concerns, the structuration of the contents is governed by the mass-media flow logics that first aims to keep the public sticked to the screen. In European PCST the main custom still be the production of individual programs more than series.

From a prospective viewpoint, the combined effect of the growing needs for regular S&T information services and the spread of the information highways and individual multimedia stations, might re-inforce the flow logic. Both decision takers and policy makers, and broadlier the multipliers of ideas will have to seek for high quality, fitted and on line scientific and technical knowledge and data. But one might also imagine that apart these categories of «organized» audiences, the very general public and the individuals would also seek for those ways of being in touch with scientific information. European PCST that isn't by now ruled by a large mass-media logic, will certainly move towards a new cocktail of «few media and flow logic» (Goldsmith, 1986)... on request!

Small scale events and «double step flow» to reach efficiency

Communication rules seem to be leading new forms of popularization of science in Europe. Consequently, one main focus relies on reception. The efficiency of PCST has to be evaluated at the reception level, and therefore the previous analyze of the receptive audiences appear as a beforehand necessity. It's easier to address PCST to small and more homogeneous audiences than to large and heterogeneous ones which have too many diverse representations and concerns. In Europe, PCST campaigns are keen to be dedicated to organized audiences. Multipliers old ideas and young people could be poured in this category, the latter because of the usual scholar framework of its participation in PCST programs.

Because science communication to the public remains an uneasy game to play, the organizations in charge of it, use a «double step flow» strategy. That's the reason why multipliers of ideas and opinion leaders represent important target groups for PCST. That could appear as a surprise because theoretically popularization is supposed to dedicate its activities mainly to the wide and general public ! That's the very sense of the political project of popularization. In Europe, the wide and general public is both reached directly as well as using professional intermediaries that provide efficiency because of their professional skills, and the knowledge they have of their own target audiences. Journalists and media belong to this intermediary area that makes possible the use of the double step flow strategy.

CONCLUSION

In Europe S&T communication to the public is no longer a peripheral activity but a kind of strategic necessity supported by a lot of organizations involved in S&T funding and scientific findings. Because of the increasing and faster development of science and technology, it's still a growing imperative to bridge the gap between them and society. The only way to achieve that goal leans on bi-directional communication and debate, and on the development of the awareness of S&T actors about the democratic issues and concerns science and technology bread.

The political and strategically necessity of public communication on science and technology is reinforced by the current globalization that provokes geographical «new deals» but also dangerous dislocations. More than ever before, specialized people are escaping from their own geographical grounds, because of the facilities they have to be connected world-wide with other specialists. Geographical community feelings could be on the decrease, and the gap between specialists and non-specialists could be broader till dangerous levels... To rebuild community feelings between experts and the general public, the political project of popularization isn't worthless.

References

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Fayard P. and D. Carbou: Fusion chaude, innovation en communication publique des sciences, Poitiers, De. de l'Actualité, 1995.
Goldsmith M.: Science critic, London, Routledge & Kegan Paul, 1986.
Levy-Leblond J.M.: Mettre la science en culture, Nice, ANAIS, 1986.
Miège B.: La société conquise par la communication, PUG, 1989.
Roqueplo Ph.: Le partage du savoir: science, culture, vulgarisation, Paris, Le Seuil, 1974.
Schiele B. (ed.): When science becomes Culture, Montreal (Canada), Éditions Multimondes, 1994.

Pierre-Marie Fayard
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LA MEDICINA Y LA CIENCIA: ¿COARTADA O LEGITIMIDAD?

Andreu Segura

Hay quien considera que ciencia y medicina son términos con muchos puntos en común, que la medicina tiene una dimensión científica y que ésta respalda la relación de «agencia» entre médico y paciente. Sin embargo, otros opinan que ambos conceptos son, por definición, contrapuestos. El autor aporta una reflexión acerca de las relaciones, implícitas y explícitas, entre medicina y ciencia.

