Días antes de la celebración del XVI Congreso Internacional de la Sociedad de Trasplantes, en Barcelona, una noticia de dudosa procedencia aparecía recogida en algunos medios de comunicación. Si bien hay que reconocer que ni el espacio dedicado a la misma, ni su presentación en cuanto a cuerpo y tipo de letra eran particularmente destacables, algo en su contenido obligaba a detenerse en su lectura. Se trataba de una breve nota en la que se comentaba la experiencia de ciertos individuos, de procedencia extranjera, que habían sido víctimas de una extirpación involuntaria de uno de sus riñones. Según se explicaba, los inmigrantes habían sido embaucados por una supuesta empresa multinacional y, con el pretexto de un reconocimiento médico completo previo a su incorporación laboral, fueron anestesiados. Al despertar, la única pista dejada por los contrabandistas de órganos era una larga cicatriz que recorría el flanco izquierdo de los atónitos «buscadores» de empleo.
Informaciones de este tipo conmueven la opinión general, soliviantan el lado más «visceral» de todos nosotros, nublando de esta forma el entendimiento y erosionando solapadamente nuestros más profundos convencimientos. Quizás no producen un cambio abierto en nuestra actitud frente al progreso de la ciencia. Quizás nuestra buena voluntad de solidaridad humana no nos parezca afectada. El efecto es mucho más sutil y sólo emerge cuando nos vemos involucrados directamente en una situación en la que hemos de adoptar un comportamiento. Cuando el médico que acaba de notificarnos la muerte de nuestro hijo nos solicita permiso para utilizar su corazón.
El tráfico de órganos es siempre «noticiable». Se trata de un recurso fácil y siempre atractivo, ya que todos nos sentimos aludidos en una u otra medida. Todos tenemos hígado, riñones, corazón. Son tantos, además, los prejuicios sobre el «buen hacer» de los que se ocupan de velar por nuestra salud, sobre sus verdaderos intereses o su integridad, que por más confusa que sea la fuente de la información, por más incoherentes sus datos o más anónimos sus protagonistas, su impacto afectivo sobre nuestros juicios de valor es siempre arrollador. Y en esa confrontación de valores con opciones de comportamiento, el corazón (órgano trasplantable) supera en no pocas ocasiones al cerebro (órgano ético, aunque desgraciadamente en algunos casos, no trasplantable). Detrás de la negativa de una familia a la donación de un órgano de un pariente, fallecido instantes antes, se oculta la gran parte de las veces esa idea preconcebida que asocia el trasplante al mercado negro, el poder del dinero o la posición y la oscuridad. La imperiosa necesidad de decisión apresurada, cargada por la conmoción que conlleva la muerte, contribuye a que ésta se tome de forma poco racional.
A pesar del vertiginoso avance en los procesos de selección de donantes, en los métodos de conservación de los órganos y en las técnicas de extirpación e implante, el índice de trasplantes se está estancando en la mayoría de países, exceptuando a España, donde la tendencia es claramente alcista.
Las razones de esta particularidad no están del todo claras. ¿Qué hace que los españoles seamos más solidarios? ¿Será que nuestra cultura científica está más saneada y exenta de prejuicios? ¿Será, por el contrario, que en nuestra santa inocencia seguimos confiando a ciegas en la integridad de la clase médica? ¿Será, tal vez, que hemos sido los únicos en darnos cuenta de que con las negativas no hacemos más que aumentar las razones para que exista el mercado negro? Ciertamente éste no tendría explicación si la oferta legal superara la demanda.
Pero, curiosamente, cuando se trata de «regalos» corporales es común constatar comportamientos paradójicos. Fijémonos, a título de ejemplo, en el caso de los bancos de sangre. Con la irrupción del sida y el temor a una transmisión accidental, estos reservorios de vida han quedado en números rojos. ¿No deberían ser los receptores los que se negaran a aceptar transfusiones? ¿Por qué estúpida razón son, sin embargo, los donantes quienes dejan de practicar ese honesto acto de entrega?
Bancos de sangre, de médula ósea, de órganos y de células de cordón umbilical. Mil y una estrategias para esquivar el problema de la escasez de donantes. En el horizonte, el xenotrasplante, algo más lejos los órganos bioartificiales.
En algunos países la única opción viable es la donación en vida. Japón, por ejemplo, a menudo debe recurrir a esta fuente de órganos. Para el sintoísmo la muerte cerebral no representa el fin de la persona. El cuerpo físico debe ser conservado puro e íntegro.
La postura de las demás religiones es, en general, favorable al trasplante. Eso sí, existen algunos matices. Protestantes y metodistas alientan la donación por considerarla parte del progreso médico que conduce al beneficio de la humanidad. Mientras, la Iglesia católica romana, la budista, el hinduismo o la ortodoxa griega, traspasan la decisión a sus feligreses, aunque consideran este tipo de procedimientos como éticamente aceptables.
El islam aclara, en su Código de Ética Médica: «si los vivos no pueden hacer donación, sí pueden hacerla los muertos; ningún tipo de daño afligirá el cadáver si el corazón, los riñones, los ojos o las arterias son extraídos para colocarlos con buen fin en una persona viva. Esto es realmente caridad». La posición más curiosa quizás sea la sumida por los testigos de Jehová. Al no admitir la transfusión de sangre, tan sólo aceptan el trasplante de órganos y tejidos si estos se hallan totalmente exangües.
Prejuicios, creencias y algo más complejo: conceptos confusos, únicamente cuestionables desde la perspectiva del consenso bioético. ¿Cuál es el momento de la muerte cerebral? ¿Cuánto tiempo debe permanecer plano el electroencefalograma para determinar que la situación es irreversible? ¿Es éste un método infalible o estamos dispuestos a asumir un cierto margen de error? De lleno en un terreno movedizo, apetitoso bocado para el divulgador médico.
Y si es tentador reflexionar sobre la vida y la muerte, ¿cómo resistirse a hurgar en las entrañas del xenotrasplante? La inevitable sombra de la quimera, mitad hombre, mitad animal. Las dudas acerca de la ética en la experimentación. El temor a la trasmisión de enfermedades hasta ahora desconocidas o impropias del ser humano.
Los científicos seguirán a los medios de transgredir sus palabras, de promover actitudes negativas entre la sociedad, de ser los responsables de la escasez de donantes.
Los periodistas, por su parte, seguirán cuestionándose si no son acaso razones de peso (el derecho a la información, la libre elección, la vida y la muerte dignas), las que les empujan a incidir afilada y retiradamente sobre interrogantes de difícil respuesta.
Revista Española de Trasplantes (abril 1996), vol. 5, núm. 1, Sanidad S. A. Ediciones.
MATESANZ, R. y B. MIRANDA: Muerte encefálica y donación de órganos, Comunidad de Madrid, 1995.
MATESANZ, R.: La organización nacional de trasplantes. El modelo español, Aula Médica, 1995.
ACTAS DEL XVI CONGRESO INTERNACIONAL DE LA SOCIEDAD DE TRASPLANTES (Barcelona) (25-30 agosto 1996).