Tengo la impresión que la mayoría de gente, incluidos los médicos, consideran que la medicina es una ciencia. De hecho, según la definición del diccionario la medicina es «la ciencia y arte de precaver y curar las enfermedades del cuerpo humano». Y si buscamos la entrada ciencia encontramos que es el «conocimiento cierto de las cosas por sus principios y causas».1 No se puede pedir más concisión y rotundidad.
Ahora bien, esta síntesis extrema del diccionario contrasta, como no podía ser de otro modo, con las definiciones que los mismos científicos y médicos han elaborado durante los muchos siglos de historia de ambas actividades, una de las cuales, la medicina, mucho más antigua que la ciencia. Así, la literatura cobija centenares de explicaciones sobre qué es la ciencia2 y qué es la medicina.3
Para la gente corriente, y desde un punto de vista científico casi todos nosotros lo somos, la ciencia acostumbra a considerarse como una categoría definitiva de conocimiento, o, tal vez mejor dicho, como el único conocimiento reproducible de la realidad, y, por lo tanto, el más fiable de los posibles.
Aunque una actitud de firme confianza en el método científico y en el sentido del progreso no esté tan de moda como lo estaba en tiempos del positivismo racionalista del siglo pasado, la verdad es que seguimos aceptando los descubrimientos y los hallazgos de los científicos como la última palabra --por ahora, si se quiere-- sobre los temas de la realidad que nos preocupan.
Desde esta óptica, pues, la consideración o la etiqueta de científica de alguna actividad humana le confiere una credibilidad que no tienen otras; a pesar de que, como todos experimentamos en carne propia, la mayoría de nuestras decisiones cotidianas vienen motivadas por influencias distintas que las del conocimiento científico.
Como puede observarse atendiendo simplemente a la propaganda que aparece en los medios de comunicación, el recurso a la evidencia científica es un arma apreciada por los anunciantes y las agencias de publicidad. Que vale tanto para promocionar un detergente, como un alimento, un automóvil o un tratamiento adelgazante.
Pero, como se puede deducir fácilmente de las situaciones referidas en el párrafo anterior, a veces la ciencia se utiliza de forma acientífica, y se trae a colación como un argumento de autoridad, más allá de los propios razonamientos científicos. En estos casos la ciencia es simplemente una excusa para imponer una determinada opinión o creencia. Es lo que los manuales de lógica identifican como una falacia ad verecundiam.
Tal vez esta capacidad de legitimación de la ciencia no sea ajena a la reivindicación de la medicina como tal que a menudo hacemos los médicos y que con frecuencia demandan los pacientes. Una especie de garantía de seguridad que justifique la práctica de exploraciones complejas y molestas o la prescripción de un tratamiento adecuado a nuestras dolencias y trastornos, sobre todo si unas y otra son una novedad que debe abrirse paso en el mercado.
Si esta pretensión de ser tratado según los más sólidos principios científicos y el último grito del progreso es comprensible, debe tenerse presente que no comporta forzosamente que la persona que nos atiende sea, ella misma, una científica o científico. Porque una cosa es dedicarse profesionalmente a descubrir y, si es el caso, a inventar, por ejemplo, nuevos tratamientos, y otra, aplicar estos descubrimientos e innovaciones en la práctica clínica.
Lo decía ya, hace bastantes años, Ortega en su Misión de la Universidad cuando afirmaba que «la medicina no es una ciencia sino una profesión, una actividad práctica. Como tal significa un punto de vista distinto del de la ciencia. Se propone curar o mantener la salud en la especie humana. A este fin echa mano de cuanto parezca a propósito: entra en la ciencia y toma de sus resultados cuanto considera eficaz, pero deja el resto. Deja de la ciencia sobre todo lo que es más característico: la fruición por lo problemático».4
El recientemente desaparecido Peter Skrabanek argumentaba de modo similar que «en cierto sentido, la ciencia y la medicina son antitéticas: mientras la ciencia busca una respuesta provisional a un problema general, la medicina busca una respuesta específica al problema particular del paciente. El científico aumenta el cúmulo de conocimientos comunes y el médico acumula experiencia personal. Mientras que el científico busca problemas nuevos y se olvida de ellos cuando los resuelve, el médico que encuentra una solución a un problema tiende a convertirse en un especialista en su aplicación».5
No quiere decirse con ello que la práctica clínica de la medicina y la investigación científica sean incompatibles, pero sí que se trata de actividades distintas.6 Las diferencias tienen que ver con los respectivos propósitos de ambas ocupaciones y, también, con los procedimientos que se emplean en cada caso.
La finalidad primordial de la asistencia médica es cuidar y confortar al paciente y restablecerlo, si es posible, de manera que si no puede sanar totalmente su dolencia o alteración pueda vivirla, al menos, con la mayor calidad de vida posible.
Esta función de la medicina es, sin duda, la más antigua y la que sigue justificando la existencia de médicos en la sociedad. Calmar el dolor, mitigar la angustia, disminuir la impotencia, mejorar las funciones alteradas, entre otras actividades. Lo que se ha venido en llamar, tal vez poco afortunadamente, el papel pastoral del doctor.7
Pero el objetivo básico de la ciencia como la entendemos hoy es conocer y comprender la realidad. Plantear y responder preguntas que, en el caso de las ciencias de la vida, de la salud y de la enfermedad, pueden ser, por ejemplo: ¿por qué unas personas mueren antes que otras?, ¿cuáles son las causas de las alteraciones y de los trastornos? o ¿qué efectos tiene una intervención preventiva, curativa o rehabilitadora?
Responder estos interrogantes y otros parecidos requiere la investigación científica. Formular hipótesis explicativas y contrastarlas mediante la deducción y la experimentación. Lo que demanda, además de los conocimientos necesarios, una serie de habilidades específicas del «oficio» de investigador.8
En cambio, para curar a un enfermo se necesita diagnosticar su padecimiento, emitir un pronóstico y aplicar un tratamiento; todo lo cual supone escuchar al paciente, observarlo y estudiarlo, para poder clasificar (y comprender) su problema, que otros han clasificado anteriormente, y, en consecuencia, instaurar la terapia más adecuada, lo que implica explicar al enfermo lo que le ocurre y cómo puede mejorar su situación.
Como sea que a menudo la actividad clínica no consigue la curación de las dolencias del paciente, debido a que los problemas de salud más frecuentes en la actualidad son incurables, el «papel pastoral del doctor» sigue siendo tan necesario como el que desempeñaban los médicos hace siglos, cuando apenas disponían de substancias terapéuticas eficaces.
Esta situación es la consecuencia, aparentemente paradójica pero inexorablemente lógica, del cambio en el patrón epidemiológico que acompaña al incremento de la supervivencia de la población y al envejecimiento demográfico. Como la muerte sigue siendo inevitable, pero se retrasa su aparición, las enfermedades degenerativas, frente a las que sólo es posible una actividad paliativa, sustituyen a las enfermedades agudas. De ahí que para cumplir adecuadamente las funciones que el tipo de patologías más frecuentes requiere, el médico necesite desarrollar unas habilidades asistenciales específicas, entre las que las comunicativas son primordiales. Destrezas que son todavía más necesarias si tenemos en cuenta que, además de este papel cuidador, el clínico debe desempeñar el de agente de salud, mediante actividades de promoción de la salud, como el consejo y la educación sanitarias.
Todo ello exige una preparación claramente diferente de la que precisan las tareas de investigación, de manera que, cada vez se produce una mayor especialización profesional entre una y otra actividad, lo que redunda en que los llamados investigadores biomédicos no se dediquen, de forma relevante, a la práctica clínica.
El problema que surge entonces es que el viejo paradigma profesional de la medicina, el arte y la ciencia de la que habla el diccionario, según el cual las tareas del médico son clínicas, docentes e investigadoras, entra en conflicto con el del médico científico, cuya dedicación a la clínica, si existe, es marginal.
Este conflicto se acentúa debido a la influencia del paradigma científico en la etapa de formación de los médicos, ya que los profesores de medicina son los representantes más genuinos de esta visión de la profesión. Téngase en cuenta, además, que las posibilidades de desarrollo de estos profesionales están directamente relacionadas con la actividad investigadora, prácticamente la única fuente de reconocimiento en la actualidad.
Con todas las limitaciones que se quiera,9, 10 la actividad investigadora es la única que es objeto de evaluación positiva, básicamente a partir de la valoración de los artículos originales publicados en las revistas de mayor índice de impacto. La valoración de la calidad de la actividad docente es, cuando existe, precaria y poco sistemática y la evaluación de la calidad del trabajo clínico es prácticamente imposible debido a la ausencia de indicadores adecuados para su medición.
Naturalmente la ausencia de métodos objetivos de evaluación de la actividad docente y clínica tiene que ver con la poca importancia que se otorga a tales tareas en el conjunto del sistema sanitario, lo cual, a su vez, traduce la influencia del paradigma científico aplicado a la medicina.
Algunos pretenden que no sólo es posible compartir las tareas de la investigación, la docencia y la clínica, sino que ello es imprescindible para garantizar una buena práctica asistencial.11 Si acudimos a la historia, encontramos muchos ejemplos de grandes investigadores que han sido clínicos muy limitados, como por ejemplo Robert Koch,12 y sólo falta recordar nuestra propia experiencia universitaria para constatar que entre los mejores docentes ha habido personas cuya trayectoria investigadora resulta más bien mediocre. Más difícil resulta encontrar ejemplos documentados de excelentes clínicos sin una actividad científica o docente remarcable, pero probablemente ello sea debido a la dificultad de reconocer objetivamente la calidad de la tarea asistencial, que debería evaluarse a partir de la proporción de problemas de salud resueltos y de la satisfacción y la mejora de la calidad de vida de los enfermos. Personalidades como la de Jordi Gol y Gurina, por ejemplo, pueden traerse a colación porque su actividad pública fue muy notable.
En cualquier caso, hay que aceptar que estos ejemplos no contradicen la posibilidad y hasta la conveniencia de compaginar clínica, docencia e investigación, puesto que se trata de excepcionalidades, y el común de investigadores, docentes y clínicos no alcanza tales cotas de excelencia.
Pero sí que ponen de manifiesto la dificultad de despuntar en los tres ámbitos a la vez. La cuestión, entonces, sería ver en qué dosis se requiere que un médico desempeñe cada una de estas actividades. Y si, quienes deben dedicarse fundamentalmente a la actividad clínica, pueden materialmente ejercer como investigadores y docentes, de manera que este trabajo les resulte, a ellos y a la comunidad, satisfactorio.13
Porque de lo que no cabe la menor duda es de que la mayoría de los médicos son llamados a desempeñar una tarea asistencial, que es precisamente la que legitima la función social de la profesión. El clínico, pues, es la piedra angular del sistema sanitario y el conocimiento científico que aporta la investigación le debe proporcionar instrumentos para un ejercicio racional y eficiente.
Otra cosa es que el clínico esté suficientemente preparado para discernir entre los hallazgos de la investigación aquellos que es razonable aplicar en la asistencia. Desgraciadamente «las facultades de medicina se dedican casi exclusivamente a transmitir contenidos (ni siquiera conocimientos) sin discutirlos ni evaluarlos. El método de educación es tan sólo didáctico, y trata de evitar en lo posible el desarrollo de actitudes críticas».14
Tampoco las habilidades necesarias para la actividad clínica se consideran en los planes de formación. Antiguamente el médico adquiría las destrezas clínicas mediante el aprendizaje con un maestro, primero como asistente, a la manera de los aprendices de cualquier otro oficio. Y el gremio de médicos, como ocurría también en el caso de los boticarios, acreditaba su capacitación.
Posteriormente este tipo de aprendizaje se ha visto relegado a los años de residencia de las especialidades médicas; pero como que éstas son, en casi su totalidad, hospitalarias y en buena parte se llevan a cabo en hospitales universitarios, el enfoque «científico» priva sobre cualquier otro. Como ocurre en el período de pregrado.
Nos encontramos, pues, con unos licenciados y unos especialistas cuyas opciones de desarrollo profesional se ven notablemente polarizadas hacia la investigación y la publicación, que es lo que les va a dar la posibilidad de ejercicio profesional en el hospital y en la universidad.
Y las necesidades de atención de los enfermos se ven relegadas a un segundo plano, de manera que no resulta sorprendente comprobar que las tareas asistenciales y, sobre todo, el contacto personal con los enfermos, son sistemáticamente minimizadas. De tal modo que la relación con el enfermo se ha convertido en problemática.
Así, una de las enfermedades laborales que últimamente afecta a los clínicos (médicos y enfermeros) es el llamado síndrome del burn out, literalmente «quemado», o para mejor decirlo en castellano, «no poder más», «estar hasta el moño». Y que traduciría una cierta repulsión a tratar personalmente al paciente, consecuencia en parte de la escasa o nula preparación acerca de las relaciones personales en la formación.
Pero es hora que volvamos al argumento central de estas consideraciones. En ocasiones se ha hecho notar el paralelismo entre el diagnóstico médico y la investigación científica,15 de manera que el médico, cuando pretende averiguar cuál es la enfermedad que afecta al paciente, actúa como el investigador que busca descubrir una causa. La analogía tiene sentido, pero como pasa a menudo con las comparaciones tiene el riesgo de forzar la semejanza hasta la distorsión.
Tal vez resulte menos abusiva la analogía si se aplica a la indagación o a la pesquisa policial. Naturalmente, el detective pretende dar con la explicación de un hecho y, a menudo, con un culpable. Para ello utiliza el razonamiento deductivo, a la manera de Holmes y Watson, y, también, el análisis inductivo, mediante la obtención y valoración de pruebas. Pero aunque la policía eche mano del conocimiento científico, nadie considera su trabajo como un ejemplo de investigación científica.
En efecto, cuando un médico indaga, a partir de la entrevista con el paciente, de la exploración física y del resultado de las exploraciones complementarias (analíticas, radiológicas, etc.) lo que hace es aplicar un procedimiento racional para llegar a una explicación de los signos y de los síntomas del enfermo, que le permita atender de la mejor manera al paciente y, aunque pretenda encontrar una causa hasta entonces desconocida, este desconocimiento no es tal para la ciencia, sino sólo para el enfermo y su médico.
Este procedimiento es, al menos parcialmente, un ejercicio deductivo más o menos formal, en el que se pone a prueba una hipótesis diagnóstica, correspondiente a un síndrome o enfermedad determinados, los cuales son una explicación conocida, para ver si es o no compatible con las alteraciones que presenta el paciente, de acuerdo con la fisiopatología establecida.
Un procedimiento no muy distinto del que emplea un mecánico de automóviles frente a una avería del coche; un electricista cuando se nos ha ido la luz o un lampista, en su caso. Como pasaba con el detective a nadie se le ocurre considerar que estos operarios hacen investigación científica cuando pretenden diagnosticar las causas de las averías que les pedimos que nos solucionen. Y no hay duda que, en mayor o menor grado, han de aplicar los conocimientos científicos de la física.
Puede pensarse, naturalmente, que la salud de la gente es una cuestión más importante que los problemas de los automóviles, de las instalaciones eléctricas o de las conducciones de agua de nuestras casas. Pero aunque compartiésemos esta valoración, ello no significaría que, por el mero hecho de ser más importante el objeto de nuestro trabajo, éste fuera una actividad científica.
Por otro lado, la actividad de los científicos está sujeta al mismo tipo de contingencias, con sus particularidades propias, que cualquier otra actividad profesional. Y quienes se dedican a la investigación científica, de modo exclusivo o complementario, atesoran, mutatis mutandis, los mismos defectos y virtudes que el resto de los mortales.
Como ocurre en muchos otros campos del quehacer humano, un investigador puede apasionarse por lo que hace o no, dedicarse en cuerpo y alma o no, preferir el reconocimiento de los demás o no, y así un largo etcétera. Si descontamos las personalidades geniales, tan excepcionales en el ámbito científico como en otros ámbitos creativos, muchas de las tareas que desarrollan los profesionales de la investigación resultan tan tediosas y rutinarias (o no, como diría el ínclito Fernández) como pueda ser dar clase o visitar enfermos.
¿Por qué, pues, tanto empeño en reivindicar la dimensión científica de la medicina? Se me ocurren algunas respuestas. La primera es bastante simple. Porque de la actividad investigadora se deriva, más que de ninguna otra tarea médica, dejando al margen la política sanitaria, una posibilidad efectiva de promoción profesional.
Si bien con notables excepciones --que tienen que ver, naturalmente, con la incapacidad de nuestro sistema de promoción universitaria vigente para neutralizar la influencia de los criterios endogámicos y de reparto de poder a la hora de acceder a puestos de trabajo como profesores ordinarios, en los que la suprema ley es obtener tres votos--, nuestra universidad comienza a reconocer explícitamente los méritos en el ámbito de la investigación, lo que comporta un incremento salarial según los tramos adquiridos y un mayor estatus.
La segunda respuesta se refiere al superior prestigio de las actividades científicas y a las múltiples utilidades que ello puede reportar a quien pretenda aprovecharlas en su beneficio. De todos modos, la relevancia que la comunidad otorga a una determinada actividad, se manifiesta no sólo en términos de prestigio y de estatus, sino también económicos. Y, aunque es probable que la sociedad tenga en una alta consideración a los científicos, su nivel retributivo medio es más bien escaso.
Es cierto que la cotización del trabajo clínico ha experimentado una notable disminución en los últimos decenios, como ha ocurrido también con el prestigio social de los clínicos, aun cuando éste siga siendo elevado. Aunque la legitimación científica como elemento de mercadotecnia de los médicos clínicos opera plenamente en el caso del ejercicio liberal de la profesión, como reclamo para la demanda, también tiene transcendencia en el ejercicio asalariado y, desde luego, cuando la actividad laboral se desarrolla en un centro hospitalario universitario.
La tercera y última de las respuestas que propongo por ahora a la consideración del lector, es que los médicos nos adherimos más o menos firmemente al paradigma científico, desde luego sin hacerle ascos a sus consecuencias sobre el reconocimiento social y retributivo, pero también como una legitimidad que permite apropiarse del sufrimiento y de la salud del paciente.
La dimensión científica de la medicina supone una justificación para desarrollar la relación de agencia que se establece entre médico y paciente, según la cual el médico es el intermediario entre el enfermo y el sistema de provisión de servicios asistenciales, capacitado para prescribir el consumo de pruebas diagnósticas y de intervenciones terapéuticas que el enfermo, debido a su desconocimiento, no puede escoger por sí mismo.
Las preferencias del comprador o del cliente, que en otros ámbitos parecen, al menos, relativamente simples de establecer, no son de aplicación directa en el caso de los enfermos, de manera que se hace imprescindible una cierta confianza en la competencia del médico y ¿qué mejor justificación que el carácter científico del profesional que nos atiende?
Sin embargo, la legitimación científica de la práctica médica, que justifica incluso funciones reconocidas legalmente en muchas sociedades cuando, por ejemplo, el médico puede extender certificados oficiales que tienen trascendencia jurídica, puede convertirse en simple coartada si se aprovecha para desautorizar o expropiar al paciente, como denunciaba con vehemencia Ivan Illich hace ya más de 20 años en su Némesis médica.
Lo cual, más que con una aproximación científica al conocimiento de la realidad, tiene mucho que ver con un planteamiento corporativo,16 de forma análoga a la que el sacerdocio y, en general, las iglesias, tienen que ver con el conocimiento religioso; o las camarillas y los cenáculos de entendidos con el conocimiento artístico.
El caso es que las sociedades acogen con benevolencia y hasta promueven la existencia de gremios, corporaciones e iglesias, tal vez porque sea éste un procedimiento más al alcance de nuestras capacidades de socialización que otros.
Y el caso es, también, que la evolución de la práctica clínica en los últimos tiempos se ha visto de nuevo expuesta a la crítica pública, como ocurría en el renacimiento y atestiguan nuestros poetas del siglo de oro, alejados de cualquier tratamiento bucólico de los «matasanos». Por lo que no viene mal cualquier ayuda para la autoestima. Y ya que la entrega y el altruismo no pueden ser reivindicadas en exclusiva por unos profesionales tan preocupados por sus horarios y sus salarios como cualesquiera otros, se puede echar mano de la ciencia.
Porque la ciencia, o mejor dicho, el establishment científico, sigue conservando, a los ojos de la gente corriente, el halo místico que antaño disfrutaban galenos y artistas, el cual, a pesar de todo, conservan en parte. Un aura atribuible, si bien sólo en cierto modo, a la general ignorancia de la naturaleza de la ciencia; como antes lo era la naturaleza de la clínica y como sigue siéndolo la del arte.
De ahí la conveniencia de aproximarnos al conocimiento de la ciencia con el mismo interés con el que nos acercamos al arte y, aquellos que se sienten motivados para ello, a la religión. Para descubrir sus posibilidades y sus limitaciones sin misticismos ni mistificaciones, como el gólem de la mitología hebrea al que la comparan Collins y Pinch en un breve y crítico libro recientemente traducido al castellano.17
Tal vez ello sirva para que la medicina ocupe el lugar que le corresponde en el conjunto de las actividades humanas; una profesión, en el caso de la clínica, que aun cuando en ocasiones puede compatibilizarse con la práctica de la investigación, siempre requerirá la ciencia como legitimación y no como coartada. Y para que esta legitimación resulte operativa y positiva para la salud de la población, se hará imprescindible una corresponsabilización entre el paciente y el médico, de manera que pueda establecerse una relación de confianza razonable entre ambos.
Por ello resulta tan importante que el médico adquiera una formación interdisciplinar, que le capacite efectivamente para comprender y utilizar el conocimiento científico en beneficio del paciente, pero, a su vez, que adquiera también una responsabilidad social sobre la salud, que le facilite una actitud crítica frente a modas y espejismos, en definitiva, un compromiso con el enfermo.

Bibliografía

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5 Skrabanek P. y J. McCormick: Sofismas y desatinos en medicina, Barcelona, Ediciones Doyma, 1992, pág. 144.
6 Segura A.: «¿Es la clínica una actividad científica?», Med Clin (Barc), 90 (1988), 679.
7 McKeown T.: The Role of Medicine: Dream, Mirage or Nemesis? 2ª ed., Oxford, Basil Blackwell, 1979, Preface, IX.
8 Brezinski C.: El oficio de investigador, Madrid, Siglo XXIi de España Editores, 1993.
9 Porta M.: «The bibliographic ‘impact factor’ of the Institute for Scientific Information: how relevant is really for public health journals?» J Epidemiol Commun Health, 50 (1996), 606-610.
10 Seglen P.O.: «Why the impact factor of journals should not be used for evaluating research», BMJ 314 (1997), 498-502.
11 Martín Zurro A.: «Investigación en atención primaria», Prólogo en: Argimon J.M. y J. Jiménez: Métodos de investigación aplicados a la atención primaria de salud, Barcelona, Ediciones Doyma, 1991, págs. 1-6.
12 Kruif P.: Cazadores de microbios, Barcelona, Salvat Editores, 1986, págs. 104-142.
13 Segura A.: Recerca i pràctica sanitària, Salut Catalunya, 8 (1994), 19-20.
14 García Gutiérrez J.F.: Prólogo a la edición española de: Skrabanek P. y J. McCormick5, pág. IX.
15 Corral Corral C.: «Ciencia y humanismo en la metodología clínica actual. Una perspectiva desde la filosofía de la ciencia», Med Clin (Barc) 90 (1988), 667-669.
16 Cereijido M.: Ciencia sin seso, locura doble, Madrid, Siglo XXI de España Editores, 1994, págs. 58-71.